A través de testimonios de protagonistas y familiares, el documental de Ernesto Fontan reconstruye la historia de 52 exiliados uruguayos que, durante las dictaduras de los años 70, se sumaron al Frente Sandinista de Liberación Nacional para combatir el régimen de Anastasio Somoza. Una y mil veces se estrena el 29 de abril en el Gaumont y vuelve sobre una época marcada por el exilio y las luchas revolucionarias en América Latina, sostenidas en el compromiso y el altruismo: dos valores hoy en retirada.
“Esta es una historia que me encontré. Estaba de gira con mi película anterior por Europa y, en Cataluña, a la salida de una proyección, se me acercó un uruguayo: era uno de los protagonistas. Me dijo que tenía la necesidad urgente de contar esto, porque no era muy conocido y muchos ya estaban muriendo, por edad o por covid. Era imperioso dejar registro. Me encantó la idea”, cuenta Fontan, que con este film asume una tarea concreta: hacer memoria.
Al principio fue casi un desvío. “Estaba con otra película y preparando un proyecto en el País Vasco, pero lo dejé en pausa. Armé equipo, empecé a trabajar el guion y a buscar financiamiento. No lo tenía previsto, pero acá estamos”. El proyecto consiguió apoyo inicial del instituto de cine y permitió arrancar la preproducción. Hubo viajes a Uruguay para entrevistas. Después, el corte abrupto: cambio de gestión en el INCAA, recortes, despidos. “El cine quedó prácticamente sin financiamiento. Nos quedamos a mitad de camino y tuvimos que preguntarnos cómo seguir. Es una película cara, sobre todo por los viajes. Queríamos filmar en Nicaragua y se complicaba. La salida fue un crowdfunding: contamos la idea y mucha gente colaboró”.

El rodaje se armó por capas. Entrevistas en Uruguay con excombatientes, historiadores y familiares. En 2024, viaje a Nicaragua para filmar los escenarios de combate y reconstruir el lugar donde cayó el único uruguayo muerto. Después, montaje, corrección de color, diseño. Cuatro años de trabajo con un equipo mínimo. “Pasamos por festivales, hicimos una gira por Europa. En Uruguay se estrenó en noviembre y estuvo seis semanas en cartel en Montevideo. Fue un proceso largo, pero también muy ligado a la actualidad. En tiempos de odio, hacer obras desde el amor y la ternura es una decisión”, dice. Y apela a una tradición: “Leonardo Favio hablaba de testimoniar el llanto, la historia, el amor. De ser memoria. Ese es el oficio del cineasta”.
Esa idea atraviesa la película. Para Fontan, la generación del ’70 encarna algo que hoy se diluye: una ética internacionalista. “No importaba el país. Si había un pueblo que necesitaba liberarse de una dictadura, estaban. Lo único que tenían era su vida, y si hacía falta la ponían. Por eso me interesa dejar testimonio de eso”.
El documental, además, funciona como herramienta. “Me interesa que cualquiera que se acerque tenga un lugar donde entender qué pasó. Incluso en Uruguay no se sabía que había combatientes uruguayos en esa revolución. Con mi película anterior pasó algo parecido: durante 20 años se atendió gratis a sobrevivientes de Chernobyl y casi nadie lo sabía. El cine también sirve para eso: para construir memoria”.

Después del estreno, la película seguirá en Sala Lúcida (Av. Cabildo 4740) y luego iniciará un recorrido por distintas provincias. En julio participará del festival de Filadelfia, en Estados Unidos. “Ya pasó por Colombia y Uruguay, donde se está armando un circuito fuera de Montevideo. La idea es moverla todo lo posible y, a fin de año, subirla a YouTube para que circule de forma gratuita”.
Fontan ya está en otra cosa. Retomó el proyecto que había dejado en pausa: un film sobre el bombardeo de 1937 en Guernica y su vínculo con el de 1955 en Plaza de Mayo. “Son hechos que no tienen la visibilidad que merecen. El del 55 se ve muy por arriba en las escuelas: no se dimensiona lo que fue, un ataque sobre población civil en plena democracia, por la propia Fuerza Aérea. En Guernica pasó algo similar: murieron cientos de civiles bajo el accionar nazi y el franquismo. Picasso le dio visibilidad, pero acá todavía estamos en falta con ese episodio, que fue el mayor acto de terrorismo de nuestra historia”.
El presente del sector, mientras tanto, condiciona todo. “No hay financiamiento ni salas. Si trabajás cuatro años en una película y después no tenés dónde mostrarla, se vuelve muy difícil”. El problema, dice, no es solo producir sino exhibir: “A nosotros nos dan una sola fecha y después hay que empezar a remar para conseguir salas por tu cuenta. En otras épocas como mínimo te daban una semana para difundirla en otras provincias, ahora está muy difícil. Estamos luchando para que por lo menos reconstruir algo de todo de lo que se rompió. Ojalá que el cine siga dando sus frutos porque hay una calidad técnica impresionante. Yo estoy trabajando en México y siempre me destacan la calidad de los trabajadores argentinos de la industria del cine y se nota mucho. Hay mucho requerimiento de profesionales de la industria audiovisual, estamos muy demandados y sin embargo en Argentina hay que remarla para poder hacer cine. Es lamentable pero ahí estamos, luchando para que el cine no muera”.
Una y mil veces
Estreno en la Argentina del documental de Ernesto Fontan. El 29 de abril a las 20 en el Cine Gaumont, Av. Rivadavia 1635.