Juan Domingo Sotelo tiene 71 años y es jubilado. Y además es canillita. Hace dos décadas. Atiende, desde el alba, su kiosco de diarios y revistas, a una cuadra del puente que surcan mañana, tarde y noche las formaciones del tren Roca.

“Mucha menos gente se acerca con esto del virus, incluso algunos vecinos han dejado de comprar diarios. Dicen que el papel puede estar infectado, tienen temor. Pero ayer leí un artículo, en donde un médico decía que no hay peligro en el papel. Como sea, yo sigo el protocolo al pie de la letra”, explica.

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Sale a laburar porque la plata, dice, no alcanza para llegar a fin de mes: “Y en el puesto no pasa nada. Mire que los canillitas veníamos golpeados, pero este virus fue un trompazo que nos dejó nocaut. Ojalá termine pronto esta locura.”

Hace un par de semanas, Juan Domingo empezó a usar barbijo: “También me lavo las manos varias veces con agua y jabón, tengo alcohol en gel, líquido, esto ya parece una licorería. Manipulo lo menos posible los ejemplares, me cuido y cuido a los clientes.” Su principal consejo para los fieles lectores de la prensa escrita: mantener la distancia cuando compran el diario. Y que se informen: “Al virus se le va a ganar con información, sin noticias falsas, sin volvernos locos ni sembrando el pánico.”

Cuenta que extraña con locura la charla cotidiana con los vecinos, el chisme de barrio compartido. Pero la sensación de soledad, confiesa, le dura poco. Frente al puesto descansan Linda, Princesa, Cartucho y el petiso Rocco, cuatro perros compañeros que no saben de cuarentenas ni distanciamientos.