La primera película de Favio que vi fue el Moreira, cuando yo era un nerd adolescente y deambulaba por los cineclubes en la Córdoba de los ’80. Recuerdo el final poderoso de la película: la música, la sangre, un cuchillo entre los dientes. Emoción pura. Pasaron los años y fui conociendo el resto de su cine. Cuando se estrenó Gatica ya estudiaba cine y la película era un acontecimiento que se discutía y disfrutaba. Favio se había vuelto vigoroso, intenso y desgarrado. Favio regresaba como si fuese un padre admirado que había hecho un viaje largo. Eso es lo que fue para una generación de cineastas que se sentían huérfanos de referentes locales, un director faro. Había filiación. 

Su cine se desplaza de lo épico a lo íntimo y en él conviven el desborde y lo austero. Hizo películas enormes, operísticas, y otras pequeñas y silenciosas. Entre sus películas épicas y las contenidas hay una rareza: Soñar, Soñar (1976), que puede no ser tan perfecta como otras, pero tiene personajes inolvidables y una especie de romance entre Carlos Monzón y Gianfranco Pagliaro. Imposible olvidar la escena en donde uno le coloca los ruleros al otro y la cámara se mueve sin justificación. Soñar, Soñar tiene una libertad, una ternura y una rara poesía que no abundan hoy en día. 

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En su última película, Aniceto (2008), volvió sobre su propia obra como quien necesita regresar a un lugar conocido para reinventarse. Favio filmaba por necesidad y placer, se siente la dicha en cada uno de sus planos. Se lo extraña pero está su cine, sus imágenes que permanecen en la memoria irradiando, imborrables, inolvidables, vivas. «

*Cineasta, dramaturgo y escritor