“Yo estoy convencido de que Carlos Guillermo Suárez Mason tenía la lista de desaparecidos: él, que se jactaba de ser el cuarto de la dictadura después de Videla, Massera y Agosti. Estoy convencido de que esa documentación existe en Estados Unidos y que es el listado de desaparecidos”, dice el periodista Gustavo Sammartino, de 59 años, autor del libro Si lo contás, te mato. Confesiones inéditas de Carlos Guillermo Suárez Mason, el general más sanguinario de la dictadura. ¿Y qué respondía al respecto el represor muerto en 2005? “Era siempre muy ambiguo sobre el paradero de esos archivos”.
“Suárez Mason se murió sin hablar: se llevó a la tumba todo lo que sabía sobre los desaparecidos”, dijo Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, cuando el 21 de junio de 2005, a los 81 años falleció uno de los más temidos y crueles genocidas de la dictadura. Le decían “Pajarito” y “el carnicero del Olimpo”: uno de los cerebros del golpe, fue jefe del Primer Cuerpo del Ejército entre 1976 y 1979 y controló en forma absoluta la Policía Federal, la Bonaerense, la Gendarmería y la Prefectura. En total, comandó más de sesenta centros clandestinos de detención. ¿Cuántas vidas y memorias se llevó consigo?
A casi cincuenta años del golpe de 1976, el periodista -y también cineasta- Gustavo Sammartino publicó Si lo contás, te mato (Planeta): un libro clave -fruto de treinta entrevistas a Suárez Mason, de 1999 a 2003- para exponer al también responsable de la Jefatura II de Inteligencia, y quien tenía bajo su control a Ramón Camps, el siniestro jefe de la Policía Bonaerense, y al Batallón 601 del Ejército, desde donde se organizaban y ejecutaban los secuestros clandestinos. “La historia lo coloca en el peor de los lugares: el de un mafioso, un delincuente y un asesino”, remarcó Estela de Carlotto.

Un libro sobre Suárez Mason
Las 432 páginas de Si lo contás, te mato son centrales para concebir la oscura psicología y la ideología de uno de los carniceros más terribles del golpe del ‘76. Cuando murió “recordé una frase dicha por él: ‘Hablar da privilegios, pero el silencio da poder’ -escribe Sammartino-. Fue a comienzos de 1999, la primera vez que hablé personalmente con Suárez Mason. En esas palabras entendí que permanecería callado hasta la tumba. Sin embargo, años más tarde comprendería que estaba dispuesto a confesarme algunos de sus secretos porque creía que hablando obtenía privilegios”.
También Sammartino registra que “a pesar de todas las denuncias y acusaciones que pesaban sobre él, finalmente Suárez Mason murió sin ir a juicio. La única condena efectiva que tuvo fue en el 2003, cuando fue sentenciado a tres años y medio de prisión por discriminación racial” contra el pueblo judío. Como bien enumera Sammartino, “sobre él pesaban cargos por centenares de muertes, detenciones ilegales, torturas, robo de bebés, el vaciamiento de la empresa estatal YPF, acusaciones por negociados con nafta adulterada y vinculaciones con el tráfico de armas y de drogas”.
“No sé por qué todo el mundo piensa que soy como un demonio. Seguro es porque ‘huelo a muerte’”, le dijo Suárez Mason a Sammartino en alguno de los treinta encuentros que tuvieron al compás de las masitas, los scones, el té y el café que les preparaba Noemí Alais, la esposa del represor: la persona en quien más confiaba. “Este es un país de miserables. Hacés todo por tu patria y te lo pagan con ingratitud e indiferencia. Si hiciste algo seguro que fue malo: sos milico, represor, torturador y seguro que también sos un ladrón”, se quejaba ante Sammartino.
