Durante los años noventa, el verano argentino fue mucho más que una pausa estival, fue una escena central de la política nacional. En pleno menemismo, balnearios como Pinamar se convirtieron en vidrieras del poder, donde funcionarios (y sus familias), empresarios y dirigentes sindicales se mostraban sin pudor, mientras el periodismo desplegaba coberturas intensivas que hoy resultan impensables.
“Nuestro trabajo en los años noventa se daba con mucho dinamismo porque eran épocas de ostentación por parte del poder y esto se veía reflejado en Pinamar, un balneario VIP en donde los políticos no tenían ningún problema en mostrarse, en exhibir sus bienes, sus riquezas y hacer rosca política”, recuerda Gabriel Michi, periodista y compañero de José Luis Cabezas en la revista Noticias. De este modo, el descanso convivía con una cultura de exhibición que funcionaba como parte del lenguaje político de la época.
Pinamar era el epicentro de esa lógica. Allí veraneaba la familia presidencial de Carlos Menem y se concentraba el núcleo duro del menemismo, con el balneario CR (propiedad del entonces intendente Blas Altieri) como punto de encuentro privilegiado.

“Las reuniones con Eduardo Menem, en ese momento presidente del Senado, tenían una jerarquía precisa. No era lo mismo cruzarlo en la playa, visitarlo en su casa o jugar al golf con él. Esa cartografía informal del poder era conocida por periodistas y fotógrafos, que durante meses seguíamos de cerca la rosca política en verano”, destaca Michi.
En las playas de la Costa Atlántica convivían una gran diversidad de actores políticos. Dirigentes del PJ, como Antonio Cafiero, Eduardo y “Chiche” Duhalde, Roberto Dromi o Carlos Ruckauf compartían escena con referentes radicales como Dante Caputo y Horacio Jaunarena. También aparecían figuras que empezaban a construir otro camino, como Néstor y Cristina Kirchner, todavía dentro del peronismo, pero en proceso de diferenciación.
El verano no era un paréntesis informativo, era un momento clave para observar alianzas, disputas y proyectos que luego marcarían el año político. Incluso se organizaban debates sobre temas centrales, como la reforma constitucional de 1994, en escenarios tan poco convencionales como el golf de Pinamar.
Del otro lado del charco emergía otro destino, Punta del Este, distinto a Pinamar no solo por una cuestión geográfica, sino también porque a los políticos no les gustaba tanto exhibirse allí. “Siempre existía ese ruido, esa crítica sobre cómo se estaban yendo de vacaciones al exterior”, remarca Michi y agrega que el escenario se quebró de manera definitiva en enero de 1997, con el asesinato de José Luis (Cabezas) y Pinamar dejó de ser un lugar políticamente “mostrable”.

“Al verano siguiente, muchos dirigentes directamente no fueron. El crimen marcó un antes y un después. No solo para la relación entre poder y prensa, sino también para la forma en que la política decidió exhibirse (o esconderse) durante las vacaciones”, subraya .
Con la llegada de la Alianza y, más tarde, del kirchnerismo, la ostentación pasó a ser mal vista. Veranear, dar notas en la playa o viajar al exterior se volvió políticamente incorrecto.
El discurso anti-frivolidad y el contexto de crisis económica terminaron de sepultar aquel exhibicionismo de los noventa. A eso se sumaron cambios estructurales en el periodismo: menos recursos, menos enviados especiales y un consumo informativo atravesado por internet y las redes sociales.

Durante la gestión de Juntos por el Cambio, el descanso presidencial fue aceptado sin prejuicios y la atención se trasladó a la Patagonia. El expresidente Mauricio Macri supo utilizar su espectacular vivienda en el coutry Cumelén, de Villa La Angostura para la rosca política y escapadas recurrentes. En enero de 2022, por ejemplo, la oposición lo acusó de mantener reuniones secretas con el miembro de la Corte Suprema Carlos Rosenkrantz, quien también posee una vivienda en ese barrio privado neuquino.
Santiago Giorgetta, desde Proyección Consultores, aporta una clave central para entender el presente: el rechazo social a las vacaciones de los políticos no es homogéneo ni automático, sino que está atravesado por identidades ideológicas y expectativas de coherencia.
“Cuando se consulta, la sociedad no dice que un dirigente no pueda tomarse vacaciones. Se entiende que son personas que también necesitan descansar”, explica y detalla que el problema aparece cuando ese descanso entra en tensión con el espacio político que el dirigente representa.

