Aunque suele decirse que es la capacidad simbólica lo que nos diferencia del resto de los animales, quizá no se ha insistido lo suficiente en que esa capacidad, inexorablemente, deviene en relato. Los humanos necesitamos contarnos el mundo. Por eso, en cada narrador de hoy hay algo del lejano narrador de la tribu, que contaba sus historias alumbrado por el fuego de la gran fogata que daba calor y alejaba los fantasmas de la noche. María Teresa Andruetto ha dedicado su vida a continuar la labor de ese lejano antepasado. Nos narra el mundo o lo convierte en poesía, interpela a los chicos y a los grandes. Además transmite generosamente su saber enseñando de qué modo engarzar palabras para convertir lo ordinario en extraordinario. 

En su último libro, Extraño oficio (Literatura Random House), reúne varias de las columnas que desde hace seis años emite todos los viernes en un programa radial de la Universidad Nacional de Córdoba. Se trata de textos breves que ha rescatado de los registros orales del programa y que ha trabajado y pulido con dedicación de orfebre. En cada una de estos textos breves va de lo que vive a lo que ha leído y, en algunas ocasiones, hace el camino inverso. Y con cada uno de ellos el lector vislumbra el resplandor de una pequeña fogata, una iluminación repentina que saca de la oscuridad lo que se ocultaba en la sombra. Aprendió de sus lejanos ancestros narradores que no hay palabra sin fuego y que el antiguo oficio de narrar consiste en encender pequeñas hogueras.

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Considerás la escritura como un noble oficio. Pero para ejercerlo decís que hay que aprender a mirar y a escuchar. ¿Eso es posible?

–Es muy interesante la pregunta, sobre todo para mí, que he pasado 25 años acompañando procesos de escritura o incitando a otros a leer en talleres. Esos otros fueron muy diversos: personas que querían publicar; personas que no tenían ese interés, sino que solo querían encontrarse con una palabra propia; personas jóvenes encarceladas; mujeres no alfabetizadas en espacios de mucha marginalidad; ancianos a los que les grababa sus historias, niños, adolescentes… Por eso, han aparecido estas preguntas. Algunas personas se defienden diciendo que a escribir nadie aprende, que es algo con lo que uno nace. Yo no creo que uno nazca con nada especial. Uno nace dispuesto en determinadas condiciones a hacerse en determinadas direcciones. Pero por supuesto que el oficio no es todo, es una parte de la escritura, pero es una parte bastante importante y uno puede enseñar y aprender muchas cosas.

¿Cuáles?

–A mirar con más intensidad, a escuchar de otra manera. Puede aprender a leer, como decía Piglia, mirando con un ojo el texto y con el otro, el oficio. Puede escuchar lo que otros dicen de sus textos para ver si se entienden, si conmueven o no. Puede aprender a usar su palabra ante otro. También es cierto que a veces no alcanzan los saberes porque escribir no tiene que ver solo con una cuestión de saber, sino con la posibilidad de cargar de emotividad las palabras. Una carga emocional fuerte o una carencia de esta carga hacen que la persona impregne todo lo que ve. Pero el oficio ayuda. Hoy tengo un oficio que me responde bastante para lo que yo siento y quiero decir, aunque lo que uno escribe a veces no es del todo lo que quiere escribir. Pero no era igual cuando tenía 30 años. Pasa lo mismo con un carpintero cuando ha hecho muchas mesas o con un pianista cuando ha ejecutado mucho una sonata.

–Uno es producto del lugar en que nace y el que se cría. ¿Cómo fue ese lugar en tu caso?

–Desde muy chica tuve mucha empatía con los otros, hasta un punto un poco extraño en una niña. A veces me retaban en mi casa por condolerme por situaciones que me eran ajenas. Tuve también una visión muy temprana de la fugacidad de la vida y un deseo de atraparla. Esto estuvo alimentado por muchas cosas, porque era una niña muy acomplejada, me sentía con mucha necesidad de ser querida. Era hija de un inmigrante, de un hombre que había pasado la guerra. Por parte de mi mamá, fui hija y nieta de gente muy pobre y muy luchadora, de mujeres sin hombre porque eran viudas tempranas o tenían hombres enfermos. Eso me hizo sentir mucha empatía por la fortaleza de las mujeres. Vivíamos en un barrio en las afueras de un pueblo donde estábamos al borde de la marginalidad, aunque no nosotros. Tal vez éramos tan pobres como nuestros vecinos, pero en mi casa había libros y un capital cultural importante, y entonces siempre sentí que nuestra pobreza era transitoria.

