Desactivo mi cuenta de Instagram. Ya había desinstalado e instalado mil veces la aplicación. No funcionó. Pasé mucho tiempo viendo videos de monitos bañándose, perros perdidos que se reencuentran con sus familias, de motorhomes lujosas, de frases de autoayuda y tips para vivir mejor. Ninguno decía que me vaya de las redes. Mi cuerpo sí. Mi ansiedad, también.

Antes de cerrar los ojos: celular. Antes de sacarme el mordillo que uso para dormir: celular. Antes de dar un beso de buen día: celular. Mis pupilas son dos pantallas sin brillo. Mi cabeza pesa más que antes. ¿Mi cuello? No lo encuentro. Mi papada ya tiene una sonrisa fija. Nos acostumbramos a vivir en una galería grotesca del mostrar: mostrar qué estoy comiendo, a dónde viajo, lo feliz o lo triste que me siento. La ropa que uso. El libro que leo. La pileta gigante en la que me sumerjo. La pelopincho en el balcón. El mar. La montaña. La planta en la ventana. El plato que me estoy comiendo porque salí a cenar afuera. La familia vestida de blanco. La familia vestida de negro. El perro. La soledad. Historias compartidas no para decir algo, sino para controlar si alguien las ve. Si reaccionan. Si ponen un corazón, un fuego o un silencio. Festejar si lo hacen. Decepcionarse si no. Interpretar vínculos, deseos y rechazos a partir de emoticones. Acción-reacción. Inercia. Afuera, cada vez menos sabemos qué es el afuera.

Entonces me fui de las redes. ¿Y ahora cómo hago para difundir mi taller de escritura? ¿Cómo sigo el crecimiento del hijo de una compañera de la secundaria? ¿Cómo cocino sin las recetas que me manda mi madre por inbox? ¿Cómo sigo mi día sin saber qué me dicen los astros, la numerología y la luna? ¿Por dónde me va a hablar ese casi algo? ¿Y mi ex? ¿Y mi ego? ¿Qué voy a hacer ahora con el tiempo?

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Decidí cerrar Instagram en verano. Pero no a pesar del verano: por el verano. No sé si vuelvo. Ojalá que no. Seguro que sí. No lo sé. No es una promesa. Es una pausa sin definir.

Porque el verano no es una estación más. Es una consigna. Un mandato. Es el de los comienzos forzosos. Hay que disfrutar. Hay que moverse. Hay que viajar. Hay que mostrar que se está bien, o al menos mejor que durante el año. El verano se volvió una bitácora visual obligatoria: el paisaje, el viaje, el mate frente al lago o la cerveza artesanal en algún pueblo con nombre pintoresco. El pasaje comprado con meses de anticipación. El auto cargado hasta el techo. La valija llena de bikinis. El hotel boutique. La cabaña simple pero perfectamente decorada. Obligarse a salir a caminar, esta vez sí, voy a empezar. El cuerpo bronceado, entrenado, comparado. La economía comparada. ¿La felicidad comparada?

Pero no es solo una cuestión de ganas, es una cuestión de plata. En una Argentina devorada por leones, el verano exhibe diferencias que durante el año se disimulan un poco más. Con una amiga hablamos de lo mal que nos sentimos por no poder llevar a los chicos a ningún lado. De la vergüenza. De la culpa. De la sensación de estar fallando. Como si el verano fuera una evaluación y quedarse fuera equivaliera a desaprobar. ¿Te vas a algún lado?, preguntan. ¿Quiénes? El eco social.

Por eso me anoté en un club, para poder llevar a mis hijos a algún lado. Pensé en algo simple: pileta, pasto, sombra, chicos corriendo. Un verano posible, real, presente. Donde el celular tenga que quedar alejado en la mochila para cuidar que no se moje. Pero ayer vi algo que me descolocó: una nena nada mientras su mamá la filma sin mirarla. “Vamos, vamos”, le dice. Y la nena salta. “Otra vez salió mal”, le repite con un tono menos simpático que el anterior. Y así siguen durante un rato. Plano general. Plano detalle. Repetición. TikTok. La nena sale del agua buscando una mirada que no llega. La madre revisa el video. Las dos están en el mismo lugar, pero no en el mismo momento.

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Siento que salir de Instagram en verano es correrse un poco de esa escena. Tampoco una pose de nihilismo barato, ni de proezas outsiders contra algo llamado sistema. Solo la tenue intención de dejar de medir el descanso con la regla ajena. Dejar de convertir cada instante en contenido. Recuperar algo mínimo: que no todo sea visto, narrado, que no todo quede guardado fuera de los recuerdos.

Hace un par de años, una escritora con la que hice un taller me hizo un planteo bastante serio de por qué no le likeaba sus publicaciones. No era que no las hubiera leído —sí las leía, sí le decía en persona que me gustaron—. El problema era otro. El gesto ya no era mirar, era marcar presencia. Dedito arriba. Corazón. Validación. Una prueba de afecto digital obligatoria. Ella estaba realmente molesta o afligida por la situación. Yo no supe qué responder. Me sentí en falta.

Reconozco que los primeros días sin redes fueron raros. Innumerables cantidades de veces intenté entrar a la app y en el momento registré que ya no la tengo. Dopamina. Mi cuerpo busca el celular sin permiso de mi mente. El tiempo muerto sin scrollear se hace denso. Empiezo a ir al baño con las manos vacías. Leo las instrucciones del shampoo, como hacía en mi infancia. Descubro que Instagram no solo ocupa tiempo: lo tapa.

Hace dos días quise entrar a un documento del Drive que tenía que editar y, sin darme cuenta, escribí instagram.com. La página estaba bloqueada. La había bloqueado antes de desinstalar la cuenta, para evitar la tentación. Apareció un perro que decía: “Buen intento. Bloqueaste este sitio por alguna razón”. Pensé en hacer una lista de razones. No la hice. Pero sí decidí empezar a escribir un Diario Detox. No sé hasta qué día llegaré.

Pienso que tal vez no se trate de demonizar las redes “sociales”, sino de animarse —incluso en verano— a un gesto mínimo y radical: correrse. Por un tiempo nomás, quién sabe. Al fin y al cabo, el verano, las redes y nuestras vidas se tratan del tiempo. Tal vez sean esas las vacaciones que nos debamos tomar en esta estación que exige felicidad. ¿Elegir el silencio puede ser una forma de descanso y de cuidado? El celular vibra, parece una notificación. La pantalla te habla: agarrame. Cuesta. Cuesta mucho. Será porque el tiempo también es una cuestión de elecciones.