Manuel Alba Olivares se despierta, de lunes a viernes, a las cinco de la mañana. Cincuenta minutos después, sale a la puerta de la casa. Un camión vetusto que carga arena a la derecha, un changarro de comida rápida a la izquierda. Recorre 50 metros desde la construcción antigua en el barrio Santa Teresa hasta la vía Río-Mar. Camina una cuadra, entra a la radio comunitaria que dirige y, de seis a ocho, se sienta frente al micrófono para conducir El Mañanero junto a Jorge Molina. “El Libélula –dice–, porque es un animalito que va por el aire y lleva la noticia”. En el municipio de Juan de Acosta, departamento del Atlántico, a pocos kilómetros de la capitalina Barranquilla, viven 18.948 personas. A Manuel, según él, lo identifican ocho mil, con tres mil se relaciona y con quinientas anda a diario por las veredas maltrechas que, cuando llueve y se inundan, le hunden los pies en los charcos.

Porque Manuel no ve: es ciego.

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No ve, es ciego, desde 1986. Desde los goles de Diego Maradona a Inglaterra en el Mundial de México, su registro visual más potente. En especial desde el gol de todos los tiempos. “Ésa fue la última imagen del mundo que vio Manuel Alba Olivares –escribió Eduardo Galeano en Los hijos de los días (2011), su último libro–. Él tenía once años, y en ese mágico momento los ojos se le apagaron para siempre. Ha guardado el gol intacto en su memoria, y lo relata mejor que los mejores locutores”.

A los cinco años al pequeño Manuel le detectaron miopía: usaba anteojos, le gustaba atajar y estudiaba en la escuela La Cienaguita. En octubre de 1986 sufrió el doble desprendimiento de retina. Accidentes, operaciones. La oscuridad. El agua del mar Caribe, la camiseta del Junior, las navidades felices y el gol de Maradona fueron, entonces, las fichas de su patria: la infancia.

“Estoy celoso de él porque no quiero que digan que es mejor que Diego. Diego es Diego. Los demás, ahí, cerquita. Messi es un crack, sí. Me llaman mis amigos para preguntarme conceptos de fútbol, como les preguntan a los periodistas, y es lo último que reconozco: que Messi es un crack”, dice ahora Manuel, 37 años, calvo, barrigón, mientras habla por teléfono y saluda a los que pasan.

El fútbol, reconoce, fue la válvula de escape. Tres años después de la ceguera, Simanca, Elías y Deivi, sus amigos, lo buscaron para que fuera el entrenador de un equipo en el campeonato interbarrios. “¡Venga!”, les dijo. Les pidieron las camisetas a los hermanos Zuluaga, oriundos de Medellín, dueños de un comercio de ropa. Les respondieron que sí, con la condición de que fueran verdes y blancas y que el equipo se llamara Atlético Nacional. El líder, que había surgido en el arco, afloró: aceptó los colores a cambio de que ellos jugaran con el siguiente nombre: el Nacional de Manuelito. “Con todo eso empiezo a involucrarme de lleno en la cancha, cerca del balón, el olor a los guayos (botines), aerosoles calientes, siempre en la raya acompañado por personas que entienden. Me apegué a la fiebre que me dio el fútbol colombiano de finales de los 80, con la aparición de Francisco Maturana. Me vuelvo oidor de radio total, escuchando a Carlos Antonio Vélez, a Hernán Peláez. Y entiendo fácil el fútbol porque lo jugué. En esos años adquirí un verdadero liderazgo en la comunidad y lo sorprendente fue ver cómo una persona que no podía ver hablaba de fútbol y dirigía a los muchachos, que le prestaban atención y lo respetaban”.

En 2000, Manuel se distanció de su equipo. Necesitaba tiempo para terminar el colegio, recibirse siete años más tarde de abogado, fundar la Asociación Discapacitados del Atlántico, comandar la emisora, andar en bicicleta, comentar fútbol en los medios, dirigir cada tanto a la selección del municipio, defender la filosofía de Pacho Maturana y la existencia del 10 –“la bujía del equipo”–, escribir en braille, cantar –y ganar– en los festivales de vallenato, representar a una banda, dar charlas de motivación, beber cerveza e ir los fines de semana al estadio Metropolitano y, de vez en cuando, “pasarla rico” con las amiguitas de la vía. Pero siempre, claro, recordándolo.

–Hay cosas que van a quedar guardadas en mi memoria. El gol que hace Corea del Sur, donde Pumpido queda parado, desde afuera del área, el 3-1. Ese Mundial del 86 es mi recuerdo vivo del fútbol. Diego Armando ha sido el mejor del mundo. No puedo olvidar que en el partido contra Italia un trazo de su camiseta lo tenía sobre el glúteo izquierdo, afuera, cuando deja parado con un toque sutil a Giovanni Galli. No puedo olvidar que agarra la pelota contra Inglaterra, y arranca desde la mitad de la cancha driblando, y ya cuando sacó al último defensa, le sale Peter Shilton, y casi cayéndose le mete la pelota. ¡El gol de Valdano! ¡La puñalada de Burru en el 3-2! Son bendiciones que no olvido.

–¿Qué elegiría volver a ver?

–A mis padres, a mis hermanos, a mi sobrino, a mis amigos. No pediría volver a ver el gol de Diego, porque no lo volvería a hacer ni él ni nadie. Esas cosas se ven una sola vez en la vida. Me quedo con ese recuerdo. Por ahí entiendo que Messi hizo uno parecido con el Barcelona. Les preguntaba a mis amigos. Pero les decía que le faltaba algo para ser de esa factura: Diego lo hizo en un Mundial, a Inglaterra, le dio una bofetada con ese problemita de toda la vida. El gol de la mano de Dios es la burla; el otro es la magia. Tengo algo muy bonito, sin presumir: la imaginación. Siempre estoy pensando un poquito más allá que los demás. Como les digo a mis amigos: “Yo voy un paso adelante”.

* Esta nota fue publicada en la edición de Tiempo Argentino del 28 de noviembre de 2012