En una nueva escalada de diplomacia coercitiva, Donald Trump lanzó una severa advertencia contra la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez. Durante una entrevista telefónica con la revista The Atlantic, el mandatario estadounidense sentenció que si la funcionaria «no hace lo correcto», pagará «un precio muy alto, probablemente mayor que el de Maduro». Esta declaración no oculta el objetivo central de Washington: forzar la apertura de las vastas reservas petroleras venezolanas a la inversión estadounidense bajo condiciones innegociables.

Según fuentes citadas por la Agencia Noticias Argentinas, la Casa Blanca supeditó cualquier relación operativa con el gobierno interino de Rodríguez al cumplimiento de las demandas energéticas de Washington. La amenaza surge como respuesta directa a la postura de Rodríguez, quien, tras ser confirmada en el cargo por el Tribunal Supremo y los mandos militares, adoptó un tono desafiante al asegurar que defenderá los «recursos naturales» del país frente a las presiones externas.

A pesar de su histórica retórica contra los cambios de régimen y las intervenciones militares en el extranjero, Trump justificó esta presión directa calificando a Venezuela como un «país totalmente fallido» y un «desastre en todos los sentidos». Para el republicano, la intervención para «reconstruir» la estructura de poder es ahora una opción preferible si garantiza el control sobre recursos estratégicos.

En la misma línea de expansión de influencia, Trump reafirmó su interés por Groenlandia, asegurando que EE UU la necesita «absolutamente» para su defensa. Este posicionamiento consolida una política exterior basada en el ultimátum y la explotación de recursos, donde la soberanía de terceros países queda subordinada a los objetivos de seguridad y comercio de la Casa Blanca.