Con la idea fija puesta en incrementar la generación de divisas y ordenar el frente externo, Sergio Massa desembarcó en Washington para participar de la Asamblea Anual del FMI y el Banco Mundial. El evento es uno de los más importantes del año para el establishment político y financiero. En paralelo, se realizará la cumbre de Ministros de Finanzas del G20, en la que Massa también participará.

El propósito del ministro de Economía es tender nuevos puentes con dirigentes y empresarios, aprovechando las reuniones bilaterales y la presencia de hombres de negocios. En todos esos ámbitos el titular del Palacio de Hacienda buscará nuevos contactos.

Para ello ofrecerá el menú de inversiones que ya viene siendo exhibido en todo este tipo de reuniones: las posibles asociaciones para emprendimientos vinculados con la minería, los hidrocarburos, la economía del conocimiento y la industria automotriz. El boom del litio y el gran potencial del yacimiento de Vaca Muerta, sumado a las leyes de fomento con que cuentan los otros sectores, serán la zanahoria que mostrará Massa.

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Antes, el ministro deberá resolver algunos temas del día a día, sobre todo en lo que se refiere a la relación con el Fondo Monetario Internacional, uno de los anfitriones del evento. Por estas horas, Massa y los demás integrantes de su comitiva (entre ellos, el viceministro Gabriel Rubinstein; su jefe de gabinete, Leonardo Madcur; su asesor para Relaciones Internacionales, Gustavo Martinez Pandiani y el director del Indec, Marco Lavagna) aguardan entrevistarse con el director para el Hemisferio Occidental del FMI, Ilan Goldfajn.

El economista de nacionalidad brasileña nacido en Israel es el responsable de supervisar el acuerdo de facilidades extendidas, en cuyo marco el organismo giró U$S 3.800 millones que ingresaron el martes por la noche al Banco Central y tiene que enviar otros U$S 5.800 millones en diciembre. También para los próximos días hay un encuentro previsto con Gina Gopinath, directora adjunta de la entidad.

En particular, Massa y compañía quieren que el Fondo ayude a destrabar la asistencia de organismos internacionales de crédito, que de acuerdo a lo establecido en el acuerdo iban a completar el respaldo económico al país. Por diferentes motivos, esa ayuda está trabada.

Un ejemplo es lo sucedido con el BID, que en el anterior viaje del ministro a Estados Unidos, hace más de un mes, había prometido enviar U$S 3.000 millones antes de fin de año. Sin embargo, por diferentes motivos (entre ellos el desplazamiento del titular de esa entidad, el controvertido Mauricio Claver Carone) el anuncio no se concretó: recién se espera para esta semana un adelanto de U$S 700 millones. Con esas partidas se espera dotar de mayores reservas y margen de maniobra al Banco Central.

Con el aval que significa la aprobación de metas por parte del FMI, Massa aspira a que en la reunión con los ministros del G20 se puedan establecer progresos en la negociación con el Club de París. A ese conglomerado de gobiernos e instituciones (no sólo europeos) Argentina todavía le debe unos U$S 2.000 millones de la renegociación que selló Axel Kicillof en 2014 y de la que Martín Guzmán pagó dos cuotas a fines del año pasado y principios del corriente. Hacia el final de la semana el gobierno podría realizar algún anuncio al respecto.