Las 432 páginas avanzan con velocidad combinando la biografía de Suárez Mason, sus confesiones ante Sammartino, episodios clave de la dictadura del ‘76 y de la historia argentina previa -central para comprender el sombrío derrotero del genocida- y las propias dudas del autor, por momentos, al tener que entrevistar a un hombre con semejantes delitos de lesa humanidad a su cargo. “Una vez me llevó a un departamento coqueto que tenía en Recoleta. Me abrió la puerta y se veían libros, gorras tiradas, algunas armas y unas cajas. Hubiera sido precioso para cualquier periodista intentar investigar eso. Por eso estoy convencido de que él escondía muchos documentos”, dice Sammartino.

¿Qué le pasa a él con Suárez Mason? “Yo creo que logré hacerlo hablar de lo que un ser humano no puede normalizar: las torturas, el uso de la picana, los centros clandestinos de detención y toda una serie de cosas de las cuales nunca se arrepintió. Siento que logré que él hablara de forma natural de todas estas atrocidades, y con total impunidad”. ¿Y lo más importante que obtuvo con el libro? “No fue una confesión, sino que se le escapó, cuando dijo que él le llevó un bebé robado al hermano de un sacerdote. Suárez Mason lo dijo de una forma natural, como pensaba y sentía las cosas. Y ahí me amenazó: ‘Si lo contás, te mato’”.
Fue la tercera vez que el represor le hacía esa advertencia a Sammartino por las revelaciones que -calculada o impensadamente- le había hecho desde 1999. “Mis hijos me lo preguntan, yo insisto en esto y parece raro: Suárez Mason se veía como una persona totalmente normal, un tipo común. Pero yo sí lo veía distinto a un ser humano. Ya en las últimas reuniones y charlas claramente se desencajó: era una persona enferma, ya con arresto domiciliario, y estaba desaforado. Hubo cuatro países que lo pidieron en extradición, pero acá no hicieron nada y murió sin cumplir pena por sus delitos”.
Suárez Mason había sido parte del fallido intento de golpe del general Benjamín Andrés Menéndez contra Perón en 1951 -por ello debió exiliarse en Uruguay durante cuatro años- y recién pudo volver al Ejército tras el golpe de la Revolución Libertadora. Durante la dictadura de Juan Carlos Onganía fue agregado militar de la embajada argentina en Ecuador y ya en 1975 fue clave en el despliegue del Operativo Independencia -del gobierno de Isabel Perón- para el aniquilamiento de la guerrilla. La antesala directa del golpe del ‘76.
Cuando llegó la democracia, Suárez Mason se fugó a Centroamérica y a Estados Unidos, donde lo detuvo Interpol: se pidió su extradición por 43 cargos de homicidio, 24 de privación ilegal de la libertad y uno de falsificación de documento público. En 1988 fue traído a la Argentina, pero Carlos Saúl Menem lo indultó en 1990. Lo explica Sammartino: “Menem había estado preso en la dictadura y Suárez Mason decía: ‘Yo al patilludo le salvé la vida. Siempre fue un tipo con suerte’”.
Aun así, en 1998 la Corte Suprema ordenó que se lo investigara por la apropiación de hijos de desaparecidos nacidos en cautiverio. Por eso el militar fue detenido con prisión preventiva y, por su edad, recibió como beneficio el arresto domiciliario. “En el libro, Suárez Mason habla de Perón, Evita, Maradona, la complicidad con Menem o sus camaradas -dice Sammartino-. Siento que logré que él empatizara conmigo porque apliqué técnicas de la entrevista documental sobre cómo dejar hablar al otro. Suárez Mason se abrió conmigo”.
Hubo otro factor que explicó esa sintonía: “Yo hice el liceo militar en el secundario y comprendía el código militar -prosigue Sammartino-. Yo pertenecía a infantería y Suárez Mason a Caballería. Y me preparé mucho para entrevistarlo a lo largo de tantos años”. La primera reunión fue en 1999 y luego en 2002 y 2003. ¿Qué lo motorizó a terminar el libro? “La muerte de Lourdes, la beba que mi señora y yo tuvimos en dos mil. Casualmente, falleció el 24 de marzo y era nuestra sexta hija. Yo soy católico practicante y, luego de que me recuperé de aquel dolor, me obsesioné con el tema de robo de bebés y fui para adelante”.
