El 24 de marzo de 1976, el día más aciago de la historia argentina reciente, Antonio Di Benedetto era llevado de la redacción de Los Andes, diario del que era director aunque ese cargo no figurara en los papeles. Ser un preso y no un desaparecido no lo salvó de la tortura ni de ningún otro infierno. Tampoco del exilio posterior a su liberación. Su fama como escritor de una de las novelas fundamentales de la literatura argentina, Zama, dejó en segundo plano su labor periodística prolífica y original.

Liliana Reales, mendocina residente en Brasil donde es profesora de Literatura del Departamento de Lenguas de la Universidad Federal de Santa Catarina, hizo un minucioso trabajo de investigación y recopilación de la escritura periodística del autor. El resultado fue Antonio Di Benedetto. Escritos periodísticos (Adriana Hidalgo). Además, Reales ha comenzado a construir el primer archivo digital sobre el escritor y periodista. En diálogo con Tiempo Argentino habló de la tarea de trabajar sobre el Di Benedetto menos conocido.

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-¿Cómo decidiste hacer este trabajo de investigación?

-Desde hace mucho pensaba en Di Benedetto. Me resultaba una incógnita lo que le pasó. El mismo día del último golpe militar lo van buscar al diario y se lo llevan. Estuvo encarcelado en Mendoza y luego en La Plata. Todos sabemos lo que significaba eso. Hubo mucha saña contra él. Luego vino el exilio que le resultó devastador. Con la democracia, en 1984 regresó a una Argentina que todavía era muy frágil. La verdad es que en ese momento no le va muy bien. Era un hombre que había tenido una posición profesional y social muy diferente y termina sus días muy angustiado, a pesar de que hubo mucha gente que le tendió la mano y de que tenía una compañera que lo amaba, Graciela Lucero. Todo esto me produjo mucha curiosidad porque era como una tragedia no anunciada. Pensé que tenía que investigar qué había pasado. Eso estuvo muy presente en el primer impulso del proyecto.

-¿Qué pasó luego de ese primer impulso?

-Surgió algo que es parte importante de mi formación y es el análisis textual. Creo que los textos por sí solos revelan mucho sobre un escritor. Entonces me dije que tenía que conocer los escritos periodísticos de Di Benedetto. Me parecía que su producción como periodista podía tender un puente sobre sus textos ficcionales. Y no me equivoqué, ese puente existe. Pero tenía que probarlo con textos concretos, con documentos. Así que armé un proyecto de investigación que registré en mi universidad en 2012. Se lo comenté a Roberto Ferro que trabaja en la Universidad de Buenos Aires y es miembro del Instituto de Literatura Latinoamericana y a él le pareció muy bien, de modo que me integró a su grupo de investigación en la UBA que fue simbólicamente algo muy importante porque me sentí apoyada e incluida. Luego me enteré de que tenía derecho a hacer un segundo posdoctorado. Me presenté para una beca en Brasil para poder ir a Mendoza, aunque tenía pensado ir de todos modos aunque no me la dieran, pero me la concedieron y creo que es justo decir que fue muy importante para mí que Brasil apoyara una investigación sobre un escritor argentino que, además, no era de Buenos Aires, sino de Mendoza. Me pareció un gesto muy inteligente de la CAPES que es el órgano que apoya el trabajo de los docentes. Me fui a Mendoza en diciembre de 2013 y me instalé allí. Me recibió la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuyo.

-¿Por qué archivos comenzaste a trabajar primero?

– Por la Biblioteca San Martín, luego por el diario Los Andes. Me ayudó mucho también La Prensa, medio al que él mandaba notas desde el exilio. Como el buscador digital no era demasiado eficiente trabajé todo el tiempo a la vez con material digital y con los diarios en soporte papel lo que fue difícil, dado que el material abarcaba de 1943 a 1986.

-¿Cuáles fueron los criterios de búsqueda?

-Cómo no tenía claro con qué me iba a encontrar, el primer criterio de búsqueda consistió en enterarme de lo que había. No podía hacer una especulación sobre la vida periodística de Di Benedetto si no tenía acceso a una compilación de sus textos que fuera lo suficientemente extensa. Luego fui seleccionando las notas que me resultaban más interesantes, por ejemplo, las que constituían casi una arqueología de la provincia de Mendoza. También las que tenían que ver con los festivales de cine porque por ellas desfilaba el cine glorioso del siglo XX y las de sus viajes a Chile y a Bolivia. El material era muy diverso, abarcaba varios temas y siempre los abordaba muy bien. Finalmente le di un orden cronológico que creo que es el que muestra mejor la evolución de su trabajo. Además, ese orden permite saber dónde estuvo en cada momento, porque la mayoría de sus notas las hizo como corresponsal. Estuvo en Berlín, en Francia y en otros países. Nunca, quiso vivir en Buenos Aires. Si venía era para tomar un avión o por otra razón específica como cuando Borges lo invitó a dar una conferencia en la Biblioteca Nacional. Todas sus notas tenían un común denominador que era el uso de un lenguaje muy renovador. Su lenguaje periodístico tiene mucho que ver con el de sus ficciones, no hay un corte abrupto entre uno y otro.

