Un petardo estalla

Por Ricardo Ragendorfer, periodista
7 de Enero de 2017

Acaso el estallido de un petardo sobre un retrato puede torcer una política de Estado? Quizás eso se pregunte la víctima simbólica de tal afrenta, el ministro de Seguridad porteño, Martín Ocampo. Tal vez, idéntico interrogante desvele al mismísimo Horacio Rodríguez Larreta. Ambos, progenitores de la flamante Policía de la Ciudad. Esta mazorca –fruto de la unificación de 19 mil efectivos de la Federal con los 6000 de la Metropolitana– es sin duda el desafío más osado del macrismo en materia de seguridad. Casi un salto al vacío. Y que ya produjo entre los federales una vidriosa interna en todos sus niveles y rangos. Una animosidad múltiple que también apunta al poder civil. 

Precedida por rumores que se remontan al otoño del año pasado, el primer signo público de esa beligerancia ocurrió a principios de octubre en el playón del Instituto Superior de Seguridad Pública (ISSP), del barrio de Villa Soldati. Allí fue abucheado por 600 agentes el comisario Guillermo Calviño –jefe del sector de la Federal absorbida por la Ciudad–, durante la entrega de diplomas a egresados del curso anual de capacitación. El motivo del "rechifle" –que no escatimó insultos ni medallas lanzadas hacia el azorado jefe policial– era la resistencia de esa tropa a quedar atada a la nueva fuerza capitalina. Pero eso ya era inexorable. 

De hecho, cuatro días después, Rodríguez Larreta y Ocampo presentaron a la prensa una muestra vehicular de la aún no parida milicia, la cual, además de patrulleros y camionetas, incluía hasta una bicicleta y un gomón, junto a un vistoso helicóptero. Este aparato, justamente, terminó por hundir al evento en el ridículo, al saltar a la luz que en realidad era una unidad del SAME cedida especialmente para la ocasión y ploteada a las apuradas con los colores de la Policía de la Ciudad. Casi una metáfora de lo que vendría. 

Por entonces, la transición ya estaba manchada de conflictos; entre otros, la incertidumbre de los federales ante las variaciones de su status administrativo (caja de jubilaciones, obra social, salarios y horas adicionales) y la zozobra del comisariato por la suerte de sus negocios clandestinos. Al respecto –dicho sea de paso–, empezaba a ser notable la puja entre Calviño y el máximo jerarca de la Metropolitana, comisionado Horacio Giménez. 

Al calor de aquella disputa no tardaron en aflorar sus máculas curriculares. El legajo del primero chorreaba contratiempos: dos causas por encubrimiento, una denuncia por liberar la zona de un crimen y otra por facilitación de fuga; el legajo del segundo –un ex federal pasado a la Metropolitana– exhibía añejas "comisiones" en Tucumán durante el "Operativo Independencia". O sea, dos hermosuras de personas. Muy idóneas en la etapa previa, pero sin perfil para la naciente era policial. 

Para ello estaba el doctor José Potocar. Sí, doctor (en Derecho) a secas, dado que –por indicación del área legal del gobierno porteño– supo renunciar a su condición policíaca para asumir sus funciones como "civil", tal como lo exige la ley. Pero ese excomisario inspector era nada menos que el poderoso titular –hasta la noche anterior– de la Dirección de Comisarías de la Federal. Como tal, el hombre de confianza del saliente Calviño. Y a la vez, el nuevo garante del autogobierno policial. "Un tipo de legajo intachable", soplaba Ocampo al oído de todo cronista que tuviera a tiro. 

Ese mismo lunes ocurrió el ataque vecinal a la Comisaría 38ª. Una semana después se oficializó el lanzamiento de la Policía de la Ciudad en las calles porteñas. Pero –según una incierta estimación ministerial– recién estará en condiciones de patrullarlas a partir del segundo trimestre del año. Lo cierto es que aquella tan ansiada fuerza ahora agoniza en la incubadora de la improvisación. De modo que en esta urbe, los federales ya no son federales, pero seguirán actuando con el uniforme de una fuerza que ya no existe. La Metropolitana también ha dejado de existir, pero sus efectivos aún pululan en el centro. Cosas del inefable método macrista de ensayo y error. 

Mientras tanto, un petardo estallaba en medio de la noche.

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