¿Y fue transitoria?

–Sí, duró hasta mis 9 años. Mis padres pudieron hacerse una casa modesta y entonces salimos de vivir en un conventillo, donde tuve un conocimiento temprano muy intenso, porque cuando uno vive en un lugar con un excusado compartido con otras familias, por más que a uno los padres lo cuiden e intenten preservarlo, igual puede ver la dureza de la vida. Pero como yo era querida en mi casa, pasé esas durezas de un modo abrigado. Pasé  mi infancia en Oliva, que es un pueblo de la provincia de Córdoba que tiene un asilo para enfermos mentales. Cuando yo era chica era el psiquiátrico más grande de Sudamérica, tenía 7000 pacientes. Era un lugar de puertas abiertas y había muchos internos que salían y otros que se escapaban. Entonces, también hubo una pronta familiaridad con la locura, con la internación, con los dolores humanos. Ahora, de grande, veo todo eso como un origen.

¿El hecho de ser hija de inmigrantes favoreció tu escritura? Me refiero a que a la familia lejana se la conoce a través de relatos, son familias hechas de palabras.

–Absolutamente. Yo me crié en una abundancia, en una riqueza enorme de relatos. Mi padre era el único de su familia que había venido a la Argentina, por lo que una vez por semana llegaba una carta de Italia que seguramente había sido escrita un mes antes. Eran cartas de mis tíos, de mis primos. También nosotros escribíamos cartas y nos llegaban fotos. Eran la virtualidad de entonces. Además, mi padre, en su deseo de que tuviéramos presente a su familia, nos hablaba mucho de ella. Yo conozco toda la historia de la familia, de las ramificaciones, de los primos lejanos. Mi mamá alimentaba también eso en sus conversaciones con él delante de nosotros. Tanto que, cuando fui por primera vez a Italia en el año ’93, algunos primos me preguntaban cosas de la familia italiana que yo sabía y ellos habían olvidado. Mi padre murió en el ’91 sin haber regresado nunca a Italia. Mi mamá también tenía una familia de inmigrantes, pero parte de ella estaba en Argentina. Se escribía cartas con su madre, aunque estaba solo a 60 kilómetros de nuestra casa. Ellos eran del Piamonte y de una condición social distinta de mi familia paterna, eran campesinos de subsistencia. Había una relación por carta muy fuerte y también muchos relatos de ella, de mi abuela y de mi bisabuela, de los parientes, de los vecinos…

–¿En qué lengua hablaban?

–Mi mamá y su familia hablaban en piamontés. Mi madre aprendió castellano en la escuela. Mi papá hablaba piamontés en la casa de sus padres. Él hizo la escuela y los estudios superiores en italiano. Entre mis padres hablaban en un castellano perfecto. Mi padre comenzó a aprenderlo en el barco que lo trajo, con un diccionario de tapas rojas que conservo.  Él se negó a que nosotros estudiáramos italiano de chicos. El mandato era que teníamos que aprender bien el castellano. Tan fuerte ha sido ese mandato, que yo me convertí en escritora. Mi padre quería que fuéramos de aquí, que tuviéramos un lugar de pertenencia, cosa que en mí se cumplió porque nunca deseé vivir en otro país.

–¿Cómo era tu madre?

–Solo tenía el colegio primario, pero se convirtió en una muy buena lectora, escribía cartas muy bonitas, aprendió francés sola y coleccionaba estampillas. Su madre y su abuela eran mujeres más rústicas. Su madre había sido colchonera y su abuela, guardabarreras y tejedora de redes de pesca. Sin embargo, tenían una gran veneración por los libros, que eran un par de libros religiosos, de vidas de santos. Eran muy piadosas y escribían rústicamente cruzando el italiano, el piamontés y el castellano. Pero escribían las cartas de mujeres que sabían menos que ellas y también les leían las que llegaban de Italia. A veces pienso que, en otro grado, yo hago lo mismo que ellas.

