La pandemia podrá privarnos de muchas cosas, pero nunca de buenas chacareras, zambas, canciones y clásicos de siempre. Con ese espíritu este sábado se presentará vía streaming Riendas Libres, la banda de Peteco Carabajal (guitarra y voz) que completan su hijo Homero (guitarra) y Martina Ulrich (percusión). El incansable cantante, compositor y multiinstrumentista vive estos tiempos con precaución, pero también con entusiasmo y ganas de hacer cosas.

“Padre tiempo completo, sí, sí”, confiesa desde su residencia de Moreno, provincia de Buenos Aires, donde está pasando estos meses en el que la pandemia por el coronavirus llevó a implementar la cuarentena y el aislamiento. “Aquí en mi casa están Benicio y María, que tienen 12 años, son mellizos, y están conmigo porque no hay escuela. Estamos separados con la mamá, pero ella vive al lado, tenemos dos terrenos aquí, dos casas. Y los chicos se quedan conmigo, por suerte les gusta. Así que el horario mío lo marcan ellos, porque a las 8 se tienen que despertar para empezar las tareas de la escuela. Yo me levanto con ellos, les hago el desayuno, después hago el almuerzo, a la noche ya viene alguien a hacerle la cena o a lo mejor comen con la mamá, o comemos todos juntos. Ellos están conteniéndome bastante”, detalla.

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“Mi hermana me dice que nosotros, los santiagueños, somos ideales para la cuarentena –sigue–. Y tiene razón, porque yo en mi casa la estoy pasando bien. Hago lo que quiero, tengo tiempo para aprender muchas cosas de aquí, de mi casa, que las tenía pero no las vivía: barrer, por ejemplo, yo nunca había barrido. Estos tiempos también permiten recordar que no es necesario tanto lo material. Yo iba todos los días a Capital aunque no tuviera nada que hacer. Agarraba el auto, me iba para allá a Sadaic, a tomar un café. Ahora no. Ahora me da ganas de quedarme todo el día acá: leer, tocar la guitarra y pintar, estoy pintando mucho óleo y preparando una muestra virtual”.

–¿Benicio y María están interesados en la chacarera?

–Benicio tiene ese fuego. Toca la percusión, toca la guitarra también, pero es bueno en la percusión, con el bombo. A María le gusta Grey’s Anatomy (ríe), quiere ser doctora, le interesa todo eso. No quiere saber nada con la música.

Este Peteco familiar, que a los 64 años asegura “sé que me quedan solo diez
años de Premier League, no puedo decir 20, pero diez lo puedo asegurar” (vuelve a reír) es muy parecido a todos los personajes de Chacarera (ver recuadro), la película con la homenajeó a su padre, Carlos, y con él, a toda la chacarera y a su Santiago del Estero natal.

“Mi viejo significó mucho en las dos dimensiones: desde lo sentimental, por ser nuestro papá, y desde lo artístico. Era muy fuerte, nos guiaba, nos brindaba cosas siempre. De alguna manera, aunque no le hacíamos caso a veces, siempre íbamos siendo llevados por su visión”, destaca.

Y anticipa que se viene una saga (al menos una) de Chacarera. “Tenemos que hacer una segunda ya tomando la cosa desde Andrés Chazarreta hasta nuestros días. Haciendo hincapié en todos los artistas santiagueños que han hecho la historia de la chacarera y la cultura santiagueña. Es una cosa que todavía tenemos pendiente y tenemos ganas de hacerlo. Tal vez sería más documental, pero siempre jugando con la artístico. Hay mucho presente en Santiago y es muy fuerte. El mérito que yo le veo a Santiago es que se está al día con lo que pasa culturalmente. En Buenos Aires la gente no está pendiente de lo que es su cultura, hay autores nuevos pero hay muy pocas posibilidades de que se conozcan. En cambio en Santiago sale una chacarera de Marcelo Mitre y al mes ya es conocida en toda la provincia; sale una de Horacio Banegas y al ratito ya es conocida. Está como más viva la cosa. La película tendría que ver más profundamente con ese viaje de vuelta hacia el origen, hacia África, pasando por Europa –por España principalmente–, porque consecuencia de todo eso es la chacarera.”

