Ruta 40: cinco mil doscientos kilómetros de historias

A lo largo de más de 206 pueblos y parajes y los más increíbles paisajes, el camino que junto a la Cordillera atraviesa todo el país de norte a sur da cuenta de la enorme diversidad argentina: geográfica, cultural y gastronómica.
25 de Febrero de 2017

Todos hablan de ella. Y muchos, muchísimos sueñan con “hacerla”. Subir a un auto y emprender un viaje hacia el horizonte es parte del leitmotiv de los viajeros de alma y de los románticos que saben que una ruta es un destino. Así es la Ruta Nacional 40, a la que decenas de miles de argentinos y extranjeros ya han recorrido por tramos o en toda su extensión, en auto, camioneta o bicicleta, pero lo cierto es que quien aún no lo hizo cree que es como un amor imposible. Sépanlo: se puede. Si hasta mi tía Elizabeth Renison lo hizo en parte en los años ’70 con su primer Fiat bolita, para ablandarlo. Claro que en los Valles Calchaquíes, en un tramo ascendente, el bólido se rebelaba y caía hacia atrás. Y vuelta a empezar. Hoy, con sus partes de ripio y asfalto, lo único que exige es precaución.

La aventura arranca en el kilómetro cero, en Cabo Vírgenes, Santa Cruz, el extremo más austral continental. Desde el Faro, un rincón del mundo forjado entre navegantes y naúfragos que se ve hoy igual que hace dos siglos, se parte hacia el oeste, donde está Río Turbio, y luego se toma el rumbo norte que no se abandona jamás hasta La Quiaca, en Jujuy, el límite con Bolivia.

Todos los automovilistas y bikers que inician la gran travesía, pero en especial los adeptos a la pesca deportiva, hacen su primer alto en el Hotel Bella Vista, un hospedaje de los años ’50 cobijado por una arboleda centenaria y con la arquitectura típica de la Patagonia de antaño, de chapa, que atendía el padre de Orlando van Heerden y ahora atiende él. Del mar a la Cordillera, la ruta se sumerge en la estepa, la misma en la que un millar de peones fueron fusilados entre 1920 y 1921, inmortalizados por la investigación de Osvaldo Bayer para La Patagonia rebelde, y en donde al pie del Fitz Roy descansa El Chaltén, la capital nacional del trekking, en el Parque Nacional Los Glaciares.

Muchos creen que a la 40 debe recorrérsela de un tirón, pero quizás es menos frustrante hacerlo por región o por provincia, de a una por viaje. La Patagonia es el tramo más extenso. En Chubut hoy ya es de asfalto, y en Río Mayo, que cada enero celebra la Fiesta Nacional de la Esquila, está la estancia Don José, donde los hermanos José, Norma y Nelson Mazquiarán llevan 30 años dedicados al manejo en cautiverio de guanacos y extraen su pelo para tejidos finísimos. Después, el camino se sumerge hacia el Paralelo 42, región exquisita de frutas finas. Hay que agendar la segunda vendimia de la bodega Nant y Fall, pegadita a los campos de tulipanes, entre fines de marzo y abril. Cerquita están el Parque Nacional Los Alerces y Nahuel Pan, la localidad de la comunidad mapuche adonde llega La Trochita, el histórico tren de trocha angosta que parte desde Esquel.

En Río Negro y Neuquén, la Ruta 40 se luce con el camino de los Siete Lagos, ahora asfaltado. En Dina Huapi hay un recorrido hasta el cerro Leones, en cuya cima hay una cueva gigante y cavernas a las que se entra gateando y que albergan una laguna azul. En la desembocadura del río Limay en el Nahuel Huapi, cruzando el puente, está el Boliche Viejo, un antiguo almacén de ramos generales que alimenta su mítica historia porque aquí, en su huida hacia el sur, pasaban sus noches Butch Cassidy y Sundance Kid. Y el norte neuquino cuenta historias de buscadores de oro: aún hoy se puede acompañar a los pirquineros tratando de encontrar alguna que otra pepita.

Vinos, dulces, harina y agua

Hacia Cuyo, en el río Barrancas se vuelve al ripio, pero también hay asfalto nuevo y es quizás el mendocino Valle de Uco un epicentro del turismo cultural, con la ruta de los puesteros y las bodegas, tanto artesanales como de alta gama. La 40 se mete luego en San Juan y lleva el pavimento hasta San José de Jáchal, donde los bombones de membrillo rubio son únicos. Desde aquí, la Cuesta de Huaco conduce a La Rioja y se abre un mundo nuevo: es el territorio de la geología, donde el incomparable yacimiento paleontológico de Ischigualasto, que en suelo sanjuanino todos conocen como Valle de la Luna, se prolonga en La Rioja en el Parque Nacional Talampaya. No es necesario excavar aquí para descubrir cómo evolucionó el planeta: todo está “narrado” en los grandes farallones, huellas coloradas de los movimientos tectónicos. Son como un paquete de galletitas que se abre y se desparrama: cada una es una era distinta.

