“El mundo es un molino”, cantaba Cartola, santo patrono del samba, y en las favelas de Río de Janeiro el molino no deja de triturar esperanzas. El viaje de cualquier turista que llega a la Cidade Maravilhosa empieza con un scroll infinito en las redes sociales: tomas aéreas de la Rocinha, donde 72 mil almas se aprietan para el encuadre perfecto de un dron. En las barriadas del sur carioca, el “turismo de favela” es una industria aceitada: por un puñado de reales, las plataformas de viajes te ofrecen tours para sentir la adrenalina controlada de la exclusión con vista a la Bahía de Guanabara. Pero no hay gracia en el consumo de la carencia. No me Río de Janeiro: este verano, la ciudad es un abismo que se disfraza de carnaval.

El pulso de los de abajo, el que no tiene filtro de Instagram, empieza cuando cruzás la zona norte y te hundís en el Complexo do Alemão. En el “Hell de Janeiro” el GPS se vuelve loco y el aire se espesa. El Alemão no es un set de filmación; es un “quilombo moderno, un territorio autónomo por necesidad”, me cuenta Miguel, un músico que resiste con aguante y ritmo la miseria y los operativos de la policía.

En el acceso al Complexo, la Policía Militar vigila armada hasta los dientes. Recuerdos del octubre negro: de cuando la Operação Contenção dejó 121 cadáveres, denuncias de torturas y fusilamientos extrajudiciales. Muertos, orden y progreso.

Turismo de favela y masacres, para conocer la Cidade Maravilhosa

Mientras en la Rocinha los extranjeros con cámaras que valen más que una casa miran a los pibes como animales raros, en el Complexo el sonido ambiente es otro. Es de helicópteros que aparecen al alba y disparan furia y balas. “No escuchás el gallo, escuchás los tiros. Te quedás encerrado rezando para que una bala no atraviese la pared”, me cuenta Isaac, otro músico de la vecina barriada de Penha.

Los pibes hablan de la represión, de los operativos cotidianos, del estigma de los favelados. El Estado usa la “ley de autodefensa” como carta blanca. Miguel lo vivió en carne propia: grabando un videoclip para una de sus canciones, el año pasado terminó con cuatro fusiles en la cara desde un patrullero en contramano. “Procedimiento”, le dijeron. En el Alemão, el celular no es para buscar likes; es el único escudo testimonial frente al abuso de la yuta.

Es domingo y el cielo de Río se cae a pedazos. Parece que el diluvio quiere lavar la sangre de la última operación milica. Miguel e Isaac se suben a unas moto-taxis. Son hinchas del Flamengo y no pueden perderse el clásico contra el archirrival Fluminense. Fla-Flu por tele, para olvidar la chuva de agua y de balas.

Al despedirnos me cuentan de la Voz das Comunidades, el diario de las favelas nacido y criado en las callecitas laberínticas del Alemão. Un medio que no espera a que la prensa de afuera cuente muertos: cuenta la vida que crece desde el pie. Mientras tanto, en las alturas de los morros, otro turista se lleva el video viral para su Instagram, ignorando que el mecanismo del mundo sigue su marcha cruel.

Lo cantaba Cartola, con esa voz que es un lamento de carnaval eterno: “Presta atención, el mundo es un molino / va a triturar tus sueños, tan mezquinos / va a reducir tus ilusiones a polvo”.  «