Fernando Otero alcanzó a su padre. Se convirtió esta semana en Bodas de Oro de su club, Racing, un olimpo del hincha. Para eso tuvieron que pasar cincuenta años. Su papá, Gonzalo, lo hizo socio en 1975 cuando era un pibito de 11. A Racing lo acechaban sus peores tiempos, sobrevendría el descenso y luego la quiebra. “Mi viejo -me dice- jamás rompió un carnet ni dejó de ser socio a pesar de que por su laburo tenía muy pocas chances de ir a la cancha”. Fernando tampoco. Nunca abandonó a Racing y Racing no lo abandonó a él.
El miércoles, en el Cilindro, con el 123º aniversario del club, Racing entregó más de trescientos carnets Vitalicios y Bodas de Oro con treinta y cincuenta años como socios, respectivamente. Estuvieron Ubaldo Matildo Fillol, Ramón Ismael Medina Bello y Hugo Humberto Lamadrid, algunos de los campeones de la Supercopa 88, una alegría en el desierto para la generación de hinchas que no tuvo edad para disfrutar del Equipo de José o que nació poco después.
Fernando, que tiene 63 años, era demasiado chico cuando esa formación legendaria ganó campeonato, Copa Libertadores y Copa Intercontinental. Pero el que se acuerda es Gustavo, su hermano, un año y medio mayor, que también recibió el carnet de Bodas de Oro. Una familia de Racing. En noviembre del 2024, Fernando se preparaba junto a su hermano y su hijo, Gonzalo, para viajar a Asunción por la final de Copa Sudamericana. Pero el contraataque de un cáncer de laringe lo mandó otra vez al quirófano. Hubo que suspender el viajar. Fernando, un gran periodista, de trazo fino y también pasional como lo demostraba en los De Frente que escribía en Olé, vio campeón a Racing desde su teléfono celular en la habitación del Hospital Italiano.
En esos días de internación y delirio futbolero no dejó de estar presente su otro hijo, Francisco, fallecido en un accidente de ruta. Un dolor que no se va, un amor que permanece también por Racing. “La continuidad está en mis hijos. Uno con presencia física permanente y otro desde donde esté, en memoria y espíritu”, me dice Fernando después de compartir el acto del miércoles.
Estuvimos juntos porque también recibí mi carnet de vitalicio. Ser socio fue una decisión que tomé en mi adolescencia después de que mi padre dejara de ir a la cancha. Mi hermano me insistió para que lo hiciera. Eran años difíciles en los que se imponía la idea de que había que ser más que hincha, había que ser socio, estar con el club y lo que se vendría después lo demostraría. Cuando abrí la caja que me entregó Juan Lavalle del departamento de vitalicios, y vi el carnet de cuero, tipo libreta, recordé que era como que tenía mi viejo en su mesita de luz, con el que iba a la cancha. Ser vitalicio nos marca una edad también. Un tiempo, el propio, y también el del camino que recorriste con tu club. Tu vida, tu causa, tu identidad.
Lo pueden sentir los socios de otros clubes. El amigo Pascual Calicchio me comentó esta semana su alegría porque también le había llegado el mail de Ituzaingó avisándole su nuevo condición. Busqué en estos días el significado de vitalicio en el diccionario para reafirmarlo y sacarlo de esa naturalización que a veces tenemos con el lenguaje, con palabras que toman otras formas: “adj. Dicho de cargo o de renta: que dura hasta el final de la vida de la persona que los ha obtenido”.
Y así como están los vitalicios y los bodas de oro, también están los Eternos. Los clubes siguen restituyendo carnets a socios desaparecidos en la última dictadura militar. Esta semana, mientras a la calle salió a marchar una multitud a cincuenta años del Golpe, Boca le restituyó el carnet a José Luis Hazan como ya lo había hecho con otros. Y fueron ya muchos los clubes que estuvieron en ese camino, como Banfield, Argentinos, San Lorenzo y River. Independiente hace tiempo que inició la búsqueda de sus socios víctimas de la dictadura. El viernes Racing entregó el carnet 47 a un socio desaparecido. Fue en el marco del estreno del documental Acá fueron felices, dirigido por Federico Cogo, realizado por el Departamento de Cultura e Historia de Racing, y que aborda la historia de los otros 46 carnets restituidos a sus socios víctimas del terrorismo de Estado.
El socio 47 es Juan Domingo Plaza, militante peronista, fundador de la filial de Racing en La Plata, la ciudad en la que fue secuestrado por una patota de la dictadura el 16 de septiembre de 1976. El Bocha Plaza era sobrino de monseñor Antonio Plaza, cómplice clerical de los genocidas. Julián Scher, autor de Los desaparecidos de Racing y Socios Eternos, dos libros imprescindibles, conoció la historia durante una presentación en la filial. Así comenzó a tirar del hilo. Ahora el Bocha es un socio eterno de Racing. Su carnet lo recibió Mery Plaza, su hermana más chica, y en el acto estuvieron otros dos hermanos del Bocha, y su sobrino, Patricio, autor de un mural que ahora está en la filial de las diagonales.
“Un club no puede entenderse sin la vida de su gente”, escribió Scher. Son esos clubes que esta semana imprimieron pañuelos en sus camisetas, recordaron a sus desaparecidos y dijeron, cada uno a su manera, que nunca más. Por eso son asociaciones civiles. Construídas por esos socios, los fundadores, los centenarios, los de hoy, los de ayer, los vitalicios y también los eternos.