Un gol contra la batalla cultural de la derecha

Por: Demián Verduga

Las declaraciones de la Casa Blanca sobre la bandera que desplegó la Selección dejaron en ridículo al gobierno.

De pronto llegó el pronunciamiento de la Casa Blanca para terminar de dejar en offside al gobierno de Javier Milei, un presidente siempre preocupado por dejar claro que lo mejor que le puede pasar a la Argentina es ser una neo colonia o protectorado.

Las declaraciones de Andrew Giuliani, designado por Donald Trump para ocuparse del Mundial, fueron claras: “En Estados Unidos pueden hacerlo”. Se refería -se sabe- a la bandera que decía “Las Malvinas son argentinas” y que fue desplegada por la Selección Nacional luego de ganarle de manera épica la semifinal a Inglaterra.

Los jugadores de la Selección probablemente no sean en su mayoría votantes del peronismo. Su realidad socioeconómica y su contexto cultural permiten deducir que sus preferencias en ese terreno se inclinan hacia otro lado. Es probable que buena parte de ellos hayan visto con buenos ojos la victoria de Javier Milei en las últimas elecciones. Sin embargo, son los protagonistas de un hecho político que ha sido altamente corrosivo para La Libertad Avanza. Podría decirse que el pensamiento político de la mayoría los jugadores no es peronista pero que su corazón sí lo es. (En este caso se utiliza el término peronismo como la expresión política que pone a la cuestión nacional, con todo lo difuso de este término, como eje ordenador de su accionar).

Lo que hizo la Selección fue un acto que mezcló patriotismo y rebeldía al estilo maradoniano o evitista. Es otra muestra de que hay que tratar siempre de evitar los pensamientos lineales sobre los seres humanos, ya que a las personas también nos hace el contexto.

Cuando el mundial termine, cada uno de los jugadores volverá a sus clubes, a sus sueldos millonarios y sus vidas de atletas excepcionales que piensan en su carrera. Pero mientras vistieron la remera de la Selección algo fue distinto. Y no es por el dinero porque ganan más en sus clubes. No hay nada que emocione más a estos atletas que jugar con los colores de la bandera nacional. Jugar por la patria tiene algo evidentemente diferente. Algo les pasa cuando la bandera les cubre la piel del pecho y la espalda.

La Selección alimenta el orgullo nacional y ese combustible emocional atenta contra el proyecto de la derecha local. Un pueblo con orgullo, más tarde o más temprano, se revelará contra un gobierno que propone la humillación y la resignación como estilo de vida. Un gobierno que le dice a la sociedad argentina que no tiene derecho a la universidad, que no tiene derecho a producir cine, que no tiene derecho a tener línea de bandera, que no tiene derecho al desarrollo científico, que no tiene derecho a comer asado. Le dice que todo eso es para los pueblos superiores, para los estadounidenses, para los alemanes, no para un sudaca cuyo destino debe ser proveer a los superiores de las materias primas que necesitan.

Es el proyecto de un país absolutamente subordinado y presentado con esa fábula que nunca se cumple: que si se acepta ser una neocolonia y se reduce al Estado a su mínima expresión habrá una lluvia de inversión privada que traerá prosperidad. Nunca pasa. 

Hay que recordar a Marcos Peña, cuando era jefe de Gabinete del gobierno de Mauricio Macri, festejando que se quitaba a los héroes nacionales de los billetes para reemplazarlos por ballenas. ¿Alguien imagina a un ministro estadounidense, de derecha o progresista, diciendo que hay que sacar a George Washington del billete de 100 dólares? El propio Peña jamás defendería en EE UU una decisión de ese tipo. Porque el tema no son los héroes nacionales en sí mismos. No es un rechazo a la reivindicación de lo nacional para apostar al internacionalismo, al estilo de la izquierda marxista. Son los héroes nacionales argentinos lo que les molesta. No es ninguna novedad: tienen más amor y admiración por EE UU que por Argentina.

Esto es lo no les pasa a los jugadores de la Selección. Ellos aman jugar envueltos por la bandera nacional más que cualquier otra cosa en el mundo. No quieren, jamás querrían, jugar con la camiseta de Inglaterra o EE UU. Jamás jugarían para defender los intereses de esos equipos en la cancha. Por eso finalmente chocan con el presidente al que seguramente vieron con simpatía. Y terminan metiéndole un gol al ángulo a la famosa batalla cultural de la derecha, que tiene entre sus objetivos la demolición de la autoestima del pueblo. Amar a la Argentina y fomentar el orgullo nacional son formas de oponerse al proyecto de Milei, más allá de qué se vote. «   

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