Y finalmente Trump cruzó la línea roja. Con la prepotencia de un emperador, bombardeó la capital de un país latinoamericano y secuestró a su presidente 36 años después de la invasión a Panamá, la última intervención militar directa de Estados Unidos en América Latina.
Los bombazos sobre Caracas y la foto de Maduro maniatado inauguran un nuevo paradigma: tras décadas de injerencismo más solapado, edulcorado, maquillado con presión económica, operaciones encubiertas o apoyo a golpistas locales, la Casa Blanca vuelve a la agresión armada para derrocar a un gobierno díscolo y apoderarse de sus recursos naturales.
“Vamos a gobernar ese país, vamos a administrar ese país”, tiró Trump anunciando la eventual colonización de un territorio soberano en pleno siglo XXI. Y reconociendo explícitamente el objetivo de fondo: “Vamos a hacer que nuestras grandes compañías petroleras entren, arreglen la infraestructura gravemente dañada y comiencen a ganar dinero para el país”. El 18 de diciembre ya lo había admitido, con palabras más delirantes: “Venezuela se apoderó unilateralmente del petróleo de EE UU. Teníamos mucho petróleo allí en Venezuela y lo queremos de vuelta». Bajo los pozos venezolanos brillan las mayores reservas mundiales de crudo.
Pero la era que inauguró Trump en la madrugada del sábado no es más que un retorno a la vieja aplicación del “gran garrote” y “la diplomacia de las cañoneras” que institucionalizara Theodore Roosevelt a principios del siglo XX. Es decir, el uso de la fuerza militar como herramienta de presión para cambiar gobiernos. Y una vuelta a la Doctrina Monroe que en 1823 planteó, bajo esa idea de “América para los americanos”, que todo el continente les pertenecía. Desde entonces, la región sufrió cerca de 50 intervenciones, entre invasiones y golpes de Estado.
La propia Casa Blanca lo blanqueó hace un mes cuando presentó la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 bajo el título “El Corolario Trump de la Doctrina Monroe”. En el texto se atribuyen, sin eufemismos, el dominio total de la región: “Tras años de abandono, EE UU reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restablecer la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental y proteger nuestro territorio nacional pero también para tener acceso a zonas geográficas clave en toda la región”.
Son todos narcos
Maduro no fue secuestrado por nada vinculado a su gestión ni al cuestionado proceso electoral de 2024, sino por una absurda acusación de “narcoterrorismo”, como líder de un cártel del cual hay menos pruebas que de las armas de destrucción masiva que sirvieron de pretexto para invadir Irak en 2003.
Todos los documentos de la ONU sobre drogas ubican a Venezuela como un país marginal; hasta la propia DEA, en su informe de 2024, ni siquiera menciona al país ni al dichoso Cártel de los Soles. Un video que circuló mucho ayer muestra a Hugo Chávez anticipando la jugada hace ya muchos años: “Está en marcha una operación diseñada por el Pentágono para acusarme de narcotraficante, me van a tratar de aplicar la fórmula Noriega”.
La excusa del combate al narco llegó a la parodia hace un mes, cuando Trump indultó al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años en EE UU por el tráfico de 400 toneladas de cocaína.
A la reconquista del “patio trasero”
Mientras en los próximos días se irá develando el trasfondo de la operación de ayer y se irá definiendo si EE UU logra o no el control político de Venezuela, es necesario ampliar el foco y entender que se trata de una estrategia dirigida al control total de América Latina. En la conferencia de prensa de Trump, hubo amenazas explícitas para México, Cuba y Colombia: “Todos deben saber que lo que le pasó a Maduro le puede pasar a ellos”, advirtió.
Dicen que cuando a una potencia sólo le queda el poder de la fuerza no es un signo de poder sino un síntoma de declive. En este contexto global de transición hegemónica, EE UU decide replegarse en lo que siempre consideró su “patio trasero” y relanzar su política más belicosa, violando completamente el derecho internacional.
La ofensiva recolonizadora de Trump avanza mientras crece su ejército de vasallos (con Milei a la cabeza), siguen paralizados los organismos de integración latinoamericana y los pocos líderes que se le plantan lo hacen de forma aislada. “El dominio de EE UU en América Latina no será cuestionado nunca más”, se envalentonó Trump. La capacidad de unidad que logren los países amenazados, y la movilización de los pueblos latinoamericanos, serán determinantes para amortiguar el proyecto trumpista y su nueva-vieja fase imperial. «