El 28 de junio de 1966, un golpe militar derrocó a Arturo Illia. Un mes después, el gobierno de facto presidido por el general Juan Carlos Onganía intervino las universidades nacionales. Las veía como un reducto de “comunistas”. En la noche del 29 de julio del mismo año, ordenó el desalojo por la fuerza de cinco facultades porteñas.

Las más castigadas fueron las de Ciencias Exactas y Filosofía y Letras. Al anochecer, tropas de Infantería atacaron a estudiantes, graduados y docentes. Los hicieron salir, formar en doble fila y los golpearon con largos palos de madera. Rolando García, decano de Exactas, que estaba con Manuel Sadosky, su vicedecano, enfrentó al oficial al mando: «¿Cómo se atreve a cometer este atropello? ¡Todavía soy el decano de esta casa de estudios!». La respuesta fue un bastonazo en la cabeza. Sangrando, se levantó: «¿Cómo se atreve a cometer este atropello? ¡Todavía soy el decano!». La respuesta fue otro bastonazo que le quebró un dedo cuando intentó protegerse. Mientras tanto, las fuerzas policiales destruían laboratorios y bibliotecas.

Esa noche hubo cientos de detenidos. El resultado fue la renuncia de más de 1300 profesores de la universidad y la mayor emigración de científicos del país. Una sangría inicial de 301 exiliados en los días que siguieron a la intervención, y que ya no se detendría en los años por venir.

Una de las que se exilió fue Eugenia Kalnay quien años más tarde diría: «Nunca me habría ido de la Argentina si no hubiera sido por “La Noche de los Bastones Largos‘».

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Kalnay comenzó sus estudios de física en la Facultad de Exactas y Naturales de la UBA hasta que su mamá –viuda y con dificultades económicas–, pensó que sería mucho mejor que estudiara meteorología, una carrera con mayor salida laboral. En Exactas tuvo su primer acercamiento con el modelado numérico, al que se dedicaría toda la vida, gracias a la computadora científica Clementina, la primera de Latinoamérica.

Tras la Noche de los Bastones Largos, viajó a Estados Unidos por recomendación de Rolando García. Becada por el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), se convirtió en la primera mujer en obtener un Doctorado en Meteorología y en ser nombrada profesora de esa institución.

Formada en nuestro país gracias a la educación pública, Kalnay contaba en una entrevista que le hicieron en 2022: «Me siento especialmente agradecida a la Argentina por haberme dado una educación científica excelente y completamente gratuita. Es difícil para mí entender cómo el gobierno de los Estados Unidos puede permitir que se cargue a los estudiantes jóvenes con deudas enormes que los castigan simplemente por haber estudiado”. Luego de doctorarse, quiso regresar al país que la había formado, sin embargo todavía gobernaban los militares. “Planeaba regresar cuando volviera la democracia, pero dada la próxima dictadura militar y las desapariciones, incluyendo muchos estudiantes de la facultad, no quise volver”. Se decidió por Uruguay, convirtiéndose en una más de las miles de emigraciones forzadas de científicos y científicas argentinas que se debieron a motivos políticos.

La “fuga de cerebros” producida por la dictadura de Onganía nos privó no solo de ella sino de figuras de la talla del propio García -célebre por sus desarrollos de la epistemología genética junto con Jean Piaget–, de Sadosky –limitado a ejercer la docencia en Uruguay– y de Mario Bunge –físico y epistemólogo internacionalmente reconocido que se radicaría en Canadá hasta su muerte–. El mismo patrón se daría durante el genocida “Proceso de reorganización nacional” iniciado en 1976.

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En 1973, con el Golpe de Estado impulsado en Uruguay por Bordaberry, Kalnay no tuvo más opción que emigrar nuevamente. Junto a su marido y su hijo regresaron a Estados Unidos donde logró rápidamente un puesto en la NASA para trabajar en pronóstico numérico. Allí desarrolló un modelo global que la Agencia implementó durante una década. Más tarde, pasó a trabajar como directora del Centro de Modelado Numérico en la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica.

Las “fugas de cerebros” argentinos no siempre se debieron a la persecución política. Más recientemente, se originaron por la desfinanciación del sistema científico nacional, como la que atravesamos durante el menemismo y quedó plasmada en la invitación de Domingo Cavallo –héroe de los autodenominados “libertarios”– a que la comunidad se fuera “a lavar los platos”. Distintas causas, los mismos resultados: la expulsión de talento argentino y el sabotaje del desarrollo y la soberanía científico nacional.

Nunca está de más recordar algunos hitos para comprender la magnitud del daño que produjeron las diversas oleadas de emigración forzosa. Con tres Nobel en ciencias (las otras “tres estrellas”: Houssay, Leloir y Milstein), Argentina es el país de Latinoamérica con mayor número de estos Premios (apenas acompañada por Venezuela y México, con un Nobel de ciencias cada uno). En plena carrera espacial, nuestro país fue en 1969 el cuarto en el mundo en enviar un ser vivo al espacio y recibirlo con vida, algo que solo habían logrado la Unión Soviética, Estados Unidos y Francia. Con Atucha I, nuestro país fue el primer latinoamericano con central nuclear.

La historia de lo que la ciencia argentina logró en su “edad de oro”, y la de lo que continuó dándonos incluso después de años de persecuciones y vaciamiento, nos permite también entrever la historia de lo que podría haber sido… y de lo que quizá aún estemos a tiempo de defender. Desde instituciones como las universidades, el Conicet, la CNEA y ARSAT, nuestra ciencia desarrolla hoy, pese a todo, investigaciones de vanguardia en cambio climático; reactores nucleares innovadores; radioterapia de última generación; avances notables en virología; una vacuna propia contra el COVID, innovaciones de renombre mundial en la lucha contra el cáncer y reconocidos aportes empíricos y metodológicos en el área de la sociología. Quizá el truco de repetir que Argentina es “un país de mierda” sea impedirnos ver todo lo que podemos perder.

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En 2009, Kalnay fue premiada por la Organización Meteorológica Mundial de la ONU con el mayor galardón en meteorología “por sus contribuciones sobresalientes en el campo de la climatología”. Sus mapas globales, con bases de datos desde 1947, permiten hoy en todo el mundo estudiar el cambio climático. El premio se lo dedicó a su antiguo docente Rolando García. Lejos de atacar al país, la climatóloga extraña la carne argentina, pero hay algo que añora todavía más: “el compañerismo y la ayuda mutua entre los estudiantes, los profesores y los colegas científicos”.

Hoy, el mismo presidente que obliga a las universidades nacionales y al Conicet a ajustarse, prorrogando el muy devaluado presupuesto de 2023, no está irónicamente tan lejos de las febriles fantasías de Onganía sobre universidades “comunistas”: Milei ha descalificado al sistema universitario público como “una máquina de generar cerebros marxistas” y un conjunto de “centros de adoctrinamiento”.

Aunque ahora el arma que apunta contra la ciencia sea el ahogo presupuestario y ya no los bastones, no podemos olvidar qué fue lo que perdimos la última vez que un presidente de la Nación se refirió en esos términos a la investigación argentina.