Hay algo que sucede en la sala cuando empieza una función de Videodromo. Es el clima. Se respira expectativa, la de quienes ya lo vieron pero, en especial, de quienes van a debutar. Ante las preguntas, se confirma que llegaron por recomendación, el conocido “boca en boca”. Hay tensión pero de la linda, la contagiosa, la artística. Sucede algo cercano a las funciones de la infancia: el acto mágico de la ilusión. No sería errado apostar que la experiencia colectiva que se vive no ocurre en ninguna otra proyección de la ciudad.
¿El secreto? La música no viene de un parlante sino de personas vivas a metros de la pantalla que observan la proyección e interpretan en consecuencia y en comunión junto al público. Un violonchelo responde a lo que muestra la imagen. Una percusión marca el pulso de una persecución. Un saxo soprano flota sobre un plano de niebla. Una flauta le pondrá sonido a la música interpretada por un niño que transita paisajes de otra parte del mundo, muy lejana pero que se hace paisaje argentino en cada función. Entonces algo primitivo y profundo se activa en el espectador, algo del cine moderno pero con imágenes pensadas distantes en tiempo y espacio con una perfección técnica y a la vez humana en una velada colectiva para el disfrute común.
La experiencia no es ir al cine, mucho menos si se eligen salas de cadenas uniformadas en las cuales, como en un salón de juegos, uno no sabe en qué ciudad está o, incluso, dentro del AMBA, en qué localidad o barrio. Antes de que empiece la proyección hay una percepción distinta del espacio. Los instrumentos descansan frente a la pantalla, las luces están pensadas para acompañar el clima de la función y el público entra sabiendo que lo que va a ver no volverá a repetirse exactamente igual. Cada proyección es irrepetible porque cada ejecución musical lo es también. En tiempos dominados por plataformas que convierten las películas en contenido disponible de manera infinita e idéntica, Videodromo trabaja en el extremo opuesto: la singularidad de la experiencia.

El colectivo Videodromo nació en 2016 en La Plata con una idea que podría parecer simple pero que en la práctica demanda una complejidad enorme: recuperar el cine como ritual en comunidad. En épocas de plataformas e individualidad, lo colectivo, lejos de lo romántico, se hace realidad. No como archivo, no como nostalgia, sino como felicidad en vivo. Su fundador y programador, Rob Astami, partió de una pregunta que pocos se hacen sobre las imágenes en movimiento: ¿qué se perdió cuando el cine dejó de ser espectáculo total? La respuesta que fue construyendo a lo largo de una década es, en sí misma, una obra en proceso.
En la historia del cine hubo un momento en el que ir a una proyección implicaba asistir a un evento social y artístico. Las primeras películas mudas convivían con músicos en vivo, narradores, orquestas y efectos de sonido realizados manualmente.
Con la llegada del cine sonoro, esa dimensión corporal y colectiva fue desapareciendo lentamente. Videodromo retoma aquella tradición, pero no desde la reconstrucción en modo museo como recuerdo ni desde la actualidad como fetichismo retro. Su apuesta es contemporánea: preguntarse qué puede producir hoy una función cinematográfica cuando el sonido vuelve a ser ejecutado frente al espectador y cuando la película deja de ser un objeto fijo para convertirse en una experiencia compartida.
El proyecto arrancó en centros culturales autogestivos, esos espacios que funcionan con voluntad y poco presupuesto pero que suelen ser los únicos lugares donde algo realmente nuevo puede ocurrir. En esos años iniciales, Videodromo encontró una escena independiente platense fértil, acostumbrada a mezclar disciplinas y a construir proyectos por fuera de las instituciones tradicionales. Las primeras funciones tenían una precariedad asumida como parte de la búsqueda: pantallas improvisadas, músicos tocando entre el público y el riesgo como parte del atractivo.
Videodromo, un propuesta original
Poco a poco, la propuesta encontró su sede natural en el Cine Select, una sala municipal de La Plata que opera también como espacio INCAA, y donde Videodromo consolidó su ciclo regular de proyecciones. Pero lo que distingue al proyecto no es dónde proyecta sino cómo lo hace: cada función es pensada como una experiencia integral, donde la imagen nunca está sola.
Las películas elegidas dialogan con la música, con la iluminación y con el público de la sala, aunque este permanezca absorto. El espectador no solo mira una obra: es atravesado físicamente por ella. La música en vivo no solo complementa la narración visual: modifica el sentido emocional de las escenas y produce una lectura nueva incluso para quienes ya vieron alguno/s de los cortos.
La animación china del siglo XX se desarrolló en un contexto muy distinto al de Occidente. En Shanghái, especialmente alrededor del Shanghai Animation Film Studio, se consolidó una forma de producción que combinaba tradición pictórica, ópera, caligrafía y experimentación técnica. El resultado fueron películas que no sólo buscaban narrar, sino también trasladar al movimiento los principios de la pintura china: el ritmo interno, el uso del vacío, la relación entre figura y paisaje.
