Desde que era una niña, la vida de Belén Blanco siempre estuvo atravesada por la fantasía. Nacida en Casbas, un pueblito rural al suroeste de la Provincia de Buenos Aires, sus creaciones lúdicas eran una constante: “Me la pasaba todo el día inventando juegos, según lo que en ese momento había”, recuerda ahora en diálogo con Tiempo Argentino.

Sin embargo, cuando esta actriz de rostro enigmático apenas estaba comenzando la escuela, las vicisitudes de la vida llevaron a su familia a tener que mudarse a la Ciudad de Buenos Aires, y ese cambio abrupto fue como un cachetazo que la descolocó por completo: “Ni bien llegué me quedé muy impresionada por el ruido y las luces; no entendía por qué la gente no se saludaba o no se conocía, y todos esos mitos que había en torno a las ciudades y les niñes, como que les raptan para sacarles los órganos y miles de atrocidades más, me daban muchísimo miedo”.

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La creatividad y la hiperactividad de esa nena que de un día para el otro pasó de trepar árboles y corretear por la tierra a estar encerrada en un pequeño departamento de Barrio Norte, empezó a crecer notablemente. Por eso su madre la llevó a hacer actividades: “Yo era muy tímida, pero me gustaba el teatro, entonces me mandaron a tomar clases. Y cuando empecé, me acuerdo que miraba con mucha admiración a quienes se animaban a ponerse en frente de todes, porque yo no me sentía para nada valiente”.

A partir de entonces, la potencia creativa encontró el cauce perfecto en ese juego artístico, y desde los 14 años que Belén no para de actuar en diversas producciones de cine, teatro y televisión. “Y a veces en la vida un poco también, porque la realidad y la fantasía son cosas distintas pero, de vez en cuando, se cruzan”, agrega ella con esa mezcla de pudor y picardía que se le reconoce desde la infancia.

Tal vez sea por eso que cuando el director de cine Fernando Spiner le propuso actuar en sus películas, Belén no lo dudó ni un instante, tanto en 1998 al interpretar un pequeño pero importante rol en La sonámbula, ni tampoco ahora, después de que el realizador la volviera a convocar para ser la protagonista de la flamante Inmortal. Esta vez se trata de una película de género fantástico en donde, un poco al igual que ocurre en la vida de esta artista intensa que siempre se negó a dejar de jugar, la historia sobre una dimensión paralela se cruza y se mezcla con la realidad de una ciudad pre-pandémica. Y así, a través de lo lúdico, el film le abre paso a preguntas profundas sobre algunos de los interrogantes más misteriosos y complejos de la existencia.

Inmortal trata sobre la existencia humana y las grandes preguntas que nos hacemos desde el principio de la vida, como: ¿Qué es la muerte? ¿Adónde vamos? ¿En qué nos convertimos?”, reflexiona Blanco. “En Japón se acostumbra a poner un árbol muerto y uno vivo en las entradas de los jardines, esa sabiduría es lo que muestra que estamos hechos de ambas cosas, y que la vida se trata de esa aceptación. Además, la película abarca algunas problemáticas de esta época, como el capitalismo y las corporaciones que con total poder sobre las personas ofrecen servicios y nos controlan como si fuéramos ratones de experimento”.

Hablando del capitalismo y las problemáticas de esta época, la película se filmó antes de la pandemia; sin embargo, los escenarios inhóspitos y desolados de la ficción se parecen bastante al mundo actual, ¿encontrás alguna similitud entre el mundo narrado y lo que estamos viviendo?

-Yo creo que fue como una percepción del mundo que se le adelantó al director. Una visión justa de este momento. Nadie pensaba que íbamos a estar ante tanta muerte pero, a la vez, en la película eso toma otra dimensión, porque también es algo bello. Leteo, que es el mundo que pasan a habitar las personas que mueren en la vida real de la ficción, es una esfera en construcción que permanece alejado de lo mundano; es una especie de escenario pandémico pero estilizado.

-¿Cómo es la experiencia de actuar en una película de género fantástico?

-Es muy lúdico, es directamente algo que te lleva a la infancia, un momento de la vida divertido y desconcertante, porque casi todo se vuelve posible.

-El universo ficcional, el argumento y la postproducción cobran mucho protagonismo en ese tipo de géneros, ¿Todo eso sobresale por sobre las actuaciones, o por el contrario, la potencian?

-La posproducción siempre ayuda a construir el universo, pero si no se encarna desde la actuación es puro efecto y queda algo vacío, que es lo que pasa con muchas películas hollywoodenses. Me parece que en acá eso no pasó porque hubo un gran elenco y mucho trabajo puesto en los actores y las actrices, en la actuación.

En Inmortal pareciera arriesgarse la hipótesis de que el amor puede trascender a la muerte, ¿cómo pensás que se conjuga esta idea romántica dentro de los tiempos actuales, en dónde el amor está cada vez más devaluado?

