A cincuenta años de su edición, A Trick of the Tail sigue siendo uno de los discos más decisivos -y paradójicos- de la historia del rock. Publicado el 13 de febrero de 1976, fue el primer álbum de Genesis sin Peter Gabriel, la voz, el rostro y el cuerpo escénico que había definido a la banda durante su etapa más teatral y conceptual. En términos históricos, todo indicaba que ese punto marcaba el comienzo del final. En la práctica, fue el inicio de otra cosa: una mutación silenciosa que terminaría convirtiendo a Genesis en una de las bandas más exitosas del planeta.
La salida de Gabriel en 1975 fue leída como una catástrofe. No se iba solo un cantante: se iba el narrador central, el performer que encarnaba personajes, el letrista que sostenía mundos simbólicos enteros y el líder carismático que concentraba la atención del público y la prensa. Genesis, además, venía de obras ambiciosas como The Lamb Lies Down on Broadway, un doble álbum conceptual que había llevado la idea de banda progresiva a un extremo artístico y narrativo. ¿Cómo seguir después de eso?

El nuevo Genesis, una respuesta inesperada
La respuesta fue tan inesperada como elegante. En lugar de buscar un nuevo frontman carismático que imitara a Gabriel, Genesis miró hacia adentro. Phil Collins, hasta entonces baterista y ocasional corista, asumió el rol de cantante principal casi por descarte. No había sido el plan. De hecho, durante meses audicionaron vocalistas externos. Pero cuando comenzaron a grabar maquetas, la voz que mejor encajaba era la que ya estaba ahí.
A Trick of the Tail suena, en retrospectiva, como un disco de transición que se niega a sonar inseguro. Musicalmente, conserva buena parte del ADN progresivo del grupo: estructuras largas, cambios de clima, arreglos sofisticados y una fuerte impronta melódica. Tony Banks sigue construyendo paisajes con teclados expansivos, Mike Rutherford alterna guitarras y bajos con precisión narrativa, y Collins demuestra que su voz -más cálida, más directa- puede sostener canciones complejas sin necesidad de teatralidad excesiva.

Temas como “Dance on a Volcano” o “Squonk” abren el disco con energía y dramatismo, mientras que piezas como “Entangled” o la canción que le da título al álbum exhiben un costado más introspectivo y melódico. No hay disfraces, no hay personajes explícitos, no hay relatos conceptuales cerrados. Hay, en cambio, canciones que confían en la música y en la emoción antes que en el artificio escénico.
El cambio clave
Ese cambio fue clave. A Trick of the Tail no intenta borrar a Gabriel ni competir con su legado. Tampoco lo parodia. Simplemente corre el eje. La narrativa ya no está en el centro; lo está la canción. Y en ese desplazamiento se empieza a gestar el Genesis que, con el tiempo, ampliaría su público sin perder del todo su identidad.

El dato que en 1976 parecía menor -el ascenso de un baterista a cantante- terminaría siendo fundamental. Phil Collins no solo se consolidaría como la voz de Genesis durante los años siguientes, sino que acabaría transformándose en una figura central del pop global de los años ochenta. Ese recorrido, que incluye discos como Invisible Touch y una carrera solista masiva, empieza acá, casi en silencio, sin golpes de efecto.
Cincuenta años después, A Trick of the Tail se escucha como lo que fue: un acto de inteligencia colectiva. Genesis eligió no romperse, no reinventarse de manera abrupta, no negar su pasado. Eligió evolucionar. Y en esa decisión -aparentemente conservadora, profundamente estratégica- encontró el camino hacia su etapa más duradera y popular.
No fue el disco más vendido de Genesis. Tampoco el más famoso. Pero probablemente haya sido el más importante. Porque cuando todo indicaba que la pérdida de su cantante más carismático podía ser el principio del fin, Genesis respondió con música, equilibrio y visión de largo plazo. Ese truco de magia, medio siglo después, sigue funcionando.