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(Foto: Diego Paruelo)

Ese orgullo de hoy es el reverso de lo que, precisamente, cuenta en Chacarera: el éxodo que siguió a la deforestación salvaje del monte, la pérdida de trabajo y el viaje hacia la gran ciudad en busca del pan. “A través de mi viejo se explicaba muy bien toda la historia del santiagueño que se tuvo que ir a Buenos Aires en los años ’40, ’50. ‘Añoranzas’ es la que mejor expresa ese sentimiento porque es una chacarera en la que el tipo casi está protestando contra todo lo que le quitaron, todo lo que tuvo que dejar. Casi es como el Martín Fierro cuando lo mandan a pelear y le quitan la mujer, los hijos, el rancho: le sacan toda la felicidad que tenía. Y para los  santiagueños ha sido lo mismo. Todos los que escribían, los artistas, los intelectuales, todos asumieron ese destino: el pueblo santiagueño lo asumió.”

Pero como cambia, todo cambia, y acaso cansados de ver a sus mayores vivir anunciando el sueño nunca cumplido de terminar sus días en Santiago, la generación de Peteco hizo el camino inverso.

“Por suerte, podemos decir que desde hace 30 años, más o menos, el santiagueño ha cambiado, ha torcido ese destino y ha empezado a quedarse y a invitar gente. Por eso los dos himnos de Santiago son ‘Añoranzas’, que responde a una realidad y a una historia, y el segundo que se consolidó solo como himno es ‘Entre a mi pago sin golpear’. No porque sea mi chacarera, sino porque una habla del exilio y la otra cambia el paradigma, es la que invita a Santiago.” «


¿Cuándo?

Riendas Libres en Primavera-Streaming. Sábado 26 de septiembre a las 21 (hora de Argentina). Entradas a la venta en linktr.ee/Riendas_Libres.

Una historia de película

La película Chacarera (2013) surgió un poco de casualidad. “No tenía ningún tipo de experiencia con el cine salvo el de ir a ver películas”, recuerda. Peteco había organizado un homenaje a su padre, Carlos, en un gran recital. Y Miguel Miño, a través de un amigo en común, le había pedido que musicalizara una de sus películas. “No sé por qué, pero ahí le conté que tenía un tema con mi papá, con la chacarera. Debo haber hablado de alguna manera que lo impactó, porque desde ese día el loco estuvo al lado mío hasta que se terminó la película”, agrega.
Miño filmó los ensayos del tributo y un día que Peteco se iba a Santiago le dijo que él también quería ir. “No teníamos nada, nos reíamos y soñábamos, y fuimos con un pequeño equipo. Filmamos sin guión situaciones con las familias, algunas que parecen actuadas, pero están ocurriendo ahí en el momento de dolor”. La película tiene la gran virtud de transmitir lo que para el santiagueño significan la chacarera y su tierra, algo por cierto inseparable. “En 2018 fuimos de gira a Europa y llevé la película: la subtitulamos al italiano, al francés, al ruso y la pasamos en Moscú, París, Roma, Milán, Barcelona. El público venía a hablarme emocionado. Ahí me di cuenta de que estaba buena (ríe).”


Un recorrido de cien años

“Cuando veo un libro mido lo gordo con los dedos, el índice y el gordo. Si es muy ancho no lo leo, si es muy angosto, tampoco; tiene que tener un centímetro y medio, dos a lo sumo. No sé cuántas páginas será eso, pongámosle 300.” Así explica Peteco cuál será la extensión de su Cien años de chacareras, como titula a su libro “haciendo un juego con Cien años de soledad, que habla de la familia Buendía”. Los Carabajal hoy son “más de 500 y pico los de la familia derivados de un solo matrimonio, que está repartido en mis abuelos, sus doce hijos y los cientos de nietos”.


Peteco dice que fue el padre quien le “brindó la posibilidad de escribir” durante los días previos a su muerte, mientras estaba en terapia. “Fue un día que me quedé con él mucho tiempo, en silencio, porque ya no tenía casi signos. Me senté enfrente y le agarré la mano. Y cada tanto notaba como un pulsito, un latiguito que le hacía la mano. Entonces la novela es como que le estoy tomado de la mano y empiezo a sentir, a través de los latidos, que me empieza a llegar un bombeo de sangre y una explosión de cosas, y que entro en un estado no normal: me manda no sé a dónde… Y atrás de la sangre de las venas y de los latidos me cuenta cien años de historia de la familia; me hace ver la historia, como si hubiera entrado en un estado no ordinario: de pronto la estoy viendo a mi abuela cuando tenía 10 años, viendo a mi mamá, a mis hermanos, a mí mismo más chico. Cien años de historia en un ratito que estuve con él. Pero no son anécdotas. Hay por ahí de vez en cuando alguna que es graciosa o trágica, pero sirve para hablar de otras cosas. Lo he tomado como un cuerpo de vida, entonces se habla del nacimiento, la infancia, la muerte, la juventud, de los trabajos, los amores, la vejez, la memoria. De todas las cosas que experimentamos los seres humanos en vida.”