El suelo catamarqueño ofrece recorridos por paisajes únicos como los “seismiles”, los textiles y las producciones de especias, los vinos y el aceite de oliva. Pero entre Fiambalá y Tinogasta hay cincuenta kilómetros en los que la historia se narra en clave de adobe.

Es una travesía que une localidades y parajes donde se vislumbran edificios de hace tres siglos, construidos con ladrillos de adobe. Su puesta en valor permite que al mirarlos, tocarlos y recorrerlos, la historia cobre otra dimensión.

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De muros ásperos, lisos, en comunión con el paisaje, la propuesta es tan amplia como los siglos de la Argentina antigua: oratorios, Iglesias, comandancia de armas, viejas casonas familiares, que en algunos casos fueron distinguidas como Monumento Histórico Nacional y en otros, el viaje se convierte en un mundo de sensaciones entre el pasado colonial y el presente siglo XXI, con spa, termas, bodegas y viñedos.

El recorrido en clave de adobe es bien al oeste del mapa de la provincia. En menos de dos horas desde San Fernando del Valle de Catamarca, se accede a este circuito donde la Ruta Nacional 60 es la base para unir estos edificios del 1700 y relatar cuatro siglos en cincuenta kilómetros.

En Tinogasta comienza el recorrido histórico. El secretario de Cultura, Turismo y Educación de la localidad, Marcos Stieble, cuenta a Tiempo de Viajes que construyeron en adobe una réplica de la iglesia más antigua en pie que es la de la Virgen de Andacollo, en Anillaco (sí, como el famoso pueblo riojano del ex presidente), y la montaron en el stand que armaron en la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho que hoy culmina su 51° edición. “La gente se para en el stand y quiere ir a visitar Tinogasta para ver la Ruta del Adobe”, dice entusiasmado Marcos Stieb quien recomienda: “vengan a visitar Tinogasta, por la calidez de la gente, por nuestros paisajes. Van a conocer algo nuevo, diferente, no se pueden perder nuestros vinos, nuestra cultura y nuestra arqueología”.

Explica que la Ruta del Adobe significa historia, cultura y tradición: «Es una huella que dejaron nuestros antepasados. El tipo de construcción que se sigue sosteniendo y utilizando es el adobe, que es el uso de la tierra, del barro, de la paja, y por muchas cuestiones que tienen que ver con lo técnico y la durabilidad es su importancia”.

En esta localidad catamarqueña, el circuito puede iniciarse en Casa Grande. Fue el primer edificio restaurado y representó el puntapié inicial para esta Ruta del Adobe hasta llegar a Fiambalá, famosa también por sus termas. Los edificios históricos de adobe están junto a la Bodega Don Diego, uno de los emprendimientos vitivinícolas pioneros en esta zona.

En Casa Grande, hotel de Adobe, el visitante se puede alojar, almorzar y disfrutar del spa. Es de los descendientes de Rodolfo Orellana, quien se estableció aquí en 1884 y se convirtió en el primer vicecónsul chileno en la Argentina. Reconstruyeron cada rinconcito, cada muro y cada habitación de esta vieja casona que hoy ofrece viandas gourmet, almuerzos y alojamiento en las mismísimas habitaciones en las que descansaba aquel funcionario. Claro que fue modernizado en el patio y tiene hasta pileta.

Este recorrido de cincuenta kilómetros sintetiza la historia de América hecha en adobe. Porque también en “Anillaco” están las ruinas de lo que fue el mayorazgo que albergó en 1536 a Diego de Almagro, el adelantado español que llegó a la región.

Muy cerca se accede al oratorio de la familia Orquera que data de 1747. Una descendiente directa, Rosita Orquera de Avila, fue impulsora de este punto en la ruta y recibía en persona a los visitantes.

Cuando uno llega a Fiambalá, famosa por sus termas en la montaña, hay una parada imperdible: la Iglesia de San Pedro (Monumento Histórico Nacional de 1770), el Mayorazgo y la Comandancia de Armas, un conjunto edilicio icónico de la Ruta del Adobe. Caminando veinte pasos está la finca y Bodega Don Diego. Buen momento para disfrutar. Si no se maneja, claro.

La Ruta Nacional 60, famosa porque conduce a Chile por el Paso de San Francisco, revela una belleza imponente: “Los seismiles”: la mayor concentración de picos de volcanes que pasan esa enorme altura de metros. El camino, que forma parte del programa de Rutas Naturales que impulsa el Ministerio de Turismo de la Nación, es una cinta de asfalto que se sumerge en el paisaje y dibuja curvas y contra curvas para rodear las montañas que por momentos forman un contrapunto entre el cielo turquesa y los macizos ocres, rojos, púrpura y verdes. Porque la historia de las rutas argentinas también es la historia de todos los colores que una persona se puede imaginar.