A unos 40 kilómetros de Mendoza Capital, en el departamento de San Martín, se encuentra Palmira, una ciudad de poco más de 25 mil habitantes dedicada a la agroindustria, la vitivinicultura y el cultivo de frutales, hortalizas, olivos y ajo. Se destaca por sus fábricas de enlatados y envasados que aún hoy trasladan los alimentos por los cargueros que recorren la vía hasta Retiro. Pero desde hace menos de cuatro meses su nombre también pasó a ser el símbolo de un sentimiento nacional.

Un servicio que forma parte del gen argentino, cruzado por los devenires de un país en crisis eternas, tan eternas como cíclicas. En estas elecciones también parece jugarse el futuro ferroviario: en las últimas horas, Javier Milei (LLA) reivindicó su intención de retirar al Estado del sistema de trenes, porque «el sector privado lo hace mucho mejor». Y acotó: “si no es rentable para el privado es porque no es deseable socialmente”. 

Desde junio, después de tres décadas cerrado y destinado al olvido, el tren de pasajeros volvió a conectar el Centro de Logística Multimodal mendocino con la Ciudad de Buenos Aires, convirtiéndose así en una de las 80 localidades del interior en las cuáles retornó en los últimos tres años y medio este servicio clave para el turismo y el comercio regional.

Tiempo es un pasajero más en este ramal, que acompaña gran parte de la Ruta Nacional 7 y atraviesa unas 15 estaciones en un promedio de 29 horas. La duración es hoy el gran desafío a mejorar, aunque arriba del vagón, en medio de paisajes únicos, el tiempo pasa diferente. El tren parte puntual, a las 8 de la mañana del viernes. Hay un ángel vigía. Es Ricardo Vallbona, de 61 años, el guarda. Está vinculado a este mundo desde siempre: es quinta generación de ferroviarios. “Es mi sangre, mi historia, mi familia, mi vida, es lo más sagrado que tengo”, enumera, mientras abre con lágrimas en los ojos el carnet de la Unión Tranviarios Automotor que lleva la foto de su padre, Enrique. Data de 1958.

El tesoro de Ricardo: El carnet de conductor de su abuelo de la Unión Tranviarios Automotor Moreno.
Foto: Eduardo Sarapura

La historia del tren refleja el devenir de un país condenado por políticas que siempre amenazan con volver. “Mi papá fue el último jefe de tranvías en Buenos Aires. Mi abuelo fue el último jefe en los trenes internacionales, cuando cruzábamos la frontera a Brasil, Bolivia o Paraguay. Se podían realizar unos 200 kilómetros adentro del otro país y ahí recién se entregaba la formación”, rememora orgulloso Ricardo, oriundo de Francisco Álvarez, Moreno. Se considera un “ferroviario que se hizo desde abajo”: empezó en la empresa cortando el pasto, pasó por limpieza, fue brigadista, control de pasajes y banderillero. “Volver a habilitar los larga distancia es extremadamente necesario –esgrime con la voz entrecortada–. Muchos pueblos quedaron fantasmas, se perdieron fuentes laborales. Le sacaron el tren y le sacaron la vida. Volver a reinaugurar esto me explota el corazón, no se tiene conciencia de lo importante que es el tren”.

Ricardo, el guarda tren, jugando con un pequeño pasajero.
Foto: Eduardo Sarapura
Jorge con una de sus dos nietas. Los tres viajan por la Argentina hace varios días.
Foto: Eduardo Sarapura

El tren, los pueblos y el viaje por placer

Jorge Ojeda tiene 70 años y llegó a trabajar cuatro en este mismo tren en los ’70. Lo recuerda «como si fuera ayer». Acababa de salir de la colimba, con 20 años, cuando entró a laburar en el coche comedor: «era manejado por una cooperativa. Corríamos tres trenes: El Libertador, El Sanjuanino y El Zonda. Había 50 servicios mensuales”. Este jubilado, que viaja con sus dos nietas por placer, explica con meticulosidad: “el estado de las vías influye y por eso hoy hay tramos en los que no se puede correr mucho. Estas formaciones son chinas, tienen una antigüedad de 10 años y están perfectas. Hay dos locomotoras, un furgón, un camarote, tres Pullman, cuatro Primeras, más el salón comedor. Adelante de todo hay un vagón generador, con tres motores de ocho cilindros y como las ruedas van generando energía, se consume mucho menos combustible”.

Son de San Luis. Subieron en Retiro, pero su viaje arrancó mucho antes. Habían estado unos días en La Feliz, tras combinarlo con el servicio Constitución-Mar del Plata. Pasión por las vías y por los paisajes del país. “El costo es bajísimo, hay mucha diferencia con el colectivo. Dos mayores y un menor, San Luis-Buenos Aires, estoy pagando 15 mil pesos. En colectivo vale el triple. Nos estamos ahorrando 30 mil pesos de ida y 30 mil pesos de vuelta. Con esos 60 mil pesos pago el hotel siete días y me sobra plata”, describe, hasta que interrumpe el diálogo para intercambiar opiniones con Cristina Campi, otra pasajera, sobre el caudal de agua que tienen las lagunas Gómez y La Picasa.