Pero con Suárez Mason “todo terminó bajo amenazas -revela Sammartino-: si bien yo no me las tomé muy en serio, a medida que avanzaba el tiempo eso se hizo notar. Aunque no hubo una amenaza formal, luego supe que habían ido abogados a buscarme. Pero la idea era que yo no contara la historia. De hecho, recibía llamados de la esposa y el tiempo pasó. Creo que me envalentonó que mis hijos se hicieron grandes y que ellos también me alentaron para que lo terminara escribiendo”.
Hay un pasaje central para ver la implicación de Sammartino con el libro: él sale de rezar en la basílica San Nicolás de Bari, ubicada en diagonal al domicilio de Suárez Mason, y se toma un frasco de agua bendita antes de entrevistarlo.
“Le cuento, Sammartino En una guerra hay muertos y hay sobrevivientes. No hay desaparecidos. Las personas no desaparecen. Los desaparecidos existen solo para los que preguntan por ellos”, le dice Suárez Mason. ¿Cómo reaccionaba Sammartino? “Aunque todo esto me afectó emocionalmente, nunca dejé de avanzar en esta cometido y logré hablar con el hijo, que se llama exactamente igual que él, Carlos Guillermo Suárez Mason, y está detenido por una causa por su participación en la ESMA. Él me dijo: ‘No sería conveniente que Ud. publique este libro’. Pero creo que mi insistencia tiene mucho de psicológica: yo, ante todo, yo quería decir que Suárez Mason reconoció que se había robado un bebé”.

Los soldaditos y la dictadura
Se puede medir también a Carlos Guillermo Suárez Mason por las acusaciones que acumuló en vida: homicidios agravados por alevosía, privación ilegal de la libertad agravada por amenazas y violencias reiteradas -tormentos reiterados, tormentos seguidos de muerte-; robos reiterados; sustracciones de menores; reducción a servidumbre; usurpación; secuestros extorsivos, supresión de documento público y apropiación de hijos de desaparecidos.
Como escribe Gustavo Sammartino: “Según Suárez Mason, el tormento, la tortura, los crímenes de guerra, la pena de muerte y hasta el robo de las propiedades y los hijos del enemigo estaban contemplados en las hojas de ese compendio de sugerencias y reglas de moral”. Y para el autor, haber hecho el libro Si lo contás, te mato tiene también una razón generacional: “Mi hija mayor tiene 35 y el más chico tiene 28. Estos chicos hablan, opinan o saben, pero en función de algo que no vivieron. En lo que a mí me toca, yo pertenezco a una generación que jugaba a los soldaditos en tiempos de la dictadura. Eso nos marcó bastante”.
Todos estaban equivocados
Escribe Gustavo Sammartino en el prólogo: Suárez Mason “fue imputado por la justicia argentina por más de 630 delitos: secuestros, tormentos, homicidios, desaparición de personas y robos de bebés. Con el correr de los años se lo señalaría, también, como ladrón, corrupto y estafador por fraude a la administración pública en su tiempo como interventor de YPF y hasta responsable de una enorme maniobra con nafta adulterada”.
¿Qué hilos hay allí para seguir ahondando? “Conmigo, Suárez Mason se excusaba por lo de YPF -dice Sammartino-. Y a las vinculaciones por la venta de armas las negaba totalmente. Pero sí se jactaba de que tenía buenos amigos en el exterior. También él reconoció su vínculo con la Logia Masónica P2, pero lo enmarcaba en relaciones de amistad y en reuniones protocolares”. Algo llamativo para Sammartino “era la influencia que tenía su mujer, Noemí Alais, en Suárez Mason. Ellos estaban convencidos y tenían una justificación para lo que hacían. Para ellos, todo lo que pensaban estaba bien y el resto eran los equivocados”.