Después de años de silencios, rumores y declaraciones contradictorias, Faith No More volverá a los escenarios en 2027. La confirmación llegó por boca de Billy Gould, el hombre que históricamente ejerció de vocero más confiable de la banda. “Sí, vamos a hacerlo. Vamos a tocar”, aseguró el bajista en una entrevista reciente. Y agregó una reflexión tan lúcida como melancólica: “Nuestra música es muy física. La escribimos cuando teníamos veinte años y sentimos que todavía podemos tocarla como corresponde, pero no por mucho tiempo más”.
La noticia tiene algo de milagro. Después de la cancelación de la gira de 2021 debido a los problemas de salud mental de Mike Patton, el futuro del grupo había entrado en una zona de sombras. El propio Gould reconocía hace poco más de un año que ni siquiera él sabía qué estaba ocurriendo dentro de la banda. Roddy Bottum llegó a hablar de una pausa semipermanente y Mike Bordin dejó entrever frustraciones. Por eso, la decisión de regresar supone algo más que una reunión: es una reconciliación con una historia que parecía haber quedado inconclusa.

Y qué historia. Si los años ochenta fueron el reino de las etiquetas, Faith No More dedicó buena parte de su carrera a burlarse de ellas. Funk metal, rap metal, metal alternativo, rock experimental, hard rock, post punk. Todo eso y nada de eso. Como esos personajes de Borges que se empeñan en ser inclasificables, la banda de San Francisco hizo de la contradicción una virtud y de la imprevisibilidad un método de trabajo.
Cuando Mike Patton reemplazó al inolvidable Chuck Mosley en 1988, pocos podían imaginar que aquella incorporación transformaría a un grupo de culto en una de las bandas más influyentes de las siguientes décadas. The Real Thing (1989) les dio popularidad y “Epic” se convirtió en un éxito inesperado en la MTV de la era dorada. Sin embargo, el verdadero golpe de genialidad llegaría con Angel Dust (1992), una obra maestra que tuvo la mala suerte de aparecer en el mismo planeta que Nevermind.

Mientras medio mundo copiaba a Nirvana, Faith No More decidió ir en dirección contraria. Allí donde otros buscaban simplificar, ellos complejizaron. Donde se esperaba un sucesor complaciente de The Real Thing, entregaron una colección de canciones delirantes, perturbadoras y profundamente originales. Había metal industrial, pop siniestro, música cinematográfica, funk, humor negro y hasta una balada country. Como recordó Gould años después, la banda solo seguía aquello que la entusiasmaba y recién al final tomó conciencia de que había cocinado algo distinto.
No es casual que grupos tan diferentes como Korn, System of a Down, Deftones, Slipknot, Incubus o Limp Bizkit hayan reconocido su influencia. Tampoco que músicos tan alejados entre sí como Dave Grohl, Corey Taylor o Chino Moreno los señalen como una referencia indispensable. Antes de que el término existiera, Faith No More ya practicaba una especie de eclecticismo radical que permitía que Black Sabbath, Ennio Morricone y los Bee Gees convivieran sin pedir disculpas.

La clave de semejante anomalía fue siempre la tensión entre sus integrantes. El bajo explosivo de Billy Gould, los teclados de Roddy Bottum, la batería precisa de Mike Bordin y la guitarra de Jim Martin primero y Jon Hudson después encontraron en Patton un cantante capaz de pasar del crooning al grito esquizofrénico con la naturalidad con que otros cambian de camisa. Frank Sinatra poseído por un demonio de caricatura, podría decir un guionista especialmente inspirado.
Esa misma química extraordinaria fue también una fuente permanente de conflictos. La historia de Faith No More está llena de separaciones, regresos, peleas y silencios. Como sucede con ciertos matrimonios longevos, nadie entiende demasiado por qué siguen juntos, pero el misterio forma parte del encanto.

Su último disco, Sol Invictus, publicado en 2015, demostró que todavía tenían algo que decir. Y ahora, cuando muchos daban la historia por terminada, Gould anunció que habrá una nueva oportunidad. Tal vez no exista un grupo más incómodo para la nostalgia. Faith No More nunca fue una banda de museo. Ni siquiera cuando se reúne. Quizá porque su verdadera esencia consistió siempre en desafiar las expectativas ajenas, incluso las de sus propios admiradores.
