Ignacio Concetti es el director de la Escuela Secundaria N°55 de Florencio Varela, “en el límite de lo rural y lo urbano”, según define. “Es una de las primeras escuelas saliendo del centro, con 292 estudiantes, sobre todo hijos de productores rurales y agrícolas de origen boliviano asentados en barrios como Villa Hudson y Los Pilares”.

A los 48 años, padre de tres varones adolescentes y marido de una profesora de otra escuela de la zona, Ignacio dice que “este ciclo lectivo había comenzado con mucha expectativa a partir del cambio de gestión, pero a los dos o tres días del inicio de clases se anunció el aislamiento”. Había habido encuentros previos entre docentes, padres y alumnos donde se abordó  la importancia de la higiene, pero sobre todo para atacar las epidemias de dengue y sarampión. El coronavirus cambió todo.

Sumate y apoyá el periodismo autogestivo

ASOCIATE

“La escuela permanece abierta. Siempre hay alguien. Nunca se cortó el vínculo entre los integrantes de la comunidad educativa. Nos comunicamos de diferentes maneras, mucho por WhatsApp. Aquí hay familias vulnerables, no todas tienen computadora y conexión, pero en todas las casas hay al menos un celular”, describe Ignacio, y destaca que en unos 12 grupos de chats, integrado por unas 50 personas cada uno, circula toda la información, los avisos de la escuela, las preguntas, las devoluciones, incluso alguna que otra broma para distender en tiempos de crisis.

Más allá de lo pedagógico, los docentes encaran otro trabajo que es igual de urgente: paliar el hambre en las barriadas. A través del Servicio Alimentario Escolar, la escuela ya se dispone a realizar la tercera entrega de bolsones de comida. “La primera se basó sobre los guarismos que había establecido el gobierno de María Eugenia Vidal, y enviaron alimentos para abastecer el 60% por ciento de los hogares. Tuvimos que hacer magia. Por suerte, eso se ha ido regularizando”.