«La lluvia del domingo no fue muy romántica con nosotres, comunicó el lunes posterior a la inundación Fernando Pérez Morales, dueño de la librería Notanpuán junto con sus hijas mellizas Carmela y Milagros. Llegamos a la librería y nos encontramos con la peor inundación que vimos acá. No es la primera vez que nos pasa, Notanpuan hace nido en una casa muy vieja que históricamente nos ha traído estos problemas con sus techos viejos y problemas de zinguería. Está vez, sin embargo, fue peor que nunca».

Los libros tienen dos fuertes enemigos: el fuego y el agua. Esta vez fue el agua de lluvia la que los afectó, aunque no tanto como para que algunos no puedan ser leídos una vez que se sequen. Por eso, luego de trasladar los libros mojados a la parte de atrás del local donde funciona un bar, la librería reabrió sus puertas y sus dueños esperarán quince días, el tiempo suficiente como para que los libros que no sufrieron un daño definitivo se sequen y estén listos para su venta.

El local ubicado en Chacabuco 459, en San Isidro, tuvo cinco centímetros de agua, la suficiente como afectar unos 400 ejemplares, varios de los cuales son irrecuperables, mientras que otros sufrieron daños menos importantes.

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Aunque solo es posible acceder a la mitad de adelante, la librería ya abrió sus puertas y está en funcionamiento un espacio de venta online:  https://notanpuan.mitiendanube.com

«Tuvimos muchas respuestas solidarias de la gente, nos llenaron de cariño y afecto, algo que es muy importante para una empresa familiar como esta –le dice Pérez Morales a Télam.  Nos han ayudado también del sector editorial. Pero la mejor ayuda es que la gente venga a comprar libros».

 Y agrega: «Se acercaron bandas y artistas plásticos y estamos organizando actividades artísticas para, de acá a poco, devolver a la gente todo lo que nos dio en estas últimas horas».

La librería Notanpuán es un proyecto familiar que nació hace 40 años. Más tarde, en 2015, fue más allá en sus aspiraciones y fundó la editorial del mismo nombre. Comenzó a ofrecer entonces recitales, presentaciones, talleres, performances y lecturas de diversos textos. Debe su nombre a la calle Puán de la ciudad de Buenos Aires,  donde está situada la Facultad de Filosofía. Llamar a la librería de esa forma es una pista acerca del tipo de libros que se venden en ella. Se trata de títulos que están un poco por fuera del canon universitario, pero quizá no tanto.

Su dueño no es un vendedor de libros, sino un librero, una especie en extinción. Es  decir, no es alguien que despacha libros detrás de un mostrador, sino un lector inquieto que elige y sabe qué vende y que puede asesorar a los lectores.

En 2020, como todas las librerías, se vio afectada por el aislamiento obligatorio determinado por la pandemia. Puso en marcha formas entonces formas creativas de seguir trabajando, como entregar en la puerta de sus casas los libros a los lectores que los lectores solicitaran por vía virtual. Si las distancias no podían recorrerse a pie, utilizaban la bicicleta. En ese entonces publicaron en Facebook: “(…) Entendiendo las complicaciones que todo esto conlleva, traemos algunas propuestas: a) Podemos personalizar listas de libros para el apocalipsis. Podemos recomendarte en base a lo que te gusta y armar el pack de libros para la cuarentena de tus sueños. b) Podemos hacer esto por teléfono, por Instagram, por videollamada, por mail, por carta. Creemos en el romance, y sobre todo en el que existe alrededor de los libros. Creemos en mantener contacto. c) Podemos pedalear hasta sus casas con los libros. Si la distancia es caminable, podemos ir con Marcelo (el perro de la familia) para que salude. Son días angustiantes y todes necesitamos un mimo. d) Podemos escuchar sus secretos y charlar, de libros o de cualquier cosa. No hay que perder humanidad.”

El proyecto logró atravesar los momentos difíciles, sigue en pie y hoy apela a los lectores para que compren los libros rescatados de la inundación porque es la mejor manera de esa librería emblemática de San Isidro siga existiendo.