Tu mamá se enfermó de Alzheimer y en ese momento vos hablabas con ella tratando de escuchar a la mujer más que a la madre. ¿Cómo fueron esos diálogos?

–La tensión entre la mujer y la madre fue muy fuerte en ella y cuando yo era niña no lo comprendía. A pesar de sus muchos intereses, era un ama de casa común, de pueblo. Creo que hubiera querido ser escritora o dedicarse a la enseñanza. Eso le pesó y cuando se perdió en el Alzheimer el tema aparecía mezclado con otras cosas. Yo escribí un libro que se llama Cleofé, que era su nombre. Una vez, siendo chica, me perdí en el pueblo. El cartero me preguntó si mi mamá se llamaba Cleofé, el nombre que leía en los sobres de las cartas, y me llevó a mi casa. Ser la hija de una mujer de nombre extraño era fascinante. De esa tensión de mi madre me di cuenta de grande, cuando ella, extraviada, decía cosas que yo podía relacionar con historias que había oído en mi infancia.

Tu madre no festejaba la Navidad porque tu padre no tenía a su familia de origen y no quería hacerlo sentir mal.

–Sí, ella lo cuidaba y quería que nosotros lo compensáramos de lo que él había dejado en Italia. Pero no pudo compensarlo. Mi padre solo tenía ojos para mi mamá, pero siempre tuvo un fondo de tristeza. Mi madre, en cambio, era muy vital, deseosa, alegre, rebelde. Quizá en otro contexto hubiera desplegado todo eso de otra manera. Pero toda su capacidad creativa estaba volcada en el otro.

Decís que no es necesario tener una vida extraordinaria para escribir. ¿No es extraordinaria toda vida si nos detenemos a observarla?

–Dicen que visto de cerca nadie es normal. Creo que vistos de cerca todos tenemos una vida extraordinaria o episodios de vida extraordinarios. Lo que veo en la escritura es eso, el puente que se establece entre quien mira y quien es mirado, una corriente de receptividad que se replica cuando uno lee y entra en conexión con un otro que no conoce.   «


El pequeño gesto

La escena sucede en 1976, el día más frío de año. El 5 de julio, en la madrugada. Ellos están en el patio de la penitenciaria, en el barrio de San Martín, en Córdoba. Los han sacado de la celda, todos al patio, desnudos, piernas abiertas y brazos y manos en alto. Uno junto a otro, contra la pared; prohibido volver la cabeza, prohibido conocer quién es el vecino de penuria. Los castigan en la noche helada, los amenazan; si bajan las manos, los matan. De repente, un tiro, un cuerpo que cae, una voz que dice: Uh, lo maté.

Entre los muchos que están ahí, manos contra la pared, está quien me cuenta esta historia. En algún momento siente que no puede ya controlar la mano, el brazo; es la mano derecha que comienza a resbalársele, que no responde. Entonces alguien, que está a su lado, ese alguien a quien no puede ver, en un gesto mínimo y, a la vez, tan peligroso, corre apenas su mano. Pone en horquilla los dedos y sujeta la mano del otro.

Así es como una de las personas que más quiero le debe la vida a un desconocido, aquel del pequeño, casi imperceptible y a las vez inmenso gesto. Es imposible agradecer a ese del que no se conoce  el nombre, el rostro, su destino; pero sí quizás se pueda llamar uno a devolverlo en otros.

¿Qué hacemos con nuestros actos, con nuestros gestos, con nuestras vidas? Porque la vida está hecha de pequeñísimos gestos, de cada uno de nosotros, personas comunes y corrientes. Entonces vienen a mí esas líneas de Mary Oliver:

Y ahora, dime:

¿qué piensas hacer con tu única, salvaje, preciosa vida?

(De Extraño oficio, María Teresa Andruetto, Literatura Random House)