Puan, la película argentina dirigida por María Alché y Benjamín Naishtat, comienza como una efectiva comedia y termina en un drama político y social. Como comedia recurre a tópicos clásicos del humor: el subgénero de los enredos, la torpeza física, la sátira, la escatología, entre otros. Pero es particularmente como drama cuando la película alcanza sus cúspides y el lucimiento solo reservado a las grandes películas: pasar airosamente de los conflictos individuales e íntimos a la tragedia colectiva argentina.

En principio, narra la historia de Marcelo Pena (Marcelo Subiotto), el perfecto antihéroe que hace honor a su apellido: un profesor universitario desconforme tan avezado en sumergirse en los universos de Kant, Hobbes y Rousseau y en socializar didácticamente la filosofía política en las aulas como, con-al menos- dificultades para expresar sus sentimientos y llevar adelante sus relaciones interpersonales en sus roles de esposo, padre o amigo. En términos profesionales, Marcelo dedicó su vida exclusivamente a la enseñanza en la Universidad de Buenos Aires. Pero, por afán de supervivencia, en un país que ve agravarse su crisis económica, se somete a la humillación de dar clases particulares a una octogenaria ricachona (Zulema Galperín) para la cual la filosofía es un pasatiempo intercambiable con shows de magia.

Para dejar en evidencia las incapacidades emocionales y las limitaciones y frustraciones profesionales de Marcelo nada peor que la aparición del que, en principio, parece su antítesis: Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia), el prototipo del intelectual “exitoso”, narcisista, seductor en las aulas y en la vida y que regresa de Frankfurt a Argentina a recitar frases de Kant en alemán y conquistar a la concupiscente Vera Mota (breve cameo de Lali Espósito).  

La rivalidad entre los polos opuestos y el nudo del conflicto se desata cuando la muerte súbita del titular de Cátedra de Filosofía Política deja una disputada vacancia docente. Entonces, ambos contrincantes, se enfrentarán en lo que, en principio, supone un duelo entre dos modelos intelectuales y pedagógicos y que en la universidad pública suelen expresarse casi en términos de grieta irreconciliable: la de aquellos que resisten los avatares económicos, sociales y políticos en la Argentina y la de quiénes los eluden y se especializan académicamente en el exterior.  

Evidentemente a los directores no les son en absoluto ajenos los entretelones del mundo universitario en general y en particular del submundo que constituye la facultad ubicada en la calle que da nombre a la película (y que frecuentemente, en el habla de quienes la habitan otorga nombre a la propia facultad). Por eso, logran un retrato veraz -aunque en tono de parodia- tanto de la vida cotidiana universitaria (cierto descuelgue del estudiantado, la constante interrupción de las clases por la militancia partidaria de las izquierdas, el lenguaje docente, la cadencia de las clases, entre otros aspectos) como de las mentadas reuniones de cátedra y de los entretelones, miserias, antagonismos y cruentas peleas a las que dan lugar los concursos docentes.

En esta primera etapa de la película, el sólido guión y las destacadas interpretaciones de Marcelo Subiotto y Leonardo Sbaraglia (y que en Subiotto alcanza cumbres de excepcionalidad artística) para encarnar estos estereotipos de personalidades académicas sostienen una ficción cinematográfica entretenida y por momentos conmovedora. Para eso se ven acompañados por un elenco descollante compuesto por Julieta Zylberberg, Alejandra Flechner, Mara Bestelli, Cristina Banegas (interpretando a la decana), Héctor Bidonde y Andrea Frigerio, entre otros.

La segunda etapa de la película se concentra en el contexto social. En este sentido y teniendo en cuenta que el guion tiene al menos un lustro, asombra la manera en que presagia las peores pesadillas locales contemporáneas, los demonios colectivos que si recurrentemente son una amenaza latente actualmente se materializan en promesas electorales de libertad y salvación. En este sentido, una canción de Virus, esboza la pintura completa de aquellos que se presentan como el orden o los salvadores del caos: “Los cocineros son muy conocidos / Sus nuevas recetas nos van a ofrecer / El guiso parece algo recocido / Alguien comenta que es de antes de ayer”.

Marcelo Subiotto y Leonardo Sbaraglia, los ejes de Puan.

En un clima en el cual la crisis económica marcha al ritmo de la subida creciente del dólar, la ficción da cuenta del posible apocalipsis de la educación pública. De esa manera, Puan se transforma en metáfora de un país en donde todo lo público se pone en tela de juicio y -parafraseando a Charly García cuya música resuena en el film a través “Transas” de su icónico Clics modernos– “puede desaparecer”.

Las resistencias de los protagonistas de Puan por la defensa de la educación pública presentan escenas, voces y cánticos que presentan ecos conocidos de otras luchas libradas durante los años noventa. Así, la película deviene en espejo de una sociedad que repite la historia y puede estar recorriendo nuevamente el camino que va de la farsa a la tragedia. Si en otros momentos, el surrealismo siniestro se encarnó en ex cabos de policía con delirios esotéricos y ocultistas, en dictadores luciferinos o en riojanos de patillas frondosas que vendieron su alma al diablo, hoy aparece representado, entre otros, en mediáticos con pelucones que parecían risibles en programas de reality que se autodenominan periodísticos y que hoy despliegan un mensaje proteico peligroso y antidemocrático.

Así, como los mejores documentales de Pino Solanas, Puan es una película con una profunda intensidad política que termina hablando de nuestra época y de las posibilidades de resistencia de esta época.  Absolutamente necesaria ´para los tiempos que corren, en su efervescencia y esperanza quizás devenga en símbolo paradigmático, en caballito de batalla cultural de las luchas sociales que haya que librar en un futuro cercano.

Puan

Dirigida por María Alché y Benjamín Naishtat. Con Marcelo Subiotto, Leonardo Sbaraglia, Julieta Zylberberg, Alejandra Flechner, Mara Bestelli, Crisina Banegas y Andrea Frigerio. En cines.