La Rioja en febrero es pura albahaca, harina y agua, porque La Chaya, el carnaval regional, es una costumbre ancestral diaguita que hoy se mantiene en cada barrio. Además, la vendimia ya comenzó y es posible recorrer desde Villa Unión y Chilecito, con la historia del Famatina en los restos del cable carril, una obra de ingeniería de 1920 que entonces convirtió a esta ciudad en la meca local de la extracción de oro, plata y cobre, tanto que hasta tuvo la primera sucursal del Banco Nación y el primer teléfono de la región.

Pimientos secándose al sol

Es en el norte argentino donde la RN 40 se amalgama al Camino del Inca, el Qhapaq Ñan. Hacia Catamarca, el ingreso es por Londres, que ya con el nombre azuza la curiosidad para ahondar el porqué del nombre. Aquí está el sitio arqueológico de El Shinkal, y es donde la ruta se mete entre los pueblos y serpentea en forma de calle principal hasta Belén, cuna del poncho, y extiende su ruta del telar uniendo a más de 50 artesanos pasando por San José y Hualfin hasta llegar a Santa María, capital arqueológica y donde cada 20 de junio se celebra con una representación del último Inti Raymi antes de la llegada de los españoles. Más de 200 estudiantes ataviados con las túnicas de cada comunidad ejecutan los instrumentos autóctonos y despliegan un espectáculo histórico.

Unos kilómetros más allá está Amaicha del Valle, en Tucumán, que presenta su historia de “comuneros”, donde cada familia trabaja su parcela de tierra y quien la mantiene ociosa debe entregársela a la Comunidad Amaicha para que la explote. Sobre la 40 vive doña Javiera Guanco, que elabora “tostado de algarroba” y todos los derivados de la harina de esta vaina del árbol que más sombra da por estos lares.

La vida parece que no alcanza para recorrer toda esta ruta. Pero sí. Desde ese pequeño tramo tucumano de 38 kilómetros el viajero se sumerge en los Valles Calchaquíes y desde San Carlos hasta La Poma, Salta se luce con un recorrido que abarca al camino del vino de altura y la historia güemesiana. Muchos eligen Cachi como lugar en el mundo. Pero un poquito más adelante se llega a Payogasta, donde la ruta se parece a un camino vecinal y atraviesa la finca de Sala de Payogasta. “Sala” es como se llama a los cascos de estancia en el norte. Y es un descendiente de un lugarteniente de Güemes quien ha desarrollado un spa, un restaurante y la bodega boutique que tiene los viñedos implantados a mayor altura. El casco original se mantiene tal cual. Y la ruta pasa entre las instalaciones. La cadena productiva es orgánica, desde la lana hasta los pimientos, un clásico de postal cuando los secan al sol en las laderas, como cubiertas por un manto rojo.

Pocos conocen la traza nueva de la Ruta 40 cuando después del viaducto La Polvorilla del famoso Tren a las Nubes se sumerge en el taco que dibuja la botita de caña corta del mapa jujeño. Susques, Huancar, Pirquitas, Coyaguaima, Cusi Cusi, Paicone y Ciénega hasta Santa Ana y La Quiaca. Lo mejor es hacerlo en dos vehículos y con guías expertos de la provincia. Son huellas y cauces de ríos secos los que forman esta traza que aún hoy está por definirse pero que incluye a las comunidades kollas y atacamas y describen, como toda la 40, un viaje a otra dimensión. «

De sur a norte, 11 provincias en un solo libro

El gran corredor que atraviesa el país de norte a sur puede revivirse en las imágenes y los relatos de Ruta 40. Cinco mil doscientos kilómetros desde la Patagonia hasta el Norte argentino, el libro recientemente reeditado por Planeta que reúne las fotografías de Alejandro Guyot con los textos y la producción periodística de Sonia Renison. Son 160 páginas donde se plasma una travesía rutera por once provincias, desde Santa Cruz hasta Jujuy, concretadas a partir de una cobertura que comprendió cuatro meses de trabajo, 11 mil fotografías, 38 cuadernos de anotaciones y más de un centenar de entrevistas, que se publicaron semanalmente durante un año y medio en la extinta revista El Federal.

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