El Duce amenazaba a los jugadores en el Mundial, pero sacó su propia entrada (1934)

El 10 de junio de 1934, cuando llegó al Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista, en Roma, Benito Mussolini fue recibido con todos los honores posibles. La primera Copa europea fue prácticamente un acto de propaganda del régimen y parte de la “puesta” fue el gesto del propio líder en aquella jornada de la final con Checoslovaquia. Para transmitir un gesto de austeridad, el Duce, se acercó a una boletería y compró él mismo las entradas para él y sus dos hijos.

La presión del plantel italiano para ganar el Mundial fue terrible. Unos días antes del inicio, Mussolini le dijo al DT Vittorio Pozzo: “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”. Cuentan que en una visita a los jugadores les hizo el gesto de pasarse el dedo por la garganta ¿El Duce tenía aptitudes para el “humor negro” o era una amenaza directa? La respuesta parecía más cerca de la segunda opción.

Italia fue campeona, pero ni así el líder se relajó. Tres veces obligó al equipo nacional a jugar con camisetas negras, en honor a los Camicie Nere (Camisas Negras), la fuerza de choque voluntaria del Partido Fascista. La más resonante, y la última, fue en el Mundial de Francia en 1938, en el partido contra los locales por los cuartos de final.

El coraje y el doloroso destino del “Mozart del fútbol” (1938)

Cuando llegó el segundo Mundial europeo, Austria llevaba tres meses anexada por la Alemania de Adolf Hitler. La Selección, que había clasificado con su nombre, dejó un hueco en la Copa, que aprovechó Suecia, su rival programado, para ganar su primer partido sin jugarlo.

Detrás de ese hecho hubo una historia oscura y dolorosa y a la vez de inmenso coraje, de un futbolista que se convirtió en el primer mártir del fútbol.

El mejor jugador austríaco, Matthias Sindelar, llamado el “Mozart del fútbol”, se negó a jugar para Alemania al resistirse a “servir” al régimen nazi. Se ocultó, y al año siguiente, descubierto por las SS, se suicidó junto a su esposa abriendo el gas de la cocina. Veinte mil personas fueron al funeral.

Siete jugadores austríacos sí aceptaron participar en la Copa jugando para Alemania. Y además de la de Sindelar hubo otra deserción notable, la del capitán Walter Nausch. La condición para integrarse era que se divorciara de su esposa judía. Nausch se negó y huyó a Suiza.

Checoslovaquia, de dos veces finalista a no existir más (1962)

La caída del Muro de Berlín es un hecho histórico que tuvo sus consecuencias en el fútbol. Entre ellas, la desaparición de selecciones que hasta la década del ’90 pasado habían sido animadoras de los mundiales. Entre ellas de Checoslovaquia, subcampeona del mundo en dos oportunidades: en 1934 en Italia y en 1962 en Chile.

En 1934, llegó a estar en ventaja en la final contra el local con un gol de Antonic Puc a los 71 minutos, que tensó al régimen de Mussolini que veían peligrar el título. El argentino “oriundi” italiano Raimundo Orsi empató a los 80. Finalmente, Angelo Schiavo le dio la victoria a Italia.

En ese mundial Checoslovaquia había derrotado 2 a 1 a Rumania en la primera fase; 3 a 2 a Suiza en cuartos de final, y 3 a 1 a Alemania en semifinales. Además de Puc se lucieron el arquero Frantisek Planicka y Oldrich Nejedly, quien fue el goleador del mundial con 5 tantos.

En 1962, nuevamente llegó a la final de un Mundial. Esta vez, en continente americano. El rival era el campeón vigente, Brasil, quien no contaba con Pelé lesionado en el segundo partido. Al igual que en el 34, se adelantó en el resultado en la final. El gol lo marcó a los 15 minutos Josep Masopust. Pero nuevamente como en Italia, le dieron vuelta el partido. Amarildo, Zito y Vavá, dejaron a Checoslovaquia sin el título.

En Chile, Checoslovaquia ya había enfrentado a Brasil con un empate sin goles en la primera ronda, en la que le ganó a España 1 a 0 y perdió 3 a 1 con México. De todas maneras, se clasificó a cuartos de final donde le ganó 1 a 0 a Hungría y en semifinales a Yugoslavia, por 3 a 1.

Tras la división del país en 1993, surgieron de forma independiente la selección de la República Checa, y la de Eslovaquia.

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El día que Chile jugó sin rival e hizo un gol (1974)

Los mundiales empiezan en las eliminatorias, y en esa fase de la Copa de Alemania Federal del ‘74 sucedió un episodio increíble, verdaderamente dantesco. Fue en el repechaje Europa-Sudamérica, que enfrentó a Chile con la Unión Soviética. El partido de ida, en Moscú, se jugó con normalidad y fue un empate en cero. El 21 de noviembre de 1973 debía jugarse la vuelta en Santiago. Pero en el medio los soviéticos repudiaron el derrocamiento del presidente socialista Salvador Allende a manos del general Augusto Pinochet, y retiraron el equipo. Alegaron que de ninguna manera se iban a presentar en el Estadio Nacional, que se había usado en esos días como campo de concentración y centro de torturas y fusilamientos.