Esta función propone un acercamiento concreto a ese universo. Un programa de cortos donde cada pieza explora una técnica distinta -tinta animada, animación con recortes, acuarela- y donde la música en vivo vuelve a poner en primer plano algo que siempre estuvo ahí: la construcción del tiempo y la atmósfera. Videodromo es un proyecto conformado por: Lucas Muñoz y Sebastián Piatti (percusión), Martín Krenz (violoncello), Nacho Stoppani (piano), Tomás Szelagowski (saxo, flauta y clarinete), Esteban Cicatelli (saxo y clarinete).
Esa hibridez es también una definición política sobre el arte contemporáneo. En una época donde las disciplinas suelen compartimentarse y donde la lógica de consumo rápido empuja a formatos cada vez más breves y estandarizados, Videodromo apuesta por lo contrario: el tiempo lento de la experiencia colectiva. Sus funciones requieren ensayo, preparación y presencia. Nada puede automatizarse completamente. Y quizás allí resida una parte de su potencia.

El trabajo de musicalización no consiste simplemente en acompañar imágenes. Implica traducir climas, tensiones y ritmos narrativos a una estructura sonora capaz de dialogar con la película sin subordinarse completamente a ella. En algunos casos, la música sigue de cerca el montaje; en otros, se separa deliberadamente de la imagen para producir contraste. Esa libertad interpretativa es una de las marcas distintivas del proyecto.
La preparación de cada función puede llevar semanas. Los músicos estudian las películas, ensayan cambios de clima, prueban texturas sonoras y desarrollan un repertorio de recursos que combina improvisación y composición previa. El resultado final conserva siempre un margen de incertidumbre.
Ninguna función es idéntica a otra, porque la energía del público, la acústica de la sala y las decisiones tomadas en tiempo real modifican la experiencia. Lejos de la lógica algorítmica que organiza las plataformas de streaming, Videodromo trabaja desde la curaduría. Cada película aparece en diálogo con otras, formando recorridos posibles para el espectador. La programación busca generar descubrimiento, sorpresa y discusión. Hay películas que no tuvieron distribución comercial, obras olvidadas y materiales que encuentran en estas funciones una nueva vida.
Después de la publicación de No Logo de Naomi Klein, el concepto de experiencia -en su texto enfocado solo en la publicidad- versus producto se vistió de gala y en estas proyecciones copa el escenario para lucirse. No es mirar animaciones, no es escuchar música es la vivencia de la conjunción que crean algo nuevo y eso es una vivencia singular e irrepetible.
Su Instagram -@videodromoproyecciones- funciona como una ventana a ese universo de imágenes y sonidos que el proyecto cuida con la misma dedicación que sus funciones en sala. Allí conviven registros de funciones, piezas gráficas, anuncios y fragmentos de una identidad visual que acompaña la propuesta artística.
Pero quizás el rasgo más singular de Videodromo sea haber crecido sin abandonar su vocación experimental. En un momento tan crítico como el que está viviendo la sociedad argentina en general y en lo cultural en especial, donde muchos proyectos independientes desaparecen por falta de recursos o terminan adaptándose a formatos más comerciales, Videodromo sostuvo una identidad clara.
Aun cuando el streaming doméstico ha reducido el cine a una pantalla mínima y singular Videodromo insiste en que ver cine juntos, con música en vivo y cuerpos presentes, sigue siendo una experiencia irreemplazable. Y lo demuestra cada vez que las luces se apagan, los músicos toman posición frente a la pantalla y la sala entera vuelve a recordar que el cine, antes que un archivo digital, fue siempre una ceremonia compartida.
Próximas funciones
El 24 de mayo se presentarán en Quetren (Av. Olazábal 1784), en el Barrio Chino. Esta fecha contará con un cierre especial de la mano de @haienq que presentará un repertorio especial reversionando canciones clásicas chinas y canciones de su discografía. En esta oportunidad, la selección construye un lenguaje propio donde conviven mixturas y matices que reflejan sus raíces y exploraciones.
El 7 de junio, presentarán El flautista de Hamelin (1986) de Jirî Barta en el Cultural Morán (Pedro Morán 2147). Será una versión oscura y expresionista en stop motion del clásico cuento medieval, que captura el espíritu germánico del relato, pero con el aliciente de que lleva a cabo un contundente, complejo y metafórico retrato de una ciudad de Hamelin corroída por la corrupción, la avaricia y el afán de lucro, donde la lógica del dinero ha terminado por contaminarlo todo. Tal es la inmersión en ese estado decadente, que los habitantes del pueblo se han dado cuenta demasiado tarde de que la ciudad ha sido azotada por una plaga de ratas que los despoja de todo aquello a lo que rinden culto: los objetos del comercio.
Frente a esa situación, aparecerá un misterioso flautista, que ofrece sus servicios para eliminar la plaga de ratas. Pronto se revelará quiénes son en realidad los verdaderos portadores del mal. Impresionante película fuertemente influenciada por los principios estéticos del Expresionismo Alemán y el Arte Medieval Gótico. Para ambas funciones se pueden adquirir las entradas en passline.com/home.