En la Estación Junín se genera un recambió importante de pasajeros.
Foto: Eduardo Sarapura
Cristina reencontrándose con su nieto, a quien visita cada vez que tiene unos días libres.
Foto: Eduardo Sarapura

Ya atravesamos Junín. Cristina trabaja en Buenos Aires, pero viaja un par de veces al mes a Laboulaye, Córdoba, donde vive su mamá de 90 años. «Soy única hija y el tren me permite venir más seguido. En tiempo no es mucha la diferencia con el colectivo y esto se disfruta”, puntualiza Cristina. Habita hace décadas en Capital Federal, pero nunca hizo el cambio de domicilio. El domingo pasado aprovechó y votó a intendente en Laboulaye. “Cuando volvió el tren, primero lo tomé para darme un gusto y me encantó. Los pasajeros y los trabajadores son muy amables. Estoy chocha, feliz. Después se me hizo costumbre y apenas me puedo escapar unos días enseguida entro a buscar pasajes”, insiste esta administradora de consorcios. De noche aprovecha a dormir, de día disfruta del paisaje, tomar mate y hablar con otros pasajeros. Se sabe, el tren es el más social de los transportes.

Gustavo y María Rosa son uruguayos y viven en Montevideo. Él es jefe de mantenimiento de redes en una eléctrica y ella jubilada de la industria cosmetológica. “La experiencia ferroviaria de mi país es muy triste, el tren de cargas y de pasajeros se liquidó durante los gobiernos de los partidos tradicionales, beneficiando a las empresas de ómnibus y a los camiones –se lamenta Gustavo–. Para poder disfrutar de un bonito viaje tengo que venir acá; aunque lo hago con mucho gusto, claro, a pesar de las 28 horas que me lleva este viaje”. En Mendoza ya tienen agendadas visitas a bodegas y termas.

La pareja charrúa jugando al truco uruguayo, mientras disfrutan del viaje a Mendoza.
Foto: Eduardo Sarapura
Maru y Leandro, son motoqueros, pero esta vez decidieron ir a ver a La Renga en Tren de Larga Distancia.
Foto: Eduardo Sarapura

El último viaje

Hay decenas de pasajeros que no pasan desapercibidos. Son seguidores de La Renga. Cuando el lector o lectora lea esto, el grupo ya habrá tocado. Para los pasajeros del tren, aún faltan unas horas de cara al show en Villa Mercedes. Leandro y Maru son pareja. Él es de Chascomús y ella de Hurlingham, pero viven en CABA. Generalmente siguen a la banda en moto por las rutas argentinas. «Pero esta vez decidimos venir en tren para hacer la experiencia de tomar un larga distancia. Han puesto coches nuevos y está buenísimo. Yo viajé en los larga distancia viejos, de Chascomús, Mar del Plata o Bahía Blanca, los diesel. Nada que ver con esto”, resume Leandro, trabajador del subte porteño.

Marta Aguilera, de 77, y Luis Barraza, de 78, van a Mendoza (donde residen desde el ’69), con sus tres hijos y cinco nietos. Subieron en Rufino. En esa localidad santafesina ella tiene familia. “Pensamos en hacer esta odisea, porque ella tiene una discapacidad, tras sufrir dos ACV –explica Luis–. Aprovechamos pensando que va a ser nuestro último viaje juntos”. Marta mira la escena, sin pronunciar palabra. Quizás esté recordando el día que se conocieron, gracias al tren. «Si esto sigue mejorando seguiremos viajando, aunque ya estemos en las postrimerías de nuestros días –asume Luis–. Es una buena manera de disfrutar la vejez”.

El personal de Trenes ayuda a subir a Marta, quien sufrió dos ACV y viaja con su marido Luis.
Foto: Eduardo Sarapura
Marta y Luis contemplando el paisaje, previo a llegar a Palmira, quizá su «último destino».
Foto: Eduardo Sarapura
Para Daniel y Jeremías es un servicio esencial

Daniel, de 44, y su hijo Jeremías, de 19, viven en Villa Mercedes, San Luis. Cada tres meses se trasladan a Justo Daract, a unos 40 kilómetros, para viajar a Buenos Aires donde el joven realiza los controles de un tratamiento de bótox que se aplica en los brazos y las piernas, debido a que nació con una discapacidad y, según lo describe su padre, su cerebro no llegó a terminarse de formar. “Fui uno de los miles que se puso contento con la vuelta de este servicio, porque puedo ir sentado a la par de él, que está en silla de ruedas. Tengo cambiadores; es todo muy amplio. Hay lugar en los pasillos para pasearlo. En el colectivo estábamos 10 o 12 horas sin movernos, sin poder cambiarle el pañal, con las piernas encogidas. En cambio acá se estira”, grafica Daniel, que se gana la vida juntando cartones y se desvive por su hijo, a quien crió solo. Si Jeremías no tuviera el Certificado Único de Discapacidad, el otro gran beneficio que tendrían sería el económico: ya que gastarían menos de un tercio de lo que le demanda el colectivo. “Soy de Justo Daract pero me tuve que ir hace 30 años cuando dejó de pasar el tren; y el pueblo, que tenía todo para crecer, no pudo despegar –relata–. Hubo mucha gente que se quedó sin trabajo, y se fue perdiendo contacto con los otros pueblos».


