El soufflé nace en Francia, a fines del siglo XVIII, cuando la cocina empezaba a pensarse como un espacio de técnica, precisión y, también, de espectáculo contenido. Su nombre viene del verbo souffler (soplar o inflar): se trata de una definición tan simple como exacta.
En sus primeras versiones representó un plato de salón, asociado a la cocina burguesa y al refinamiento doméstico. No significaba, por entonces, una comida de apuro ni de olla grande, sino un ejercicio de control: temperaturas justas, tiempos exactos y manos pacientes.
Con el correr de los años, el soufflé salió de los comedores elegantes y empezó a adaptarse. Dejó de ser solamente dulce, e incorporó quesos, verduras y sobras nobles. Se volvió más flexible, más cotidiano.
Y justamente en esa transformación fue que encontró su verdadera identidad: la de un plato que, aun con fama de difícil, se apoya en gestos básicos y en ingredientes comunes.
Así, el soufflé de zapallitos es heredero de esa versión menos solemne y más doméstica, donde la técnica no busca lucirse sino acompañar. Un plato europeo que, al pasar por cocinas humildes y mesas familiares, aprendió a ser cercano sin perder su carácter.
Pueblos originarios
El origen del zapallito es americano. Mucho antes de ganarse un lugar fijo en verdulerías y recetarios familiares, ya formaba parte de la alimentación cotidiana de los pueblos originarios, que supieron ver en esta hortaliza humilde una aliada noble: rendidora, suave y adaptable. Con el tiempo cruzó fronteras, cambió de nombre y de forma, pero conservó esa virtud esencial de integrarse sin imponerse y estar siempre presente cuando hace falta.
El soufflé carga con fama de temperamental. Se lo acusa de frágil e inestable, pero quienes lo han preparado saben que no es cuestión de magia, sino de trato: pide atención, movimientos suaves y un poco de seguridad en cada paso.
El de zapallitos, por su parte, no exige ingredientes raros ni técnicas imposibles, sino que pide otra cosa -quizás la más difícil-: respeto por los tiempos y confianza en lo simple.
Todo empieza con los zapallitos. Humildes, acuosos, siempre disponibles. Hay que rallarlos o cortarlos, escurrirlos bien —muy bien— y lograr que dejen de ser un montón de agua verde para convertirse en promesa. Ese es un punto muy importante. Más que eso: el gesto de apretar con las manos o con un repasador, tiene algo de rito doméstico. Como si ahí, en ese acto mínimo, se jugara el destino del plato.
Después llega la alquimia suave: huevos separados, claras batidas a punto justo, el queso que acompaña sin tapar el gusto final, una base que se arma despacio.
El soufflé no admite brusquedades. Todo se integra con movimientos envolventes, casi en silencio, como si se tratara de una mezcla que pudiera asustarse y desinflarse por exceso de entusiasmo.
Finalmente, el horno hace su parte sin pedir atención. Recomendación muy importante: no se abre, no se espía. Se confía.
Y de pronto, como un pequeño milagro doméstico, el soufflé crece. Se eleva, se dora, queda aireado y firme a la vez. Durante unos minutos gloriosos es perfecto. Después, como todo lo vivo, baja un poco. Y está bien. El soufflé enseña eso: que lo efímero no invalida lo delicioso.
Otro dato clave: se sirve enseguida, cuando todavía conserva su volumen orgulloso y el centro húmedo.
El soufflé de zapallitos puede muy bien acompañar carnes, resuelve cenas livianas y, por supuesto, se lleva bien con una ensalada y con el silencio del primer bocado.
No pretende impresionar. Pretende alimentar. Y en ese gesto sencillo, sin estridencias ni artificios, logra algo mucho más duradero: quedarse.

La receta
Ingredientes
* 4 zapallitos medianos
* 3 huevos
* 2 cucharadas de manteca
* 2 cucharadas de harina
* 1 taza de leche
* 100 g de queso rallado (parmesano, gruyere o similar)
* Sal y pimienta, a gusto
* Nuez moscada y ají molido, opcionales
* Manteca extra para el molde si no es antiadherente
Preparación en siete pasos
1 . Cortar los zapallitos como prefieran: en cubos, rodajas o rallados. Escurrirlos muy bien para eliminar todo el exceso de líquido.
2 . Separar las claras de las yemas. Batir las claras a punto nieve y reservar.
3 . En una cacerola, derretir la manteca, agregar la harina y cocinar un minuto sin que tome color. Incorporar la leche de a poco, mezclando hasta obtener una salsa espesa y homogénea.
4 . Retirar del fuego y sumar las yemas, el queso rallado y los zapallitos. Salpimentar y, si se desea, agregar ají molido o nuez moscada.
5 . Integrar las claras batidas con movimientos envolventes.
6 . Volcar la preparación en un molde enmantecado o antiadherente y llevar a horno moderado (180 °C) durante 35–40 minutos. IMPORTANTE: NO ABRIR EL HORNO DURANTE LA COCCIÓN.
7 . Servir inmediatamente.
PARECIDOS PERO DIFERENTES
No hay que confundir el revuelto con el soufflé. El revuelto es una preparación rápida y directa: los huevos no se separan, se baten y se mezclan con un sofrito de cebolla, ajo y morrón rojo junto con los zapallitos sin ningún movimiento específico. Los ingredientes se cocinan hasta obtener una textura cremosa y uniforme. Es un plato práctico, adaptable y confiable, ideal para comidas cotidianas que buscan sabor y consistencia sin complicaciones. Puede ser un excelente acompañamiento de carnes o un plato principal si se integra con arroz o fideos.