No me corten los huevos

Con el forro y la vasectomía como únicas opciones, se hace imperiosa la necesidad de encontrar nuevos anticonceptivos masculinos. Salir del confort que nos brinda el patriarcado es la clave.
Por Mariano Barragán - Licenciado en Periodismo. Egresado del Programa de Actualización en Comunicación, Géneros y Sexualidades, UBA 2016
16 de Agosto de 2018

#Vasectomizate, #PonéHuevoAmigo, #LibreDeEsperma. Esas fueron las consignas que un importante grupo del movimiento feminista inició en redes sociales y luego graffiteó por las calles de Buenos Aires el pasado 8 de agosto durante la vigilia por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. El mensaje fue claro. Generar conciencia entre los hombres de algo elemental: la responsabilidad de los métodos anticonceptivos no debe ser exclusividad de la mujer.

La ciencia se ha abocado durante años a diseñar alternativas que las obligan a poner el cuerpo y padecer los trastornos hormonales. De los 21 métodos anticonceptivos reconocidos por la Organización Mundial de la Salud sólo dos recaen sobre el hombre: el preservativo y la vasectomía. La desigualdad es abrumadora.

Hace cuatros años fui papá de mellizos y, tras pasar por varios estadios emocionales, comencé a sentir el deseo de no volver a ser padre. Ese deseo me encaminó en la búsqueda de alternativas… pero me choqué contra la pared. ¿Cuál pared? La pared entre el bisturí y yo. La pared entre una operación quirúrgica y todos los miedos que a cualquier persona le genera entrar a un quirófano. Anestesia, enfermeras/os, equipo de urología, análisis previos, camilla, clínica, post operatorio. Todo el combo me paralizó. “Es sencillo”, “te vas en el día”, “son sólo 10 días sin actividad física”, “la anestesia es local”, bla, bla, bla. Ningún argumento hizo mella. Ninguna explicación médica me dio la tranquilidad necesaria para ponerme la bata blanca y recorrer el pasillo hasta el bisturí. Sí, tuve miedo, y aún le tengo miedo al quirófano. Sin embargo, esa sensación no hizo cambiar mi deseo: no quiero volver a ser padre, pero tampoco quiero cortarme los huevos.

Los problemas del cuchillo

La militancia por la vasectomía que se impulsó durante estas semanas carece de empatía. Las consignas no generan conciencia, no sensibilizan, no interpelan positivamente; por el contrario, alejan, repelen. Más allá de los miedos personales, la esterilización masculina tiene dos problemáticas centrales: la cuestión etaria y el arrepentimiento. Los hombres que se animan a pensar en la operación son mayoritariamente aquellos que han superado los 30 años de edad y ya han gestado. En consecuencia, adolescentes y jóvenes en etapa de iniciación y auge sexual difícilmente tomen como propio el lema “Vasectomizate”. Hay al menos 15 años de fertilidad varonil excluidos de este método de anticoncepción. Todo termina quedando bajo el paraguas poco práctico y falible que brinda el preservativo.

Según el informe “Sistematización de acompañamientos a abortar” realizado por Socorristas en Red durante 2017, el 86,2% de las mujeres que acudieron en busca de ayuda tienen entre 15 y 34 años. Si entrelazamos estas edades con la franja etaria de hombres que quedan fuera del lema “Vasectomizate” podemos concluir que fomentar la intervención quirúrgica masculina no es la estrategia más eficaz para combatir la mayor cantidad de casos de aborto. La vasectomía sólo protegería al 11,7% de las mujeres de entre 35 y más de 40 años que recibieron acompañamiento de las Socorras.

Lo irreversible es el otro factor determinante. Lo que hoy pensamos quizás mañana sea distinto. Mutamos, cambiamos, modificamos ideas de manera constante. Esa ciclotimia de pensamientos nos puede llevar a arrepentirnos y la vasectomía no tiene marcha atrás. La reconstrucción del conducto deferente de esperma tiene en Argentina un éxito inferior al 20%, según datos de la dirección del Servicio de Urología del Hospital Argerich. En todas las consultas médicas a las que acudí la respuesta fue la misma. Los urólogos son tajantes: volver a concebir bajo condiciones naturales es casi imposible. La única alternativa es la fecundación in vitro, procedimiento muy costoso económicamente y poco accesible para gran parte de la sociedad.

Hay esperanza


En 2010, la organización estadounidense sin fines de lucro Parsemus Foundation adquirió la patente de la Inhibición Reversible del Esperma Bajo Supervisión (RISUG, por sus siglas en inglés), desarrollada por Sujoy Guha, profesor de ingeniería biomédica en el Instituto Indio de Tecnología. A partir de esta adquisición, Parsemus comenzó a elaborar una inyección anticonceptiva denominada Vasalgel. El proceso dura 15 minutos y consiste en la introducción de un minúsculo gránulo de gel sintético en el conducto deferente por el que pasa el esperma, justo en el extremo en el que se une al testículo. Una vez inyectado, el gel permanece en esa posición y actúa como filtro, permitiendo el paso del semen pero no del esperma.

El Vasalgel ya atravesó de manera satisfactoria ensayos en monos y conejos. El producto cuenta además con una característica central: su reversión. Según los resultados publicados por Parsemus en abril de 2017, una simple inyección de solución de bicarbonato de sodio elimina el gel sintético del cuerpo. Actualmente se inició una campaña de recolección de fondos para empezar en el trascurso de este año las pruebas clínicas en humanos. Los especialistas deslizan la posibilidad de que Vasalgel esté disponible en el mercado hacia el 2020, tras la autorización final de la FDA (Food and Drug Administration), la agencia del gobierno de los Estados Unidos responsable de la regulación de alimentos y medicamentos.

Terminemos con nuestro silencio

Entonces, ¿qué podemos hacer los hombres que queremos asumir la responsabilidad de la anticoncepción? La realidad es que todo termina decantando en transferir esa tarea a la mujer. Caemos en lo fácil. Los hombres aceptamos con nuestro silencio los nulos avances de la ciencia. Nos queda cómodo no exigir la creación urgente de algún anticonceptivo destinado a nosotros. Ese silencio, esa comodidad, no es otra cosa que el goce de los beneficios que nos otorga el patriarcado.

Es imperioso terminar con ese disfrute, alzar nuestras voces y reclamar algo intermedio entre el forro y la vasectomía. La ciencia debe estar a la altura. Los hombres necesitamos tener a nuestro alcance métodos anticonceptivos variados que nos faciliten hacernos cargo del compromiso de un modo igualitario. Dada la cantidad de alternativas, a la mujer ni se le cruza por la cabeza ligarse las trompas al iniciar su vida sexual activa. A casi 60 años del lanzamiento de la píldora femenina, es inadmisible que la única opción posible para los varones sea algo tan extremo como una intervención quirúrgica irreversible.

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