El escritor y periodista Rodolfo Braceli, quien ha colaborado con Tiempo Argentino en diversas oportunidades y tuvo la obstinada constancia y luego el consecuente privilegio de entrevistar a Gabriel García Márquez, le hizo un reportaje memorable. Por él recibió el Premio “Pléyade” ( 1996) y “Al maestro”, premio TEA (1996). 

 Aquí el fragmento, extraído de Diario Uno, en el que el Premio Nobel habla de Cien años de soledad y de la situación personal que vivía cuando se produjo su publicación.

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 -Yo creo que he escrito más después del premio Nobel que antes. Antes del Nobel tengo un promedio de un libro cada siete años, y después del Nobel uno cada tres años. Pero no es por el Nobel. Es por la computadora. La computadora hace el esfuerzo que antes hacía yo, perfeccionista enfermizo, cuando corregía cada hoja repitiéndola cada vez. Ahora escribo a lo loco y después corrijo.

 –¿Cómo hubiera sido Cien años de soledad escrito con una computadora? 

–Probablemente hubiera sido más larga porque la hubiese escrito en menos tiempo. Es decir: yo eliminé una generación entera porque no tenía plata. Me di cuenta de que no podía soportar por más tiempo con ese libro porque la casa se me estaba viniendo abajo. Mercedes, mi mujer, estaba enloqueciendo: dieciocho meses sentado. Empeñamos hasta el carro, todo. Mi mujer, bueno, le debía hasta al cura y se había empeñado todo lo de la casa. Fue muy firme Mercedes. Mis amigos nos ayudaban mucho, pero todos eran pobres también. Entonces todo el mundo era joven y todo el mundo era pobre. 

–Pero dio vuelta la taba. Su vida cambió radicalmente. 

–Imagínate: antes de Cien años de soledad yo no tenía de lectores más que a mis amigos. Era autor de unos cinco libros que no había leído más que mi familia.

 –Después de este largo camino y de tanto como consiguió, García Márquez, dígame, ¿a su corazón le queda un lugarcito para incorporar un nuevo amigo? 

–Muchos. Sabes, hubo una época muy terrible en la que no confiaba sino en los amigos anteriores a Cien años de soledad. Porque después me vino una avalancha de amigos… Pero sólo confiaba en los anteriores, en los amigos de la pobreza. No sabía distinguir entre los amigos, y eso me inquietaba mucho. 

–Le preguntaba por amigos nuevos. ¿A su corazón le queda lugar para uno más? 

–Todos los días tengo uno más. Y me ocupo muchísimo de todos. Yo no he perdido un solo amigo. Viajo por el mundo ¿sabes para qué?, para ver amigos. ¿Y qué hago con ellos?: me encierro a hablar. 

–La palabra felicidad, ¿cómo le suena? 

–Es algo que dura poco. Y eso no sería lo malo, lo malo es que uno no sabe que la tuvo sino cuando ya pasó. Es un estado de gracia que dura un instante, pero es maravilloso: un golpe de dicha, de bienestar. Uno dice: “¡Qué bien haber hecho tal cosa!” cuando ya pasó. Uno dice: “¡Qué bien gozamos anoche!” cuando ya pasó. 

–Recién noté felicidad cuando hablaba de sus años pobres.

 –No hay que creer mucho en lo que se dice, porque la nostalgia es una maravilla: borra los malos momentos y magnifica los buenos… Ya van a ser las siete. Se nos pasaron las dos horas. Habíamos acordado algo. 

–Quedan cuatro minutos, García Márquez. 

–Cuatro minutos y no te hice yo todavía el reportaje, je… Mira, hay una felicidad que no se puede comparar con nada y es difícil de explicar. Yo empiezo a escribir a las ocho y media, pero a las doce o a la una de la tarde estoy en el clímax. Ese momento no es posible compararlo con nada. 

–Es incomparable. 

–Incomparable. Y absolutamente indescriptible… Yo creo que así debe de ser la droga. Uno se quedaría toda la vida ahí, pero eso es sólo un instante. Después terminas eso, y lees, y ya no te gusta mucho. Pero no importa. 

–Importa el goce de la creación

–Verdad. Eso queda para siempre. En ese sentido yo creo que escribir acaba por ser un vicio. ¿Terminamos? La verdad es que no podía llegar hasta ahora, pero llegué hasta ahora. Tengo que cambiarme, salir, ir a una cena en la cual debo ser inteligente. Son cosas que no se pueden evitar. Porque las personas que allí estarán esperan que sea inteligente y las voy a disgustar si no lo soy. Entonces tengo que afinarme e inventar cosas. 

–Usted, García Márquez, tiene dos oficios: escribir y estar con los demás. 

–Pero mi oficio verdadero es ser yo. Eso es muy jodido. Usted no se imagina lo que es eso. Cargar con eso. ¿Pero qué hago si yo me lo busqué?