En ese sentido, Giorgetta destaca el caso del gobernador bonaerense Axel Kicillof: “Se muestra vacacionando en Chapadmalal o en la isla Martín García, un lugar de mucha carga política por su historia. Hay una lógica de coherencia con sus representados y con una filosofía de gestión que pone en valor lo público”. No lo define como una estrategia de comunicación, sino como una postura ideológica.
El contraste se da con los viajes al exterior “Eso no suele caer bien, sobre todo en dirigentes del campo nacional y popular”, advierte, y recuerda el impacto que tuvo la aparición de la ex jefa del PAMI, Luana Volnovich, vacacionando en México durante el gobierno de Alberto Fernandez.
Sin embargo, el juicio social no es igual para todos. Para el votante de la Libertad Avanza, señala Giorgetta, ese tipo de gestos no necesariamente genera costos políticos y puede leerse incluso en clave aspiracional.

En noviembre de 2025, y tras dos veranos de limitaciones por “austeridad”, el presidente Javier Milei habilitó a sus funcionarios a viajar al exterior. Lo comunicó en una reunión de gabinete en la que se pidió que sean «lugares lógicos” y que se limiten al mes de enero debido a la intensa agenda legislativa de febrero.
Para Diego Reynoso, investigador del CONICET y director del Laboratorio de Observación de la Opinión Pública de la Universidad de San Andrés, el verano sigue siendo un tiempo profundamente político, aunque ya no se juegue a cielo abierto.
“Es un momento de baja de actividad política visible, pero de mucha conversación política, más privada y más íntima”, explica. Encuentros familiares, cenas y charlas informales generan cohesión entre dirigencias, mientras que los funcionarios que gobiernan continúan tomando decisiones.
Para el experto este repliegue de la exposición pública convive con un uso estratégico del calendario. “Por ejemplo, este gobierno tomó grandes decisiones en temporada de verano: la Ley Ómnibus y ahora la Reforma Laboral”, señala Reynoso. “La menor atención social habilita una autonomía relativa para avanzar con agendas sensibles”.
Al mismo tiempo, advierte sobre un malestar más profundo: “Hay un descrédito muy alto de la dirigencia política. A los políticos se les permite menos que a un empresario o a un vecino, entonces, cualquier imagen de descanso por fuera de lo considerado ‘normal’ irrita”.

Por eso, a diferencia de los noventa, cuando la Ferrari de Menem en Pinamar era parte del paisaje, hoy predomina la discreción. “Los dirigentes anticipan el malestar y se cuidan mucho más. Incluso simulan más pobreza de la tienen” afirma Reynoso.
“Desde el inicio de la democracia, los primeros meses del año fueron escenario de hechos graves. Por eso hay que estar alertas y dispuestos a dar batalla. Hoy existe una embestida, dentro de la Reforma Laboral, contra el Estatuto del Periodista, una herramienta clave para defender nuestro trabajo y para garantizar la libertad de expresión y la libre circulación de información. Y esto no es aislado ya que históricamente se aprovechó los veranos para impulsar iniciativas que avanzan sobre derechos colectivos” concluye Gabriel Michi.
A tres décadas de aquella política que se exhibía bajo el sol, el verano parece seguir funcionando como un termómetro social. No tanto por el descanso en sí, sino por lo que se pone en juego cuando un dirigente decide mostrarse (o esconderse) en un país atravesado por crisis recurrentes.
La pregunta que persiste, aunque cambien los escenarios, es qué decisiones toman los políticos cuando parece que no pasa nada.
Avance de políticas agresivas
Con la atención dispersa, el Congreso en receso y una menor capacidad de organización colectiva, distintos gobiernos aprovecharon los meses de enero y febrero para impulsar reformas. Así ocurrió a comienzos de los años noventa, cuando las leyes de Emergencia Económica y Reforma del Estado profundizaron las privatizaciones, los despidos y la precarización laboral. La lógica se repitió tras la crisis de 2001, con medidas excepcionales que licuaron salarios, jubilaciones y derechos previsionales. Más adelante, el patrón volvió a evidenciarse con decretos y proyectos como la Reforma Migratorio de 2017 o los intentos de reforma laboral regresiva que se activaron durante enero y febrero del 2018, con borradores orientados a flexibilizar condiciones de trabajo y debilitar convenios colectivos, un avance que fue parcialmente frenado por la resistencia sindical pero que hoy vuelve a la arena de disputa con el nuevo intento libertario de avanzar sobre derechos adquiridos.

Más que una postal familiar
Una foto tomada por José Luis Cabezas en Cariló en el verano de 1996 muestra a Cristina Fernández, Néstor Kirchner, su hija Florencia (muy pequeña por ese entonces) y a Gustavo Béliz. De fondo se visualiza el parque de la casa de veraneo del matrimonio, sus árboles y la vegetación local que dan un marco a la escena. No es solo una imagen familiar, es un registro de un posicionamiento político, un gesto de distanciamiento del menemismo y la antesala de una construcción política que, con el tiempo, cambiaría el mapa del poder nacional. Un momento que quedó plasmado para siempre de la mano del periodista gráfico asesinado en Pinamar al año siguiente.