Desde el punto de vista antropológico, pensar que el pueblo mapuche es chileno o argentino es un error anacrónico.

Es un error, un error total, ya que las fronteras internacionales, y la conformación misma de los dos países, no tienen, ni por asomo, los más de 15.000 años de ancestralidad territorial de las comunidades, como ya la arqueología ha destacado con irrefutables evidencias científicas.

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Y es un error anacrónico, porque ya hace muchos años se ha explicado tanto su ancestralidad territorial, como lo falso de la acusación de extranjería, tanto en Argentina como en Chile, cuando de legitimar la represión se trata. Los pueblos originarios son preexistentes a los estados nacionales, algo que hasta la Constitución Argentina reconoce desde casi 30 años atrás.

Estigmatizar como extranjero también manifiesta otro tipo de discriminación profundamente arraigada en las élites. Vaya paradoja, élites extranjerizantes, sometidas a los dictados del capital internacional, que nos deparan un destino como un país productor primario dependiente de las políticas imperiales de turno, ya sea España, Inglaterra o Estados Unidos.

Ser chileno no debería ser nunca un aliciente para el castigo sino para la fraternidad, como nos enseñó San Martín, nuestro gran libertador.

Entonces las comunidades originarias, todas ellas, tienen identidades territoriales ancestrales desde antes de la consolidación de las fronteras y de los estados nacionales, son preexistentes no extranjeros, parece que tenemos que repetir, didácticamente, año tras año.

En Argentina hay relevadas, por la Ley Nacional Nº 26.160, ya 800 comunidades, sobre más de 1.700 comunidades registradas en el INAI, que están asentadas en más de ocho millones de hectáreas. La mayoría de esos territorios fueron descartadospor los planificadores del genocidio indígena, por  improductivos y las comunidades se refugiaron allí durante décadas. Los salares en el NOA son el más  claro ejemplo.

En el mapa de registro de ubicación de las comunidades se ve claramente que se encuentran cercadas en las fronteras: entre Argentina y Chile el pueblo mapuche, entre Argentina y Bolivia el pueblo Wichí, entre Argentina y Paraguay el pueblo Nivacle, entre Argentina y Brasil el pueblo Guaraní, entre otros pueblos. Acorralados entre fronteras pero siempre resistiendo.

El centro productivo del país fue prácticamente desocupado por el genocidio roquista de comunidades, sin privarse de mandar a mujeres, hombres, niñas y niños como mano de obra esclava a los ingenios azucareros, yerbatales, viñedos, que manejaban los hermanos Roca y sus acólitos que gobernaron sin alternancia la Argentina 40 años seguidos.

Hoy una nueva tecnología transforma los salares inhóspitos en potenciales minas de Litio; los bosques no aptos para el cultivo y la ganadería extensiva de la cordillera son considerados como paraísos turísticos codiciados por capitalistas –ellos sí extranjeros pero millonarios siempre bien vistos–; hasta los prácticamente inhabitables Esteros de Ibera están en riesgo por ser uno de los reservorios de agua dulce más importantes del mundo y por ende las comunidades guaraníes corren nuevos peligros, como las que habitan los salares. Y por supuesto los mapuches, que habiendo perdido casi todos sus territorios ancestrales se encuentran hoy que un metro cuadrado con bosquesnativos y lagos son apetecidos como nunca por su valor inmaterial.

Por todo esto, simplificando al extremo, muchas comunidades que nunca perdieron la  posesión comunitaria y otras que sí la perdieron se encuentran envueltas en conflictos y disputas con privados, en algunos casos con el mismo Estado Nacional como es el caso de Parques Nacionales.

Las comunidades terminan así “chocando” con intereses espurios, intereses forestales, inmobiliarios, mineros, en fin, contra todos aquellos que no respetan ni las leyes nacionales ni mucho menos las internacionales, impulsados por inescrupulosos, que ven para su provecho personal y de clase, cada día con mayor ambición y codicia, los territorios libres de explotación capitalista, y por ende con mayor biodiversidad, protegidos por los pueblos originarios.

Cada día está más claro que sin medios hegemónicos que apoyen estas iniciativas económicas, pidiendo represión en primer lugar ante todo reclamo comunitario, condenando sin más pruebas que algún informe del “periodista de investigación” al servicio de los poderosos de turno -EstanislaosZeballos fue quién cumplió ese rol durante el genocidio del siglo 19- les sería muy difícil avasallar los derechos de las comunidades porque las leyes argentinas son pioneras en la defensa de sus derechos. Pero la estigmatización de extranjeros, ladrones, ahora terroristas, mañana quien sabe qué,y la complicidad de los grandes medios en la desinformación, por ejemplo ante las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel en 2017 por parte de fuerzas federales, no solo alientan nuevos conflictos, ya que sin una dimensión real del problema no hay una solución posible, sino que pareciera ser que también les reditúa electoralmente a los representantes políticos de la derecha castigar al pueblo mapuche.

No olvidamos que Maldonado “apareció” ahogado, el Día de la Lealtad, días de la elección de medio término de 2017. No son casualidades. Son modus operandis.

El pueblo mapuche cuenta aún hoy día, a pesar de numerosos intentos de borrarlo de la memoria comunitaria, con un idioma unificador, el mapuzugun -el idioma de la tierra-, que se habla desde el Océano Pacifico hasta el Océano Atlántico, sin que la Cordillera de los Andes sea una barrera del territorio que antaño recorrían en libertad de mar a mar. Quizás ahí, en esa huella identitaria está el secreto de su resistencia, no lo sé, no estudio a los pueblos originarios sino lo que el Estado y en particular la Ciencia  contribuyó en la planificación y ejecución de su genocidio, pero estoy seguro de que en las palabras de los traum, en las canciones,en los poemas, en los taiel de las machi, que atesoran siglos de luchas y esperanzas, el pueblo, mapuche, no tiene fronteras.