A partir de la gestión del presidente de Trenes Argentinos, Martín Marinucci, se creó la Unidad de Personas con Discapacidad, una área específica para brindar mayor accesibilidad comunicacional en los servicios. “Los chicos que trabajan en Retiro o los que están en Justo Daract, ya saben que venimos, nos esperan, ponen la rampa y me ayudan con el bolso. Es una atención y una calidad humana impresionante”, concluye Daniel.

El personal de Trenes controlando los pasajes en la Terminal de Palmira, Mendoza.
Foto: Eduardo Sarapura
Recorrer Argentina de punta a punta

Con sus 70 años, Mario Howlin, de San Antonio de Areco, parece frágil. Pero no le impide cerrar lo que llama un “ciclo de oro”.
“Esta aventura empezó cuando tenía 6 años y me convertí en un fanático de los viajes y, particularmente, de los trenes de larga distancia. Mi objetivo es llegar a terminar un libro que lo tengo en mente”, explica el hombre. De sus papeles saca un mapa donde tiene marcado todos los viajes que hizo por el país. “Recorrí Argentina de punta a punta, en cuanto ferrocarril existió, durante toda mi vida. Nunca se me había dado la línea San Martín y con este viaje completo el casillero”, añade Mario, quien reconoce, emocionado, que siempre contó con la compañía de su mujer, aunque esta vez, según cuenta el marido, ella lo espera en Mendoza tras tomarse un avión, «porque ya está grande para viajar tantas horas».


De hecho, la pareja estará en tierras mendocinas apenas dos noches, porque el lunes volverán volando a Buenos Aires, donde ambos tienen que cumplir con sus compromisos laborales, brindando clases de inglés. 

Separados por la vida y unidos por el tren

Juanita y Gustavo tuvieron cuatro hijos y están divorciados hace más de 10 años. Eso no les impide llevarse bien y emprender, cada tanto, un viaje juntos. “Nos llevamos mejor que cuando estábamos casados. Le regalé los pasajes porque mañana (por el lunes 2 de octubre) ella cumpleaños y pensamos que estaba bueno pasarlo arriba del tren”, indica Gustavo, quien es analista de sistemas y trabaja en seguridad informática para el gobierno de la Ciudad. “Teníamos una reunión en Mendoza el fin de semana, de la Red Sanar, para adoptar herramientas vinculadas al trastorno de ansiedad, depresión, y poder aplicarlas como ayudantes terapéuticos. El evento se pospuso pero nos dimos el gusto de hacer este hermoso paseo”, continuó el hombre que recordó otros destinos junto a su ex como las tres veces que fueron a Mar del Plata o las cuatro que visitaron Córdoba.

Al lado de la pareja que resiste la separación, están sentados enfrentados, mediados por una mesa, Roberto, de 63, y Agustín, de 49. El más joven es de Ciudad de Buenos Aires y su amor por los trenes “surgió bien de chico, cuando mi abuela me llevaba a la vieja estación Pacífico a ver pasar las formaciones. Después, me rateaba para irme a pasear y más de una vez terminé en la comisaría por colarme”, rememora y ríe. Roberto, en tanto, es mendocino y se emociona al recordar que su abuelo era ferroviario, llegando a convertirse en Jefe de Estación en las oficinas del Ferrocarril General Belgrano, en Mendoza.

Ambos son apasionados por los trenes y cada uno administra un grupo de Facebook: “Trenes de larga distancia de ayer y hoy” corre por cuenta de Agustín; mientras que “¡El Tren! Mendoza-Buenos Aires L.S.M.” está a cargo de Roberto, quien en lo que va del año ya lleva 22 viajes. Los dos sacan fotos y hacen videos de los distintos paisajes, animales y estaciones para compartirlos con sus seguidores, que son tan fanáticos como ellos. 

“Si el tren tardara 40 horas, yo estaría chocho. Tengo auto, moto, pero disfruto de esto. Para mí, la velocidad Roberto es de unos 15 o 20 km por hora y es perfecta”, describe Roberto, que ríe cómplice junto a su amigo de aventuras ferroviarias. 

Foto: Eduardo Sarapura
Los trabajadores del servicio Retiro – Palmira, en la terminal de la provincia de Mendoza.
Foto: Eduardo Sarapura
Foto: Eduardo Sarapura