En su afiebrada pelea contra la biología, cuando apenas le faltan hoy tres semanas para vestirse de octogenario, Donald Trump se anotó a perdedor en la infantil intención de ganarle días a los días y, así, convertirse en el primero en plantar bandera en el horizonte terrestre. Mientras padece el desprecio de los partidos políticos escoceses que activan para conseguir que sus dos campos de golf (dos de los 37 que tiene distribuidos  por el mundo) sean expropiados y puestos al servicio de la comunidad y en el escenario bélico de Irán va ya por la enésima retirada con la que busca esconder su derrota, internamente le va mal. Las encuestas sobre las legislativas de noviembre lo cachetean semana tras semana Su sueño de construir un ostentoso salón de baile en la Casa Blanca y una biblioteca en Miami parecen esfumarse en el Congreso y en la Justicia. Solo le queda la patética idea de ganarle la pelea a la vejez, su maldita obsesión, con el auxilio del Photoshop y la inteligencia artificial.

El presidente de EE UU anduvo por Escocia –una de las cuatro naciones de la Gran Bretaña– en abril del año pasado, para gozar de sus remozados links y arrogante tras haber golpeado con sus agresivos aranceles al fuerte de su economía, el whisky que subyuga a los bebedores norteamericanos. Pero en el recalentado clima de las elecciones municipales de mayo último, donde Los Verdes marcaron protagonismo, lo tuvieron presente a uno y otro extremo de la acuarela política. Los ambientalistas, para denostarlo por su intento de inmiscuirse en los asuntos internos, por el gesto de volver los aranceles a los tiempos pasados para favorecer a los ultranacionalistas de Reform UK, que sueñan con emular el estilo Trump, la política salvajemente persecutoria de los migrantes.

Trump no se esperaba que ese gesto, anunciado durante una visita del rey Carlos III a Washington, iba a levantar polvareda. Más bien creía, y así lo dijo, que su exitosa intromisión en la política interna de Argentina, Chile, Bolivia, Venezuela, Ecuador y Honduras se repetiría en la vieja Europa, concretamente en Escocia, donde sus ideas liberales prendieron fuerte en estos tiempos de renacimiento de la ultraderecha y el nazismo. Es probable que en su incultura Trump creyera, y ninguno se lo advirtiera, que no todos en las cuatro naciones del reino aman al soberano. Sabía, eso sí, que su discurso había prendido en Reform UK. En su visita anterior (abril de 2025), había dictado su abc: “Será mejor que se pongan las pilas o se van a quedar sin Europa, la migración los está matando. Paren con los molinos de viento, están arruinando sus países”.

Trump tiene 37 campos de golf en el mundo: los dos en Escocia son pasibles de expropiación

Los Verdes han ido creciendo elección tras elección. Y, dicen hasta sus adversarios, han madurado. Por eso pesa ahora en los gobiernos municipales (boroughs) y convoca en las calles como no lo hacen otros. La voz de Zack Polanski, su más radicalizado líder, se escucha. Aprovechando esa realidad pidió la condena institucional del presidente norteamericano por sus políticas bélicas en todo el mundo –incluyendo Cuba y Venezuela– y reclamó la expropiación de los campos de golf de Trump International (TI) como primer paso ante la impunidad del “desequilibrado”. Así lo calificó. No fue la embajada sino la empresa la que salió en auxilio del hombre de la Casa Blanca. “Los comentarios sobre nuestros links en Escocia son ridículos e ignorantes y estás hechos por un imbécil”, dijo TI, haciendo honor al lenguaje cultivado por los mal llamados libertarios.

Los Verdes aprovecharon para dar otro paso y la semana pasada revelaron que promoverán una investigación sobre la financiación de los dos campos de golf de Trump y cómo fue que se violaron las disposiciones ambientales para instalar ese negocio en una zona de alto valor turístico, “destruyendo parcialmente el sistema de dunas de arena”. Para evitar las dilatorias del ejecutivo escocés, recurrirán a una figura legal denominada Orden de Riqueza no Explicada, que el gobierno no puede ignorar. “Él debe ser expulsado de esos campos, y deben pasar a ser propiedad de la comunidad”, dice Polanski, y su proclama se ha convertido en una bandera para los escoceses.