-Sí, en realidad en la película los personajes luchan por encontrarse, por comunicarse, y eso también es una visión romántica de los vínculos, pero además muy real. Ana, mi personaje, intenta traer a la vida a alguien, sacar a una persona de un letargo. Por lo tanto, se olvida de sus objetivos y se detiene en lo posible. A su padre ya no lo puede traer, pero a ese otro hombre moribundo, del cual además ella está enamorada, sí. Entonces creo que finalmente una de las cosas de las que habla la película también es de la vida y de lo vital.

¿Cómo analizás la participación de las mujeres y de las diversidades en la industria audiovisual hoy?

-Me parece que ahora hay muchas más mujeres y diversidades trabajando en la industria, y eso sin duda tiene que ver con todos los derechos conquistados. Pero también creo que las mujeres de las ficciones del cine argentino todavía están llenas de estereotipos. Generalmente son mujeres buenas y buenistas, simpaticonas; mujeres despeinadas y hartas de los tipos, y siempre madres, por supuesto. Creo que en Argentina todavía faltan directoras y directores que le den otra entidad a los personajes femeninos, porque las argentinas somos mujeres valientes y fuertes, con sensibilidades y mundos propios muy potentes que todavía no han sido muy explorados.

Ana, la protagonista que interpretás, en principio iba a ser un personaje varón, ¿ese cambio tuvo algo que ver con esto que estás diciendo?

-La verdad que no sé cuáles son las razones por las que Fernando decidió hacer ese cambio, pero los símbolos cambian los significantes. En lo que es la relación padre-hija a padre-hijo por ejemplo, las tensiones son bastante distintas. Pero en todo caso, como Fernando es un director que siempre se arriesga a lo creativo de verdad, creo que enfrentó todas estas cuestiones con ganas de investigar esas tensiones.

-¿Cómo es trabajar con Spiner de chica y cómo es ahora? ¿Notás alguna diferencia en el vínculo?

-El vínculo no cambió, siempre fluyó de una manera muy orgánica. A Fernando yo siempre lo quise mucho, porque es de esos directores que te hacen sentir bien, te hacen sentir cómoda, querida, y eso para mí es la puerta al éxito del trabajo, y de la relación con alguien mientras estás trabajando también. Con él siempre hay humor antes de las escenas, nos reímos mucho de diferentes cosas que pasan, o de delirios que no tienen nada que ver con lo que hay que hacer. Me parece que eso también es un buen método para que las escenas salgan bien, y además hace que una esté confiada y sienta que hay un entendimiento; ayuda a que aparezca la emoción y que la cabeza esté relajada para que no trabe la acción, algo que para actuar es muy fundamental.

-¿Poder hacer arte en este momento complejo que estamos viviendo a nivel mundial ayuda a sobrellevarlo un poco mejor?

-Sin duda, me parece que siempre es bueno recordar que quienes podemos filmar en momentos así somos realmente privilegiados, y también que hacemos ficción porque la realidad es insoportable, así que estar en un set es siempre un motivo de festejo.

-Con Spiner ya habías filmado La sonámbula en 1998, ¿qué recuerdo tenés de esa experiencia?

-Me encantó trabajar en La sonámbula. Yo estaba filmando algo, ahora no recuerdo bien qué, y me enteré por una asistente que Spiner estaba haciendo una película. Entonces le mandé a decir que quería actuar ahí, y él me mandó a decir que no había un personaje para mí, salvo algo muy chico, de un día de rodaje o unas horas; y yo feliz le dije que sí. Me acuerdo que fui como una fanática, solo para estar en un rodaje de él. Y bueno, así fue como nos conocimos Era un momento chico el que me tocó hacer, pero la idea de la escena y todo lo que le pasaba al personaje estaba buenísimo.

-¿Por qué elegiste dedicarte a la actuación?

-No sé, es una profesión a la que siempre le tuve mucho respeto.

¿Qué te acordás de esas primeras las clases de teatro?

Al principio me costaba, porque era muy tímida. Tardé como un año para pasar al escenario. Pero eso sí, no me perdía ni una sola clase. Me acuerdo de mirar siempre con mucha admiración a quienes se animaban a ponerse en frente de todes, porque yo no me sentía para nada valiente.

Hay que ser audaz para encarar el oficio, ¿no?

-Sí, cada día me doy más cuenta de eso, de que al final actuar se trata de arrojarse, de animarse, de ser valiente.



InmortalDirección: Fernando Spiner. Guión: Fernando Spiner, Eva Benito y Pablo De Santis. Actúan Belén Blanco, Daniel Fanego, Analía Couceyro, Diego Velázquez y Patricio Contreras. Estreno: 2 de diciembre. En cines.