Columna de opinión.
No obstante la crítica, el martes pasado el secretario de Estado Rex Tillerson cumplió con su deber de informar al vocero de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, sobre la marcha del acuerdo. Lo hizo anunciando que Irán está cumpliendo lo estipulado, pero que el pacto será reconsiderado.
Nadie está feliz con lo estipulado, pero muchos reconocen que permitió negociar muchas cuestiones e impulsó el intercambio comercial norteamericano-iraní. Tillerson, en cambio, objeta que no se ha contenido la creciente influencia de Irán en Levante. Por el contrario, muchos expertos advierten que amenazar a Irán en el comienzo de su campaña presidencial favorece a los nacionalistas radicales que critican la «blandura» del presidente Hasán Rouhaní que busca su reelección.
Hay muchos indicios de que Trump resolvió de la peor manera el dilema entre su estrecho vínculo con Vladimir Putin, su alineamiento con Israel y sus negocios con los jeques de la Península Arábiga. Ahora se encolumnó detrás de la estrategia israelo-saudí.
La mayoría de los analistas descree que Trump vaya a retirar a EE UU del acuerdo nuclear, porque chocaría con aliados importantes que defienden su preservación, pero es probable que promueva una implementación más estricta. Al mismo tiempo buscará aumentar la presión sobre Irán por su programa balístico y sus intervenciones en Levante. Este endurecimiento de la relación con Teherán justificaría un mayor apoyo a Ryad en su intervención en Yemen.
Desde hace tres semanas, luego de un golpe de salón, las fuerzas armadas y la comunidad de inteligencia conducen sin tutela la política exterior de EE UU. Es previsible que aún pase cierto tiempo hasta que definan las prioridades. Las indecisiones y contradicciones están a la orden del día. Esta sería la primera explicación para la sucesión de crisis en distintos escenarios. También hay que contar con la torpeza del equipo presidencial que insiste en inmiscuirse en la política exterior. Sin embargo, hay una tercera posibilidad mucho más preocupante.
Entre septiembre de 1939 y mayo de 1940 Alemania hizo creer a Francia y Gran Bretaña que se expandiría hacia países menores y no los atacaría directamente. A este juego se lo llamó en francés drôle de guerre (la guerra falsa). Agudizando al mismo tiempo los conflictos con Corea y China, en Afganistán, Yemen y Siria, contra Venezuela y ahora Irán, Washington suscita el interrogante sobre dónde va a atacar en serio. ¿Se atreverá? Sería mejor que los países que quieren y necesitan la paz no especulen más y se unan para imponerla. «
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