Subir al cerro, que es lo mismo que caminar una hora, tal vez más, con la mochila hasta el tope de herramientas –motosierras, palas, metros de mangueras–, una vianda y toda el agua que se pueda porque arriba la sed es una agonía. El peso tensando la espalda, dejando surcos en los hombros hasta que se olvida todo. De repente, lo único que importa es identificar la vía de escape, acordar una estrategia, salvar las casas. Se actúa y, además, por esas extrañezas del comportamiento humano, se piensa más en preservar la vida del compañero que la propia. La lucha contra el fuego es coordinada, firme, con el esmero que se necesita cuando el enemigo es más grande y fuerte. El tiempo ya no existe, es de noche, pero nadie se ha ido. La tregua recién llega con el relevo. Los brigadistas vuelven a las bolsas de dormir estiradas sobre el piso de un gimnasio o aula. Se dan cuenta de que están extenuados, que han sobrevivido al desastre. Que no pueden pensar tanto, ni en esos animales calcinados ni en el bosque convertido en ceniza. Y que hay que dormirse rápido porque dentro de cinco horas, a lo sumo seis, todo comenzará otra vez.

“Tenés que estar medio loco”, reconoce Sebastián Ramírez, brigadista del Parque Nacional Nahuel Huapi y uno de los tantos trasladados hasta El Bolsón, en Río Negro, para ayudar a combatir los incendios que ya arrasaron más de 7000 hectáreas. “Pero, gracias a Dios, nos gusta lo que hacemos”, aclara enseguida.

Sebastián tiene 32 años y es jefe de cuadrilla. Guía al grupo, da las instrucciones y arma las estrategias para combatir el fuego de la manera más segura. Ama su profesión, pero confiesa que nació por la necesidad de conseguir un empleo estable. “Me gustó porque era algo nuevo. Desde los 16 años que dejé el colegio había trabajado en la construcción. A los 23 arranqué en Parques Nacionales y con el tiempo me fui dando cuenta del valor del bosque. Es muy feo ver cómo el fuego en dos segundos consume árboles milenarios. Eso te hace tomar conciencia y al mismo tiempo hace que le pongas todo el pecho al laburo”.

La rutina de Sebastián en El Bolsón (ya volvió a Bariloche) incluía levantarse todos los días a la cuatro y media para estar a las cinco en el “terreno” y combatir las llamas más cercanas a las poblaciones hasta las ocho o nueve de la noche. Aunque se lo han pedido demasiadas veces en todos estos años, aún hoy le cuesta encontrar las palabras para explicar lo que se siente. “Son muchas emociones juntas: miedo, adrenalina, siempre al palo, todo el tiempo tragando humo, que no te deja respirar, y entonces tenés que salir y volver a entrar, así todo el día, la ropa se calienta, a veces tocás los cascos y se doblan por el calor, quedan blanditos. Eso te da una idea de la radiación del fuego”.

El desgaste es físico, pero también emocional. Lo más duro para Sebastián es ver las caras de las personas, sentir el terror de perderlo todo, oír los ruegos para intentar salvar algo. La recompensa por tanta angustia surge de la misma gente. “Estábamos alojados en un gimnasio y los vecinos nos llevaban tortas fritas, nos lavaban la ropa, hasta nos despidieron con aplausos. Esos gestos de reconocimiento quedan grabados para siempre”.

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(Foto: Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible)


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(Foto: Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible)


Resistencia

El primer incendio de Marisel Quilaqueo –29 años, oriunda de Zapala en Neuquén, brigadista del Parque Nacional Laguna Blanca– fue el de Aluminé en 2014. “Igual al de ahora en El Bolsón. Se prendió fuego un bosque de cañas colihue, que es más tupido y cerrado. No lo voy a olvidar nunca. Lo primero que hice fue preguntarme qué hago yo acá”.

Marisel es de las pocas mujeres que trabajan en el terreno. La mayoría de ellas, cuenta, son radiooperadoras o están en el área de Meteorología. “En mi brigada somos once varones y yo. Dormimos todos en la misma habitación y eso complica un poco las cosas. Por ejemplo, tengo que ser siempre la primera o la última en bañarme”, dice risueña, dejando en claro que no es una queja.

El fuego no distingue género. A la par de sus colegas, Marisel empieza a trabajar a las seis de la mañana y nunca termina antes de las ocho de la noche. “Es cuestión de entrenamiento, pero sobre todo mucha resistencia. Igual, llegás a la noche y te pesan hasta los borcegos. Comés, te bañás y te acostás. No nos da para mucho más”.