-Él tenía una teoría sobre la relación entre ambas escrituras.

-Sí, lo puse al principio del libro porque me parece que resume muy bien lo que eran para él ambas escrituras. Él dice que el escritor es un periodista que no trabaja sobre el tema que sucedió hoy y hay que entregar esta noche para que se publique mañana, que es un cronista, por momentos, redactor; por momentos, entrevistador. Él era un periodista al que le gustaba mucho su profesión y de la que se sentía orgulloso. Sus textos eran lacónicos, transgresores y esa característica se incrementó con el tiempo. Sus entrevistas casi no reproducían textualmente la voz del entrevistado, sino que eran pasadas por el tamiz del relato. Le gustaba también ejercer la función de director de Los Andes. Aunque formalmente era el subdirector, en la práctica era él el que lo dirigía y lo hacía con mucha eficiencia. En el transcurso de mi trabajo descubrí un Di Benedetto gestor inteligentísimo y de pulso firme, muy decidido y muy selectivo con la gente que trabajó con él. Aleccionaba muy bien a sus cronistas.

-¿Hablaste con esa gente?

-Sí, entrevisté a varios. Me dijeron que había un grupo de periodistas que lo seguía, que lo admiraba y confiaba en él. Tenía un liderazgo fuerte.

-¿En sus notas viste algo que pudiera ser tomado como «causa» de lo que sufrió?

-En los años ’50 militó en el Partido Socialista pero luego no encontré ningún documento que relacionaran a él y a su esposa con ese partido. Lo que perduró siempre en él fueron los ideales socialistas. No puedo pensar que fue encarcelado por una militancia que había tenido dos décadas atrás. Además, hay muchas pistas de que se lo llevaron por lo que permitió que se publicara en el diario durante la intervención de la provincia antes del golpe. Él era el que decidía qué era lo que se publicaba y lo que no. Asumió plenamente su función de director y tuvo todo el control sobre lo que salía. El trabajo que hizo Natalia Gelós sobre Di Benedetto es muy revelador en ese sentido. Hay también una tesis de una profesora de la Universidad de Cuyo sobre las notas que el diario publicó sobre los atropellos a la ciudadanía, el encarcelamiento de personas. Y el que autorizó esas publicaciones fue él cuando ya había una censura a la prensa. Yo no encontré nada de su puño y letra que pudiera pensarse como la causa de su detención. Sé que hubo una represión dirigida a un sector del diario, Di Benedetto no fue el único que fue a la cárcel.

-En el exilio estuvo en contacto con Daniel Moyano.

-Sí, un escritor que también fue muy afectado, porque el exilio desestructura, obliga a reinventarse y Di Benedetto ya tenía 56 años cuando se va del país y era alguien que había tenido un trabajo muy importante en el periodismo y una trayectoria consolidada en lo literario. De repente se queda sin trabajo, sin familia, sin la ciudad natal que amaba y sin país. «

Disney en la Feria Mundial de Nueva York

La Uniesfera es el símbolo y nunca hubo representación más grande de la Tierra realizada por el hombre. Del tamaño que ve tangible la Uniesfera el común visitante de la Feria Mundial de Nueva York, podría divisar el globo que habitamos un caminante del espacio, a diez mil kilómetros de altura. (Paradoja: salió de una de las modernas fábricas de acero, pero fue hecha por indios de una tribu mohawk).

A sus pies, completando la significación de la unidad de las naciones en la paz, la amistad y el progreso, se inscribe en un círculo la Fuente de los Continentes. De ella se sueltan rayos como calles y avenidas arboladas y pavimentadas, de noche atravesadas de luz fluorescente que culminan en la Fuente de los Planetas, la cual tiene forma de Luna en creciente y la rebanada que le falta es el Patio del Universo.

Un patio de astronautas se halla a mitad de camino, entre los jardines cuya disposición, trazado y ornamentación causan reminiscencias en que de Francia se asocian: Versalles, Champs-Élysées y Champ-de-Mars.

Cómo no ha de haber un Patio de los Astronautas y avenidas del Descubrimiento, de la Invención, de la Investigación, en la Feria que, si puede reconocer múltipoles antecedentes (la del mismo lugar de 1939 o las de París, Bruselas, San Francisco etc.), se ha erigido como expresión de esta humanidad de posguerra que mandó una máquina a fotografiar, de cerca, a Marte.

De Antonio di Benedetto. Escritos Periodísticos 1943-1986, pag. 381. Investigación, selección , prólogo y notas de Liliana Reales. Adriana Hidalgo Editora.