Parece que la centralidad del combate contra el fundamentalismo islámico que sostienen los estados del Sahel está en un segundo plano en los medios dominantes, en especial occidentales. Por demás, los gobiernos de Níger, Malí y Burkina Faso son calificados como dictaduras. Sin embargo, quizás las poblaciones de allí definen la legitimidad política según la capacidad que tengan para ganar la guerra contra los yihadistas. No se trata sólo de los rebaños, de los cultivos, de las familias y de las identidades que son agredidas, violadas y asesinadas por los fanáticos. Hablamos también de la necesidad generalizada en construir entidades estatales, que no existían más que en los papeles del neocolonialismo, de las empresas extractivas o de los organismos internacionales de crédito. Ahora naciones como Níger, Malí y Burkina Faso saben que podrán existir en tanto y en cuanto aseguren la seguridad y tranquilidad de las aldeas y ciudades.
Veamos el caso de Burkina Faso. El capitán Ibrahim Traoré desalojó de poder al teniente coronel Paul-Henri Damiba en 2022, por considerar que la falta de constancia en la guerra contra los islamistas ponía en riego existencial al país; Damiba había derrocado al presidente Roch Kaboré -un empresario- un poco entes el mismo año por la falta de apoyo a los militares; Kaboré sucedió a Michel Kafando -un diplomático- que presidió el país entre golpe y golpe de Estado hasta 2015; Kafando fue derrocado por el General Gilbert Dienderé, muy ligado a Francia, que participó de la caída de Blaise Compaoré; Compaoré fue presidente hasta 2014, desde que dirigió el golpe de estado de 1987 que con la ayuda de la Francia de François Mitterrand derrocó y asesinó al Capitán Thomas Sankara. De quien Traoré dice inspirarse.
Y razones no le faltan. Expulsó a las tropas francesas estacionadas en Burkina, abrió la cooperación militar con la Federación Rusa; amplió las relaciones con China, que ya proveen desde hospitales de alta complejidad hasta la fabricación en Burkina de autos eléctricos y preparan el desarrollo ferroviario; acuerda con la India la ampliación del comercio. En lo interno, nacionalizó la explotación del oro -es el cuarto productor africano-, construye una refinería y pretende exportar el producto elaborado, por supuesto bajo control nacional. El gobierno burkinabé también invierte en la agricultura, con semillas y maquinaria para los campesinos, con el objetivo de conseguir la soberanía alimentaria. Funciona bastante bien, seis millones de cereales cosechados para 22 millones de habitantes y 2,5 de millones en maíz. Lo mismo con el algodón que producen en abundancia, de modo de producir y exportar textiles que ya no son materia prima sin procesar.
Ese es el frente interno. Porque Traoré es un militar, y sabe que no puede vencer en el frente de batalla si no cuenta con una sociedad que abrace el mismo combate. La tropa debe saber por qué pelea. La presencia de elementos yihadistas cumplen dos funciones. Justificar la presidencia militar occidental primero, y luego destruir los gobiernos soberanos del Sahel. Mientras EE UU atacaba Venezuela, la Francia de Macron junto con Damiba, exilado en Togo, intentaron deshacerse de Traoré por un puñado de dólares. Parece que el plan era asesinar al Capitán y a la plana mayor del gobierno, desactivar la defensa de drones, y permitir la invasión del territorio por parte de los yihadistas y mercenarios blancos que entrarían en la capital. Nada como el terror. Pero la inteligencia burkinabé pudo frustrar la asonada a tiempo, y las calles se llenaron de pueblo que fue de manera masiva y espontánea a defender al presidente. Aún hacen guardias ciudadanas todas las noches en cada rotonda. Por cierto, es notable como Macron twitteó la satisfacción acerca del final de la “dictadura venezolana”, y como volvió a la autodeterminación de los pueblos cuando el golpe fracasó en Burkina Faso. ¿Quizás pensó en Groenlandia? Pecho frío…
Las fuerzas armadas constituyen el núcleo de la defensa de Burkina Faso frente al ataque yihadista. Pero no son suficientes. Traoré impulsó los “Voluntarios por la Defensa de la Patria”, que son civiles en armas. Cerca de 90.000 milicianos, hombres y mujeres, participan en la defensa local de aldeas, pasturas y ganado. Algo más de 5000 ya se incorporan al ejército regular. Según fuentes oficiales, las FFAA han logrado recuperar muchas localidades en manos de los fundamentalistas y hacerlos retroceder en la siempre azarosa línea del frente. Los soldados pelean las batallas, las sociedades las ganan.
Burkina Faso es un país multiconfesional. Hay una mayoría musulmana sunita de 64%, 20% de católicos, 6% de protestantes y 9% de creencias animistas. Los protestantes piden la protección divina para las vidas de las fuerzas de defensa y seguridad y de los Voluntarios por la Defensa de la Patria. Los católicos solicitan que cada uno trabaje para construir un Burkina Faso fraterno, justo y digno. El clero musulmán sostiene que uno es ciudadano burkinabé antes de entrar en religión, abogan por la cohesión social y piden rezar por la Patria y por los dirigentes. ¿Los animistas? Hacen el aguante en las rotondas. Como todos.
Traoré tiene un objetivo: ganar la guerra contra el terrorismo islámico financiado, entrenado y armado por occidente y vasallos. Que se benefician de la conveniente cobertura mediática. No la tiene fácil. Con la construcción de la AES, Alianza de Estados del Sahel, construye la necesaria integración regional de quienes sufren las mismas amenazas, como Malí y Níger. Para romper la dependencia que condena a la derrota, Burkina emprende el camino del desarrollo económico con justicia social, sin el cual no hay victoria. El Gran Capitán moviliza todas las solidaridades para vencer: es la Nación en armas. ¿Será que el peronismo es un asunto de negros? Tal el lema de Burkina Faso: “La Patrie ou la mort, nous vaincrons!”.