Ni el propio Fellini se lo hubiera podido imaginar. Más de 900 payasos y cirqueros de todo el mundo acampando durante una semana en el Campo recreativo de Pasteleros de Esteban Echeverría, brindando y asistiendo a los más diversos talleres, galas y varietés y con un broche de oro a toda fiesta: una guerra masiva de tortas de crema en la plaza Central de Monte Grande.

De este modo acaba de culminar la vigésima edición de la Convención Argentina de Circo, Payasos y Artistas Callejeros organizada por la Fundación Humor y Circo Argentino para el Mundo, presidida por el Payaso Chacovachi quien describe a la convención como “igual a la que hacen los dentistas pero mucho más divertida”. Así como los odontólogos hablan de métodos revolucionarios para tratar las caries, los payasos y cirqueros muestran hasta dónde han llegado en el desarrollo de su arte. Tan popular se ha hecho esta reunión que cariñosamente quienes participan de ella le dicen «la Conve», como si tratara de una amiga o una mascota entrañable.

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En el campamento se encontraban montadas dos carpas de espectáculos (la Azul y la Roja), una carpa de talleres, una carpa comedor y un sector de productos específicos para artes circenses. El resto del espacio estaba poblado por carpas particulares plenas de artistas, estudiosos y amantes del circo. En este ámbito se sucedieron varietés, galas, juegos, charlas y talleres a lo largo de cada jornada. Con tan sólo caminar por el campamento uno se podía cruzar con propuestas de toda clase, ya que los artistas desbordaban los espacios escénicos para invadir la vida cotidiana. Cada carpa particular representaba la posibilidad de meterse en el universo de “los vecinos”, que podían ser desde músicos hasta malabaristas.

Entre las diversas actividades dentro del Predio, se destacaron el Cabaret de los 3 minutos y la varieté. El cabaret consistió en la presentación de más de 30 artistas que contaban únicamente con 3 minutos para mostrar el material que quisieran o que mejor los representara. Esto daba un ritmo vertiginoso y arriesgado, emocionante, donde cada artista trataba de ganarse al público como le fuera posible con habilidad, riesgo o locura. El show especial consistió en una varieté donde se cruzaban números que iban desde la tela al Trapecio Washington, pasando por el trabajo con luces o con juegos minimalistas de tipo clownesco, todo ello coordinado por dos presentadores delirantes y extraños.

Sin duda, lo más atractivo de La Convención fue cuando el desborde que se vivió dentro del predio se transportó hacia afuera con el desfile, la gala callejera y la guerra de tortazos. Subirse a un colectivo lleno de payasos que viajan hacia Monte Grande es una aventura indescriptible, llena de canciones, y música, con maquillajes que se corren y trajes que acaloran. Tras el viaje se realizó una gala para niños en una plaza. Una vez concluida, comenzó el desfile por las calles del centro. Esto incluía algunas pausas en determinadas esquinas para delimitar pequeñas pistas. En ellas los artistas mostraban sus habilidades, que fascinaban a payasos y transeúntes por igual.

La procesión payasesca concluyó en la plaza principal, donde se realizó la gala callejera. Se inició con la presencia del intendente Fernando Gray, que entregó a Chacovachi una placa que acredita que  La Convención es de interés municipal. La gala consistió en números de tela, en torneos de habilidades (malabares con cinco pelotas; resistencia de parada de manos; y “gladiadores”, torneo de malabares con clavas en el que se intenta resistir lo más posible al tiempo que se boicotea el juego del vecino.  La fiesta contó con la participación de las orquestas infanto-juveniles Huergo y Montana.

Finalmente, se realizó la ya clásica guerra de tortazos. En ella se repartieron 1200 tortas de crema entre artistas y espectadores. Tras el reparto y la arenga de Chacovachi, el silencio se espesó. Algunos amagaron con tortazos prematuros porque  la espera resultaba irresistible. Como es tradición, comenzó a sonar el Himno Nacional Argentino que  los participantes corearon a la vez con solemnidad, respeto y alegría. Concluidos  los últimos acordes de la canción patria voló el primer tortazo de crema y ya no hubo tregua posible, la celebración se volvió masiva y nadie se salvó del enchastre. Luego de la singular batalla, algunos espectadores se acercaron cautivados por el fenómeno para preguntar cuándo se volvería a realizar ya que no todos los días sucede que la plaza de un pueblo sea tomada por una multitudinaria troupe felinesca.

Pero como toda convención, también ésta también tuvo su lado serio, aunque no tanto como si hubiera sido de odontólogos. Las charlas y actividades teóricas contaron con la participación de representantes de la Asociación Argentina de Actores y del Frente de Artistas Ambulantes Organizados (FAAO). También hubo presentaciones de libros:  Manual y guía del payaso callejero, del payaso Chacovachi, y Poesía Cirquera, de Bruno Gagliardini cuyo nombre de payaso es Brunitus, tesorero de la convenció, así como charlas teóricas a cargo de Marcela Diez, Julieta Infantino y Ricardo Pérez Sbrascini,  sobre circo, historia, la calle y la política, fórmulas, tácticas y estrategias del humor entre diversas temáticas.

A su vez, se realizaron más de 110 talleres de las más diversas disciplinas, todos dictados por asistentes de la convención. Entre ellas se incluyeron talleres de  partitura física (números mudos), cintas, palo chino, malabares con cajas de cigarros, diábolo, mimo, popping (una baile que a través de diversas posiciones genera efectos ópticos), golpes y caídas, acrobacia de piso e incluso ejercicios basados en la biomecánica, por nombrar sólo algunas.

Desde 1996 hasta el día de la fecha, la convención -una de las primeras sudamericanas- ha trabajado con el objetivo de visibilizar las artes callejeras, buscando generar encuentros entre artistas de las más diversas habilidades, impulsar a producir más y mejores espectáculos y poner el foco en las  problemáticas que atañen al trabajo artístico en espacios públicos. El payaso Chacovachi, director y fundador dice sobre los comienzos de la convención: “Hubo varios colegas que me cuestionaron. ¿Por qué abrir el juego?  Mi respuestas es que quiero que esto crezca, que todas las plazas del país tengan espectáculos callejeros, que haya convenciones en todas las provincias. Sobre todas las cosas, muchos profesionales. Muchos artistas que vivan de la profesión”.

Habitualmente se dice que veinte años no son nada en la vida. No obstante, en el terreno de la gestión cultural, uno de los desafíos más complejos es generar condiciones que permitan dar continuidad a los proyectos. La Convención opera como un espacio de celebración y de resistencia del arte circense y callejero, donde se mantiene vivo el encuentro entre quienes lo practican.  Por eso para esta edición se eligió a modo de lema la frase “20 años de lucha cultural”.

La alegría de confrontar el desafío de la persistencia en el tiempo se mezcla también con cierta melancolía, ya que por lo pronto será la última convención realizada en este formato. Esto responde a las dificultades que implica gestionar en tiempos en que la cultura no parece ser un elemento central de las agendas políticas, pero también se corresponde con la búsqueda de reorganización por parte de los coordinadores. Esto le otorga un valor emotivo adicional a la vigésima edición de La Convención Argentina de Circo, Payasos y Artistas Callejeros, que durante veinte años ha luchado para lograr la puesta en reconocimiento y valor de payasos, artistas circenses y callejeros y para poder contar con ámbitos donde sea posible que estos muestren “un arte revolucionario que tiene la fuerza para generar una transformación social, cultural y personal”.