Aunque sin desatender otras tareas bélicas, hace siete meses que el aparato militar occidental –Estados Unidos y sus aliados– está ocupado a pleno con Ucrania, tras haberle encomendado a Volodimir Zelenski que se encargara hasta el último de sus compatriotas de defender la libertad del mundo. Nada sencilla la tarea de “combatiente de la libertad” para un comediante devenido en presidente de un país en crisis. Estados Unidos, el jefe, no está aún en un atolladero como sí lo fueron Vietnam o Afganistán, pero en la pradera interna ya soplan vientos de escándalo por las formidables partidas de armas y dinero enviadas al este europeo, de las que se ignora si llegaron a las manos elegidas y si fueron convenientemente usadas o si pasaron a conformar la oferta del mercado negro.

De ser así, como se habla ya en el Pentágono sin reparo alguno, “deberíamos pensar en un aumento del terrorismo y una amenaza para la seguridad mundial”. Según el general Sean O’Donnell, inspector general del ejército, el Ministerio de Defensa está alerta para detectar fraudes en “el universo de miles de contratos firmados con Ucrania, todos ordenados por el presidente Joe Biden de forma directa”. Dijo que son unos 7800 por montos menores pero que sumados dan mucho más que 26.000 millones, “todo hecho desordenadamente, sin transparencia, el único control son unos recibos de papel y nosotros queremos evitar que las armas sigan hacia el mercado negro una vez que los embarques llegan a Polonia, que es la vía de ingreso a Croacia”.

En el Pentágono y el Congreso aseguran que son tantos los pedidos de nuevas partidas llegados de la Casa Blanca que es difícil precisar cuál sería el total de la “ayuda” enviada a Croacia. Todos aceptan, sin embargo, que habría que hablar de unos 66.000 millones de dólares. El republicano Greg Steube, que desde febrero votó todos los pedidos, saltó indignado cuando Biden habló de una partida de 40.000 millones, y denunció entonces que “pese a las exigencias para que diga dónde van las armas y el dinero, el gobierno se niega a explicarnos el paradero de los mucho más de 60.000 millones destinados a Ucrania”. Agregó que “ignoramos si las armas llegaron y fueron usadas, qué hacen con el dinero. No hay garantías de uso y lo que está en juego es más que el presupuesto sumado de la Guardia Costera y la Patrulla Fronteriza”.

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Además del cuestionamiento supuestamente ético, voceros oficiosos del Pentágono citados por el Wall Street Journal dijeron que los altos jefes temen que los envíos descontrolados terminen por agotar las reservas de municiones. “En las últimas semanas se entregaron 16 lanzacohetes de última generación, gran cantidad de armas, drones, misiles y otros equipos, además de municiones. Nada de eso fue repuesto en los arsenales, con lo que se agotan las existencias destinadas a enfrentar amenazas imprevistas”, alarmó a sus lectores. Los funcionarios no identificados destacaron que no se han firmado nuevos contratos para producir más municiones y cubrir lo enviado a Ucrania. En los comentarios de los lectores la advertencia tuvo el tufo de una acción encubierta del lobby de los fabricantes de armas.

La crisis de Ucrania se ha trasladado de forma impensada al interior de Estados Unidos: las fuerzas armadas tienen problemas para reclutar personal, pese a que el Pentágono está ofreciendo a los jóvenes un incentivo de 50.000 dólares. El ejército podría perder este año unos 20.000 efectivos. Sólo el 23% de los jóvenes de entre 17 y 24 años (contra el 30% de años anteriores) puede ser elegido para ingresar a alguna de las armas. El 77% restante está descalificado por obesidad, antecedentes penales, drogadicción y problemas psíquicos.

Cuando se trata de montos superiores a los 3000 millones de dólares, Biden sigue pasando su generosidad por el tamiz del Congreso, pero son tantas sus acciones directas que nadie tiene la certeza ya de cuánto ha sido lo dispuesto para mantener esta aventura. Sus pedidos empezaron a mediados de febrero. El 2 de septiembre reclamó 11.700 millones. En mayo el Senado había aprobado 40.000 millones. Si se suman esas cantidades al nuevo paquete hay que pensar en un total de unos 66.000 millones. Shalanda Young, jefa de presupuesto de la Casa Blanca, agregó una reflexión espeluznante: se trata de una cantidad casi tres veces mayor que los 22.400 millones pedidos por Biden para desarrollar tratamientos contra el Covid-19 y prevenir las afectaciones de una posible nueva variante del virus.

Y Biden sigue haciendo sus envíos a Ucrania, desatando la emulación colaboracionista aliada –Canadá entregó radares y lanzacohetes; Alemania toneladas de municiones, dispositivos antidrones y blindados; Países Bajos entrena a los soldados en el uso de obuses y sistemas de radar; Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda ya no saben qué más dar en aras de la libertad y hasta Finlandia se colgó en la patriada– y la preocupación del Pentágono, de los fabricantes de armas y de los ciudadanos en general.

 A dos meses de cumplir 80 años, el 22 de septiembre el presidente volvió a aparecer confundido durante un acto público, sin saber cómo salir de un escenario, pero sigue acumulando grandes responsabilidades. Ese día, casualmente, un sondeo de Issues & Insights reveló que el 59% de los norteamericanos piensa que Biden es un enfermo mental.  «