Y entonces no hubo un partido y a cambio se vivió una situación patética. El árbitro se presentó para darles el partido ganado a los locales. Pero la formalidad no alcanzó: el equipo chileno salió a la cancha con la ropa oficial, y después de unos pases en un campo de juego sin adversarios, el capitán Francisco Valdés metió el gol del “triunfo”. Lo llamaron el “partido fantasma”, aunque no lo fue tanto, porque en las tribunas había más de 17.000 espectadores.

El “Partido del Muro” lo ganaron los comunistas (1974)

Hay un gol de los Mundiales que se convierte y se grita todos los días, muchas veces, como un gol permanente que congela la historia en un instante.

Sucede al borde del río Spree, cerca de la Puerta de Brandeburgo, en Berlín. En el DDR Museum, los visitantes pueden manejar virtualmente un viejo Trabant, el autito cuadrado de líneas soviéticas más popular de la Alemania comunista, o vivenciar, metidos en una réplica, la atmósfera de un departamento familiar de aquellos años. Pero la atracción más convocante para los futboleros es un metegol muy especial. Se trata de un “medio metegol” en el que se ataca para un solo lado y tiene como fin meter las veces que uno quiera, el real y famoso gol que rompió la lógica en el cruce más curioso de la Copa de 1974.

El partido entre las “dos Alemanias”, la Federal y la Democrática u Oriental, fue uno de los más increíbles de los Mundiales. Fue el único oficial entre las dos naciones divididas desde 1961 por el Muro de Berlín; se jugó en el Mundial organizado por una de ellas, lo perdió el candidato y se desarrolló bajo medidas de seguridad inéditas, con francotiradores y helicópteros.

La Alemania comunista era un equipo respetable que había ganado la medalla de bronce dos años antes en Múnich, también en la Alemania Federal. Pero el triunfo ante su “par” local, luego campeón mundial, no dejó de ser una sorpresa. El gol de Jürgen Sparwasser, un ingeniero mecánico de 26 años, resolvió un partido chato y le dio la chance a su equipo de pasar de ronda. Fue un resultado de mutua conveniencia, porque le posibilitó a la Alemania de Franz Beckenbauer caer en el grupo definitorio supuestamente más accesible. En lo político, un éxito del Este en el marco de la Guerra Fría, cuando cada éxito deportivo contaba en la disputa.

Días más tarde, Alemania Oriental jugó el último partido mundialista de su historia, contra Argentina. Dos años después se superó en el deporte amateur y ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Montreal. Llegó a participar de las eliminatorias de Italia ’90 y, ese mismo año, el 12 de noviembre, cerró su historia con un triunfo en un amistoso con Bélgica.

El día que los partidos se interrumpieron por “duelo” (1974)

El 1 de julio de 1974, la delegación argentina en el Mundial pidió postergar el partido que debía jugar con Alemania Oriental dos días después. Una noticia los había golpeado: acababa de morir el presidente Juan Domingo Perón y su viuda, María Estela Martínez, había decretado un duelo de tres días. En el lugar del mundo que les había deparado el destino, los jugadores querían cumplirlo.

El partido no definía nada porque los dos equipos ya no tenían chances en la segunda ronda, que definía a los finalistas. Pero igual la FIFA mantuvo fecha y horario.

Ese 3 de julio, además del partido de Argentina contra el equipo de la RDA, jugaron Alemania-Federal-Polonia, Holanda-Brasil y Suecia-Yugoslavia. Los dos primeros eran virtualmente las semifinales. Los locales y los naranjas fueron los clasificados.

No fue tan raro que en los cuatro partidos se hiciera un minuto de silencio, aunque acotado a unos segundos. Al fin y al cabo había muerto el presidente de uno de los países participantes, algo inédito. Lo curioso fue que el corte se hiciera con los partidos en marcha, a los 10 minutos.

Varios jugadores argentinos, como Miguel Brindisi, el “Ratón” Rubén Ayala o Roberto Telch eran adherentes al peronismo, e incluso algunos habían conocido al general fallecido. En la concentración argentina se armó un altar. Los jugadores usaron una foto de Perón publicada en un diario alemán y la rodearon con unas velas y flores. También fueron a una misa, oficiada en alemán y en español.

En el partido se produjo el debut de una leyenda del arco, Ubaldo Matildo Fillol. Ganaban los alemanes orientales y el gol del empate lo marcó René Houseman. Su compañero Brindisi contó que “El Loco” gritaba “Perón, Perón”, mientras lloraba entre sus brazos.

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