Marisel quiere volver a su casa. Allí la esperan sus dos hijas, una de dos años y medio y la mayor de doce. Pero sería incapaz de hacerlo sin haber entregado todo. “Este es mi octavo día en El Bolsón, y la verdad es que nos sentimos orgullosos. En Cuesta del Ternero, donde había varias familias, pudimos controlar el fuego. No hay más satisfacción que esa, que la gente del lugar te agradezca, que te lleve comida y agua, que se nos acerque para preguntarnos qué necesitamos”.

Para esa gente que estuvo al borde de perder su casa, sus animales, su único pedazo de tierra, el brigadista es un héroe. Pero la devoción de los demás nunca supera la satisfacción del deber cumplido. “Por supuesto que un incendio nunca está bueno, que es algo que destruye todo, pero estar frente a las llamas genera una adrenalina especial. Respirás humo, sentís el calor en la cara, ni yo sé cómo hago para estar ahí adentro. Después salís y esa es la parte buena: ayudaste a apagarlo, te sentís protagonista”.

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(Foto: Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible)


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Irreparable

El fuego en la Patagonia es algo normal. Lo dice Walter Salinas, brigadista del Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales (SPLIF) de la provincia de Río Negro. Lo que está ocurriendo en El Bolsón, sin embargo, supera cualquier antecedente. “Es el incendio más grande que he visto en mi vida, la dimensión que tiene es gigante, es incomparable con otros que vi”, asegura.

Walter tiene 37 años y es chofer de autobombas. A diferencia de los brigadistas que son trasladados desde distintos puntos del país para ayudar en El Bolsón, él es oriundo de la zona, lo que agrega más dolor. “Es terrible ver consumirse una casa, ver gente sufriendo porque está perdiendo todo, ir por el campo y encontrar animales calcinados. Uno piensa en que no pudo salvarlos, que no pudimos ganarle al fuego, te quedás con esa sensación amarga en la boca porque el daño es irreparable”.

La experiencia le enseñó a Walter algunas leyes no escritas. Primero la vida del compañero, y después el bosque. Nunca trabajar solo, siempre en conjunto. Y la más importante: al fuego hay que respetarlo porque es el único que no respeta a nadie.

“Cuando te toca trabajar frente a las llamas no te importa nada, te quemás la cara, las cejas, las pestañas, las manos, los brazos, pero recién te das cuenta de todo eso cuando te enfriaste. Durante el incendio, el 90% del tiempo estás con el humo encima. A veces es muy difícil respirar. Entonces, lo que tenés que hacer es seguir los caminos del fuego porque, salvo cuando es muy chico, vos nunca lo podés guiar. Él te guía a vos”.

El primer día de los incendios, Walter Salinas entró a trabajar a las 19 y salió recién el otro día a las 14. A las 21 volvió a entrar y salió a las ocho de la mañana. Ese ritmo lo cumplió durante una semana. Y dice que no lo sufrió. “Solo querés combatir al fuego, no hay cansancio ni horarios. El único que puede saber lo que se siente es un brigadista”. 

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(Foto: Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible)


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(Foto: Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible)


7000 hectáreas arrasadas

Gran parte del incendio forestal en Cuesta del Ternero, en cercanías de El Bolsón, provincia de Río Negro, seguía “contenido” de acuerdo al informe del último viernes del Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF).
Las llamas originadas el pasado 24 de enero, según las imágenes satelitales tomadas en la zona, ya afectaron a más de 7000 hectáreas. El SNMF precisó que, si bien «mantiene su actividad, con los trabajos realizados se detuvo el avance del fuego».
En tanto, el jefe del Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales (SPLIF) de El Bolsón, Julio Cárdenas, aseguró a la agencia Télam que “solo quedan algunas zonas críticas en el sector 4, en un cañadón en la parte posterior del refugio del cerro Piltriquitrón, y el sector 2 cercano a Rinconada del Nahuelpan”.
El brigadista recordó que “el primer día que arrancó el fuego, se quemaron más de 6000 hectáreas en 27 horas, porque había mucho viento. No dio tregua. Y tuvimos que cuidar las casas en vez de combatir el incendio”.

La lucha en El Bolsón

Cerca de 220 brigadistas del Servicio Nacional de Manejo del Fuego, de la Administración de Parques Nacionales y de las provincias de Córdoba, Neuquén, Jujuy, Catamarca y Mendoza están operando actualmente en los incendios de El Bolsón. También fueron destinados al lugar cuatro helicópteros y tres aviones hidrantes, dos autobombas, seis camionetas pick up, una camioneta utilitaria para transporte de personal y un camión cisterna de YPF de abastecimientos a medios aéreos.