Sobre la fachada del galpón reposan un bravo puma y la cabeza de una jirafa forjados en poliuretano. Sólo un botón de muestra de los incontables misterios que cobija la nave central del Instituto Superior de Taxidermia y Conservación, enclavado en un pulmón verde de Carlos Spegazzini. Junto a la puerta, un rey león deja ver sus filosos colmillos, su fiereza eternamente congelada. A unos pocos pasos hay nutrias, quirquinchos, zorros, coatíes, peces gordos y otros más estilizados, antílopes, varios lagartos, dos tiburones, un tucán y hasta un jabalí con cara de pocos amigos. «Esto no es nada, señor. Apenas el 1% de mis 40 años de trabajo», asegura con modestia Pedro Bienvenido Viamonte, director de la institución y figura vital de la taxidermia nacional. Personaje renacentista, paciente docente, artista elevado, científico sin pergaminos y, sobre todo, dueño del saber que hace que algo muerto, vuelva a la vida. 

«Los límites de este oficio son más bien difusos –dice Viamonte mientras convida un mate amargo–. Es un arte pero también una ciencia. Cuando llega un nuevo alumno, lo primero que le explico es que si aprende la técnica, esto se puede transformar en un trabajo. Pero si además uno logra darle expresión de vida al animal muerto, se convierte en un arte. Esto último no lo puedo enseñar, es un don que tienen pocos».

A los 82 años, Viamonte mantiene su vigor conservado en formol y no anda con eufemismos: «De los cientos que se dicen taxidermistas, sólo lo son el 5 por ciento. El grueso son montadores de pieles». En la fría definición enciclopédica, la taxidermia –del griego taxisa (arreglo) y dermis (piel)– es el arte de disecar animales, generalmente mamíferos, para conservarlos con apariencia de vivos, con fines pedagógicos o expositivos. Prima hermana de la milenaria práctica del embalsamamiento nacida en el Valle del Nilo, la taxidermia nació en el siglo XVIII pero fue popularizada por la Inglaterra victoriana, entusiasta en la ostentación de suvenires de viajes exóticos y de la mímesis domesticada de la vida salvaje. Hasta bien entrado el siglo XX fue una actividad bastante marginal y, pese a su veta científica, señalada como oscurantista. En los ’60, los avances en la industria química aportaron novedades para el curtido de pieles, se perfeccionaron las estructuras y se abrieron las primeras casas especializadas. «El embalsamado quedó demodé hace años –reflexiona Viamonte y acomoda la cornamenta falsificada de un oryx africano–. Yo enseño la taxidermia moderna: desde la conservación hasta el curtido de las pieles. Pero también la escultura, que es lo central. Piense que la hago a ciegas, antes de montar la piel. Al animal hay que darle la expresión de vida: si está asustado, triste, enojado… En definitiva, que resucite».

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Viamonte nació en Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco. «En el campo veía pecaríes, corzuelas, a veces algún puma», recuerda y se le iluminan los ojos. Antes de cumplir los 15, un tío lo invitó a venir a Buenos Aires, a estudiar. «Me instalé en Caseros. Estudiar no pude. Y empecé a trabajar en la construcción. Vivía en la obra, no tenía ni para el hotel». Con el tiempo se convirtió en un experto en el manejo de los materiales: el yeso, las molduras. Un escultor sin título oficial, graduado con honores entre albañiles. 

A la taxidermia llegó por pura curiosidad. Una tarde de 1970 leyó un artículo en una revista Patoruzú que narraba los secretos del oficio. Se promocionaba la apertura del primer instituto argentino, el segundo en el mundo. Quedó boquiabierto. Fue y se anotó. «Eran todos profesores de universidad. Hacían taxidermia menor. Les debo mucho en mi formación. Pero al poco tiempo, con mis conocimientos de materiales, arranqué con piezas mayores, que eran una novedad». El alumno superó a los maestros en un abrir y cerrar de ojos. «Imagínese que un día, el director trae un escultor del Bellas Artes, para darme un curso. ¿Sabe lo que dijo el hombre? ‘A Viamonte no le puedo enseñar a usar las herramientas, las usa mejor que yo’. El tipo no sabía nada de animales. Este arte no es copiar lo que uno ve, sino lo que no vemos». 

De aquellos años conserva en su desordenada biblioteca, junto a manuales de fauna asiática y ejemplares raídos del Bestiario de Cortázar y El beso de la mujer araña de Puig, dos tratados de taxidermia, biblias de la disciplina. Ahí están retratados sus trabajos. También un joven Viamonte junto a Jorge Ismael García, decano de la Facultad de Ciencias Naturales de La Plata y docto en la materia. El autodidacta y el académico dándose cordialmente la mano.

A fines de los ’70, Viamonte se independizó, abrió su propio instituto y se transformó en una eminencia. En cuatro décadas hizo miles de trabajos para museos, clientes particulares y hasta para films como El aura. Por sus cursos intensivos de tres meses de duración –siete días a la semana, de 7 a 22– ya pasaron más de 13 mil discípulos que llegan de todo el mundo. Por 3600 dólares con pensión incluida –los aspirantes locales pagan mucho menos–, el estudiante puede aprender los mil y un secretos de la taxidermia. «Yo les enseño el abecedario –aclara el maestro, mientras hojea un curtido Atlas de anatomía animal– y ellos empiezan a hablar. Milagros no se hacen».

¿Cuál es su obra cumbre? Le cuesta elegir. «Me gustan las piezas completas. Hice osos de tres metros, búfalos… ahora estoy con una jirafa. A todas les guardo cariño. Una escultura es como un hijo. Muchas veces me ha pasado que no las quiero entregar». El creador también ha explorado el cuerpo humano: «El summum, aunque no me he dedicado en profundidad. En definitiva, el hombre es un animal más sobre el planeta. Iluso el que cree que no es así».

Cadáver exquisito

Viamonte se detiene frente a unas grandes cajas de madera tatuadas con sellos postales de Turquía, Pakistán y otros parajes distantes. En ellas llegan las pieles de los animales que eternizará. Muchos de sus más fieles clientes son cazadores: «Una actividad que no está muy bien vista. No la juzgo, pero sí me parece bien que esté reglamentada. El placer del cazador no está en ver el trofeo. Atrás de la pieza está el recuerdo de las expediciones, de lo que lograron hacer. Yo prefiero las piezas para museo, donde se aprecia la anatomía». Viamonte no muerde la mano que le da de comer. Los cazadores pagan generosamente por sus servicios. 

Detrás del galpón hay un auténtico cementerio de animales en molde. Hormas con forma de caballo, chanchos silvestres, ciervos y animales domésticos. «Cada vez son más los clientes que vienen con sus mascotas. Ahora estoy con un perro grande. Si el dueño se siente bien mirando a su mascota eternamente, yo lo hago, pero no lo comparto. Mire que crié perros, zorros, zorrinos, pero nunca para hacerlos taxidermia. Amo los bichos. No lo hice ni con Piquete, mi perrito que me acompañó por años».

Dos sueños quiere cumplir Viamonte en vida. Uno es engendrar una copia fiel de un mamut, «el más grande de su especie, cuatro metros de alto y colmillos de casidos, pero hacerlo desde cero, la piel, pelito por pelito». Pero su anhelo mayor –y el de todo taxidermista– es el museo propio. «Trabajé tanto para otros, que me quiero dar ese gustito. Reunir mi obra y abrirla al público. Yo sé que un día me voy a morir. Pero ahí va a quedar mi legado eterno». «