Porque soy rojo, ácrata y de izquierda me fui de vacaciones a lo que era, y está por dejar de ser, el paraíso “comunista” del sur de Sudamérica. Así lo llama el ministro “Toto” Caputo, especialista en otros paraísos ultracapitalistas. Sin dudarlo, agarré el autito a gas y me mandé a todo trapo a cruzar la Cordillera de los Andes para buscar en Chile un poquito de libertad. ¡Carajo, queda poco! En marzo vuelve la derecha al poder en el país trasandino. ¡Conchetumadre!
Trepar la Ruta 7 hasta los penachos siempre nevados de la Cordillera es más difícil que escalar el Aconcagua. Y no lo digo por la exigencia física o las curvas cerradas de alta montaña, sino por los cráteres que tiene la cinta asfáltica desde la macrista ciudad de la furia hasta la conservadora Mendoza. La motosierra en Vialidad Nacional serruchó duro y parejo la arteria que cruza el centro de la patria fumigada hasta las altas cumbres.
Las rutas nacionales son tierra de nadie. La desidia es asesina. Los últimos guarismos publicados por la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV) son fríos como una lápida. La tragedia en la ruta avanza: 4027 víctimas fatales por siniestros en el último año, un promedio de 77 personas muertas por semana. Abrocharse el cinturón y, aunque no se crea más en nadie, es mejor encomendarse al Gauchito Gil en cada altar que surja al costado del camino.
Luego de surcar con mi novia a buen paso Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, San Luis y parte de Mendoza -con tormenta y viento zonda dignos de tsunamis en el desierto-, la parada en la capital mendocina es obligatoria antes de seguir viaje. Facundo García es un cronista, trotamundos, que brinda cobijo en la tierra del sol y el vino for export. Un beatnik nacido y criado en Godoy Cruz. Conocedor de mil caminos e historias, entre birras anticipa el aciago panorama rutero. Desde el cruce de la Ruta 7 y la 40 hasta el túnel que desemboca en Chile hay 310 pozos. Facundo convida otra latita y sentencia: “Preparate para un rally, compadre”.

Cortázar en los Andes
Cruzar la enormidad de los Andes es una tarea que mezcla dosis desparejas de paciencia, oficio y respeto al volante. El viaje es una silente charla íntima con la montaña. Oportuno en la subida suena Depeche Mode como banda de sonido: “Disfrutá del silencio”.
Agua de las Avispas, la Curva de Guido, Polvaredas. Son nombres de lugares donde la muñeca debe estar bien atenta. Pasada la frontera, quizá el tramo más temido sea el de los famosos “caracoles”: un nudo de 29 curvas cerradas que bajan desde el Túnel Internacional Cristo Redentor, a más de 3200 metros sobre el nivel del mar, hacia la localidad chilena de Los Andes. Un consejo para la montaña rusa: no abusar del pie derecho en las frenadas, mejor dosificar la velocidad con los cambios.
De repente, el temido éxodo argento del “dólar barato” (que ya no lo es tanto) se hace carne antes del control de Carabineros. A pesar de que se augura un contexto menos “positivo” para los amantes de las salidas de compras a la Chile barata. Hoy el peso chileno y el dólar amagan con pintar otro panorama comercial respecto de los anteriores veranos. Pero acá la fila de autos y camiones igual forman una serpiente metálica de varios kilómetros. “La autopista del sur” de Cortázar.
Los alpinistas franceses de la Sandero nunca leyeron al autor de Rayuela. Prefieren leer montañas. La familia cordobesa de la Eco Sport se mata en un duelo de tutti frutti. El señor de la Hilux mira una vez más el tiempo atado a su muñeca mientras imagina las bravas aguas del Pacífico. Las pibas del Fiesta duermen la siesta, a la espera del próximo consumo desenfrenado en los mall de Viña del Mar. El telón de fondo: puras montañas. Chile, más que un país, todavía es un paisaje. La fila avanza a paso de hombre. Serán tres horas y monedas de espera. Día de suerte. A veces la amansadora puede durar media jornada. Al dejar atrás el complejo fronterizo Los Libertadores, los autos emprenden nuevamente su apurada carrera loca mirando solo hacia adelante.

Santiago sin ti
En los márgenes del Mapocho y sus aguas chocolatadas, se siente menos el horno del verano santiaguino. La capital chilena arde a fuego lento. Calcinados callejeamos por el Mercado de La Vega, Bellas Artes, el Parque Forestal, la Alameda, Plaza Italia, las arterias del centro histórico y más allá. Las vacaciones tienen aura literaria en el país de los poetas. Buscamos huellas, recuerdos, ecos, la estela que dejó Pedro Lemebel. Su estrella distante se apagó en la madrugada del 23 de enero de 2015. Una década después, sigue alumbrando a la ciudad que abraza la cordillera. Se extraña tanto a la loca fuerte de Chile. Hay nostalgias en Santiago sin ti.
“Saudade, Saudade”. La morriña hecha palabras. Están escritas a mano bajo un retrato de Lemebel y el poeta Sergio Parra que cuelga en las paredes de la librería Metales Pesados. El boliche es un punto cardinal de la literatura trasandina de ayer y hoy. Está anclado a pasitos del cerro Santa Lucía, paseo obligado y jardín de amor para los cabros, laburantes y otros desheredados. Parra, dueño de casa, era compinche, cómplice y todo del cronista. “Parrita, mi querido amigo, siempre ha sido un riguroso dandy op art de clásico traje negro y nívea camisa blanca (a veces, levemente ultrajada por unos pétalos de nocturno alcohol)”, lo pinta Lemebel en su crónica “Boquita de canela lunar”.