Como si nada pasara en el mundo, como si el Congreso no le hubiese negado los fondos para seguir construyendo su salón de baile, como si la Justicia no estuviese revisando la validez del donativo de las tierras más valiosas del estado de Florida para levantar una biblioteca en la que lucirá, dominante, un monumento a su persona de 4,5 metros bañado en oro, el comandante en jefe Trump redobló la guerra contra la vejez. Además del maquillaje para disimular los hematomas en sus manos. Además de los zapatones para soportar el peso de sus piernas hinchadas. Además del pelo ligeramente caído sobre la oreja derecha para esconder una desagradable supuración. Y de mil pretextos para explicar por qué se queda dormido en público. Además de todo eso, se photoshopea y sueña.

Sueña con un Trump fuerte y hermoso. Un día postea en su red una foto en la que aparece joven, con uniforme militar, junto a otra actual, sometida a una severa sesión de Photoshop y una leyenda: “Trump se vuelve cada vez más joven”, dice Trump de Trump. Otro día se postea codo a codo con Xi Jinping (72 años) y él (80) parece más vital que su colega. Ya es un objeto de burla. “El presidente envejece al revés”, dice un bloguero. “Seguro se inspira en el personaje de F. Scott Fitzgerald, que de la senectud retrocedió a la infancia”, complementa otro, Y explica: “Allá por los años 20 del siglo pasado el escritor editó un relato satírico que tituló El curioso caso de Benjamín Button, que nació con cuerpo y apariencia de un anciano de 70 años y rejuveneció en lugar de envejecer”. El nuevo mundo se enfrenta a El curioso caso de Donald Trump.

Un raro búfalo albino

A medida que profundiza su psicopática guerra unipersonal contra los medios y los periodistas –inmorales, mierda, vomitivos, son sus calificativos de cada día–, la imagen de Trump se hunde en la ciénaga de las encuestas internas y también, en distinta entidad según se trate de Cuba, España o los campos de la OTAN, en el ranking de la opinión internacional. Ya no lo respetan. Entre mañana y el martes, en la crítica región sudasiática, en su más grande ritual anual de sumisión a Mahoma, millones de musulmanes orarán y verán cómo se retuerce ante la lenta muerte la bestia sangrante de copete rubión, cuidada en Rabeya Agro durante un año para ser religiosamente ofrendada en Eid al-Adha.

El animal a inmolar, a asesinar con una respetable y para otros envidiable espiritualidad, es un raro búfalo albino al que un granjero de los arrabales de Dacca, la superpoblada capital de Bangladesh, engordó devotamente y al que en los últimos días bautizaron El Búfalo Albino Donald Trump. No es un bicho más. “Es casi un símil del otro de su mismo nombre pero bueno, tanto que ya lo quisiéramos al frente de la gran potencia”, fueron las palabras de homenaje y despedida del productor que preparó al animal para que millones de sufrientes pudieran celebrar mañana lo que sería una faena más.

Matar al búfalo albino, al que su patrón halló parecido y peinó con prolijo flequillo, a su estilo, y acicaló pacientemente hasta convertirlo en emblema de Rabeja Agro, fue el religioso objetivo del campesino al que el británico The Independent y el catalán La Vanguardia destinaron líneas de su gráfica para ayudarle a escribir el epitafio del cuadrúpedo de copete blanquecino. Mañana, en lo que Occidente llamará Fiesta del Sacrificio, las multitudes y los muchos comerciantes que vieron en el Albino Trump una jugosa plusvalía, estarán festejando la sangría de la bestia, una entre tantos búfalos, cabras y camellos que exhalarán su último suspiro para enriquecer el portfolio divino.