Durante más de tres décadas, Walter Quiroz construyó una carrera que nunca se dejó definir por un solo escenario. Mientras el gran público lo conoció por ficciones como Clave de Sol, Verano del ’98 y Los exitosos Pells, siempre sostuvo un fuerte vínculo con el teatro, donde encontró el espacio para explorar nuevos registros y consolidar una búsqueda artística propia.
Formado con Carlos Gandolfo, Agustín Alezzo y Guillermo Angelelli, integró la generación de actores que marcó la ficción argentina de los años noventa sin abandonar los escenarios ni el cine. Fue el protagonista de El viaje, de Pino Solanas, trabajó también bajo las órdenes de Héctor Babenco en Corazón iluminado y protagonizó o integró el elenco de obras como La muerte de Danton, El anatomista, Espectros, El otro Judas, Y un día Nico se fue y Sacco y Vanzetti. Esa convivencia entre la popularidad televisiva y una sostenida vocación teatral terminó convirtiéndose en una de las marcas más distintivas de su trayectoria.
-¿Hubo un momento en el que pensaste dejar la actuación?
-Sí. Estaba en España, a punto de ordenarme como monje budista, y creía que mi camino estaba lejos de los escenarios.
-¿Qué te hizo volver a la Argentina?
-Mi maestro me pidió que regresara a Buenos Aires y me dijo que debía volver al teatro. Con el tiempo, todo ocurrió como él lo había anticipado. Me dijo que había algo que tenía que hacer y que me iba a encantar. Justo mi amiga y mentora Íngrid Pelicori me llamó para ofrecerme un papel en El zoo de cristal y acá estoy.

-Hasta ahora no habías trabajado desde la pandemia. ¿Cómo atravesaste esa época?
-Fue muy duro. Me instalé en la casa de mis padres, en Tigre, para acompañarlos durante sus enfermedades y esa etapa compleja. Mi madre fue diagnosticada con cáncer terminal y luego falleció. Tiempo después murió mi padre. Los acompañé a ambos durante sus últimos momentos en pleno aislamiento sanitario y eso me dejó una marca fuerte. Fue hermoso, pero durísimo para mi ánimo. Me cambió la mirada de las cosas.
-¿Recibiste ayuda en aquel momento?
-Sí. Hay mucha gente amiga que me ayudó, pero Carolina Papaleo fue fundamental para mí y siempre le voy a estar agradecido por su apoyo. Me ayudó a internarlos y a organizar los cuidados paliativos en ese momento tan complejo, que solo no hubiese podido afrontar. Gracias a esa ayuda pude realizar los trámites y el entierro de mi madre y luego el de mi padre cuando pasaron a otro plano. No fue algo menor. Sin ella no hubiese podido.
-¿Qué papel tuvo el budismo durante esos años?
-Fue una gran contención. Encontré guía espiritual en el lama Rinchen, en una noche de lectura, y en las enseñanzas del Centro Paramita. Me fui metiendo y la verdad es que me hace mirar las cosas con otra perspectiva.
-¿Llegaste a vivir como aspirante a monje?
-Sí. Durante cinco años seguí ese camino y viví una experiencia muy profunda en Alicante junto a otros aspirantes. Muchas horas de estudio, de meditación, de sacarse mochilas e ideas que no me sumaban, explorando mi sentir.

-¿Qué lugar ocupa hoy el budismo en tu vida?
-Me sigue acompañando. Lo veo como una herramienta de autoconocimiento y de comprensión de la realidad: te propone un camino, es un vehículo para el autoconocimiento y el análisis de la realidad. Es parar, frenar, respirar, contemplar, reflexionar, sin dejarse volver loco por una realidad alienante.
-¿Cómo nació tu vocación actoral?
-Mirando cine argentino con mi abuela. Descubrí que quería contar historias como las que veía en la televisión. Después de hacer los deberes mirábamos una película de la época de oro del cine argentino; las pasaban a las dos de la tarde en ATC, el viejo Canal 7.
-¿Qué recuerdos tenés de tus comienzos?
-Soy de una familia humilde y trabajadora. Estudiaba teatro, trabajaba como alfarero y un día salí a buscar trabajo como actor, por consejo de mi madre. La tenía clara: “Nadie te va a venir a buscar acá”, me decía. Volví con una oportunidad de estar en una película de Pino Solanas y nunca más dejé de actuar. Creé un amor por las historias y el deseo de convertirme en actor lo era todo para mí.
-¿Sentís que la actuación fue una escuela de vida?
-Absolutamente. Me salvó de muchas cosas y me permitió conocerme a través de los personajes. Me dio la oportunidad de formarme como persona. Destaco el contacto humano como uno de los mayores valores del oficio.
-¿Qué te preocupa de la sociedad actual?
-La indiferencia. Creo que debemos mirar más al que tenemos al lado y compartir lo que podemos dar. Es fundamental tomar acción. No dejarse llevar por lo que nos obligan a hacer. Hay que comprometerse, ayudar al otro y asumir una actitud responsable frente a la realidad, con lo que cada uno sienta que puede aportar.
-¿Cómo es tu relación con la alimentación?
-Intento comer de la manera más saludable posible y me gustaría dejar de consumir carne en algún momento. Te digo la verdad: de chico no quería comer carne y me obligaban, pero bueno, ahora trato de ir por lo que siento que me hace bien. Muchas frutas y verduras.
-¿Es una forma de cuidar el cuerpo y la mente?
-Exacto. El cuerpo es nuestro instrumento y nuestro templo. Hay que cuidarlo, respetarlo y agradecerle todo lo que nos permite hacer. No solo los actores. Todos debemos prestar atención a lo que comemos.
