Hay crímenes que marcan religiones, definen épocas, inspiran novelas. En el primer caso podemos citar a Caín que mata a Abel, una figura que suele repetirse en diferentes creencias. Evocar a Jack el Destripador nos pone de lleno en la Inglaterra victoriana, tan pródiga en predicar virtudes como en ejercer los vicios. Un amante despechado que dispara contra la ya lejana amada en el atrio de una iglesia francesa nos da Rojo y Negro de Stendhal. Es que a veces estos hechos delictivos atraviesan clases y condiciones, para atraer sobre sí la atención general, como si de ello dependiese el destino de todos y de cada uno.

Claro, también están los asesinatos políticos. De Julio César que cae malherido a los pies de la estatua de Pompeyo, hasta el Archiduque Francisco Ferdinando de Austria, que en una visita a Sarajevo sucumbe junto a la esposa por las balas de los nacionalismos no resueltos. El asunto es que hay asesinatos de toda índole, aunque es posible dividirlos entre los que corresponden al derecho penal, otros a la fuerza de la política. Las cosas se complican cuando un asesinato que corresponde a la habitual criminalidad inherente a la vida en sociedad de repente adquiere dimensiones políticas. Entonces parece que no sólo surgen los miedos escondidos en el subconsciente colectivo, sino que también quedan en claro las intenciones políticas de cada sector.

El 3 de diciembre de 2025 en Southampton, Henry Nowak fue asesinado de cinco puñaladas por Vickrum Digwa, de origen Sikh, asesatadas con un cuchillo cuyo filo medía veinte centímetros. Los policías que acudieron escucharon a Digwa acusar a Nowak de ataque racista, así que por error esposaron a la víctima, que falleció. En estos días Digwa fue condenado a la cárcel de por vida. Los etnonacionalistas, que es como The Guardian prefiere llamar a los fascistas, saltaron de inmediato sobre el caso.

¿Pueden los británicos blancos caminar seguros? No importa que la propia policía arreste cinco veces más sospechosos de piel que de blanquitos. Repetir 100 y mil veces un asesinato son cien y mil muertos. Las autoridades de la colectividad Sikh en el Reino Unido condenaron la acción del réprobo; la familia de Henry Nowak hace votos para que este hecho no fomente la división. Según parece, la colectividad Sikh cuenta con un poco más de medio millón de habitantes, y no llega al 1% de la población total del Reino Unido.

Los primeros residentes sikhs en Inglaterra fueron los monarcas destituidos y exilados a Londres por la East India Company -una empresa privada- a mediados del siglo XIX, en la conquista colonial de una parte de lo que hoy es Pakistán. Los Sikhs también sirvieron como cipayos (sepoy) en las guerras inglesas de la India, así como participaron en las dos guerras mundiales como tropas coloniales del Imperio británico. Como en todo país que fue una potencia colonial, los pueblos antes subyugados emigran a la antigua metrópoli. En el juicio quedó claro que era un crimen que nada tenía que ver con temas raciales.

Pero esos argumentos son lágrimas en la lluvia. Es que en este asesinato hacen caber la “teoría del reemplazo”, esa que dice que los europeos serán reemplazados por los inmigrantes que yacen en el fondo del mediterráneo; la criminalidad culpable de los inmigrantes, aunque Digwa era sujeto británico; la desocupación y los bajos salarios son culpa de los extranjeros, y no del austericidio permanente cometido por las élites.  Hasta Nigel Farage, el líder de Reform UK, favorecido por las encuestas para ser el primer ministro de extrema derecha del Reino Unido se ve desbordado por derecha por otro candidatura que propone echar a todos los inmigrantes. Queda cumplido el sueño de Thatcher: el neoliberalismo ha cambiado el color de las almas. Pero son pardas o negras. El gobierno británico queda en off-side, como no puede ser de otro modo con Keir Stramer. Por un lado apoya a Ucrania contra Rusia y ayuda a Israel. Por el otro el vicepresidente estadounidense Vance denuncia la laxitud británica frente al ataque realizado contra occidente, que juzgan casi irreversible, e incluso para toda Europa. El fascismo continental no perdió tiempo, y de España a Hungría, de Polonia a Francia claman por las vidas blancas contra “la religión del antiracismo”, “el nativo es el sospechoso, el inmigrante es inocente”, “este asesinato es la metáfora de la caída de occidente”, “Gran Bretaña se hunde en el infierno”, “el pueblo británico está en llamas”. Con la ayuda de las redes sociales, la realidad será torturada hasta que diga lo que les convenga.

Nos encontramos entonces frente a un fenómeno mundial, como hace tiempo no había. Vemos una anomia generalizada de las sociedades occidentales, que apostaron durante decenios por los beneficios de una globalización que nunca llegaron -más bien lo contrario- que luego fueron impactadas por la pandemia, y encima ahora irrumpe la Inteligencia Artificial. En un momento donde no existen poderosos movimientos populares con eje en la justicia social, con una institucionalidad que parece no rendir cuenta de los acontecimientos, todos los excesos están permitidos, a menos que sean obligatorios.

Así de la politización del asesinato de Henry Nowak. Un verdadero “ensayo general para la farsa actual / teatro antidisturbios”.  «