El editor tiene una memoria digna de Funes. En los últimos días de Pedro, Sergio visitaba la clínica donde estaba internado su amigo en una batalla perdida contra el cáncer de laringe. Todavía recuerda cómo Lemebel era acunado por la morfina. Parra le susurraba al oído “Walk on the Wild Side” de Lou Reed. Repitió la canción de cuna y le dio un beso en la frente la noche postrera.

Viva La Vega
El retrato económico de un Chile que dejará pronto de ser este Chile puede apreciarse frente a la Iglesia y Convento de la Recoleta Franciscana, en la rivera norte del Mapocho, suburbio del suburbio santiaguino. La fila de los olvidados por las políticas neoliberales paridas en los años del dictador Augusto Pinochet esperan el pan nuestro de cada día. En tiempos del gobierno del saliente Gabriel Boric los ayuda el comedor del Fray Andresito, santo patrono de los desclasados.
En Santiago todos los caminos conducen a La Vega. Mercado popular, paraíso de la compra-venta, trinchera latinoamericana que resiste el embate de tanto mall pantagruélico abarrotado por los argentinos. Desde hace 26 años, los siete días de la semana, desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche, doña Victoria Berrospe Loyola defiende con uñas y dientes su puestito polirrubro.

Cabezas de ajo, leche condensada, aceites e Inca Cola se abrazan prolijos en los estantes. Migrante peruana, Victoria es ducha en el arte de cocinar tamales de pollo y chancho. Cuenta que anda harto magullada por la pega, el trabajo: “Es que llego a la casita hecha jirones. No alcanzan las lucas que ganamos acá, y mire que estoy todo el día. A los pensionados nos dieron un bono de 15 lucas, una miseria de los socialistas, igual que con el Piñera”. El futuro con «el facho» Kast no pinta mejor.
¿Dónde se puede comer barato y generoso en Santiago? Olvidate de los boliches caretas de Las Condes, mejor darse una vuelta por la Fuente Rica Rica en el centro, un ícono de los completos veganos -panchos- y la contracultura. Pero sin dudas, la mejor opción es el comedor multicolor de La Vega, donde se mezcla el tintineo de los platos con el eco de las cocineras ofreciendo manjares. Papas con mote, consomé, charquicán, pantrucas, pescado frito. El banquete está servido.

Se llama Domingo pero la conocen como “La Chumy”. La cocinera parece salida de una crónica lemebeliana. “Después de dios viene La Vega, que es del pueblo”, se presenta. Sus manos cortan, pican, cuecen y adoban las viandas. ¿Su especialidad? “Mis caseros me dicen que el caldo de pata, pero todo me sale bien”. La Chumy baila un tema romántico mientras labura. Le pido que cante su canción favorita. Sin dudar, entona unos versos de un clásico de Myriam Hernández. Giña un ojo antes de la despedida, canta “El hombre que yo amo”.

Valpo resiste
Al tiro se llega a Valparaíso desde Santiago. Por fin el mar, que está bien pegadito a la Cordillera en la lunga geografía chilena. Ciudad puerto, ciudad universitaria, ciudad bohemia. La joya del Pacífico es bella y muy plebeya. En sus callecitas y cerros se siente el frescor del oleaje, se huele la fritura de los mariscales, se disfruta la rebeldía de sus murales. Todas las noches hay carrete en sus mil y un boliches. Piscola y chelas al ritmo de cueca y punk en el barcito El Canario. El baile de los que sobran.

A unos kilómetros está Viña del Mar, la Miami chilena, y más allá las playas hippie chic de Reñaca. Mejor tenerlas a distancia. “Valpo Resiste”, grita un mural cerca de los ascensores centenarios que llegan al techo de los cerros. En La Sebastiana, hogar surrealista de Neruda en estos pagos, el poeta escribió su “Oda a Valparaíso”: “En tu pecho austral / están tatuadas / la lucha, / la esperanza, / la solidaridad / y la alegría / como anclas / que resisten / las olas de la tierra”.
La última postal de Chile es en las arenas de la popular playita de Las Torpederas. Entre el humo dulce de porros -los pitos- y el picnic generoso de las familias, el acantilado regala un buen chapuzón. De fondo suenan Los Tres. Déjate caer.

Precios y pesos
Si bien hay argentinos en la frontera, el fortalecimiento del peso chileno tras el reciente escenario político, con precios en dólares más altos, encareció los gastos para quienes planean vacacionar o hacer turismo de compras durante el verano.