Hace unos días, al llegar a Neuquén, Patricia Bullrich respondía las consultas periodísticas con los dientes apretados, labios casi inmóviles y mirada esquiva. De pronto, una sonrisa disolvió su dureza. Entonces, reveló: “Mucha gente me pide como Presidenta”.

Sí. Aquella mujer se sueña en el sillón de Rivadavia. Algo, ya desde lo estadístico, de muy difícil concreción, habida cuenta de que, en el lapso de un siglo –sin considerar golpes de Estado ni renuncias anticipadas–, solamente 25 personas pueden acceder a semejante sitial, sin considerar que algunos pueden ser reelegidos, lo cual reduce aún más ese número.

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Pero Bullrich no es la única figura política del presente que se sacude al compás de tan anhelosa fantasía.

Porque ese también fue el caso de Ricardo López Murphy. Al respecto, en un ya añejo reportaje en la revista Gente, su señora, doña Norma, deslizó: “Ricardo se prepara desde siempre para ser presidente”.

Sin embargo, durante la noche del 28 de octubre de 2007, el ex ministro de la Alianza no salía de su azoro: en las elecciones presidenciales de ese día sólo había obtenido el 1,45 por ciento de los votos.

Su lectura de la derrota fue notable: “Todo el mundo me saludaba en la calle. No entiendo cómo nadie me votó”.

¿Y la inefable Lilita Carrió?

Durante una comida ofrecida en la casa del ya fallecido José Nun, quien integraba el ARI antes de pasarse al kirchnerismo, ella, tras vaciar su copa de vino, soltó:

–A mí, Dios se me apareció dos veces.

Al concluir la frase, volvió a llenar la copa.

Los otros comensales se cruzaron miradas incómodas; pero el anfitrión atenuó la tirantez del momento con una fingida curiosidad.

Ello bastó para que Lilita ampliara el asunto sin escatimar detalles. Entonces supo asegurar que las visitas divinas habían ocurrido de madrugada y que para ella fueron “muy angustiosas”.

Finalmente, remató:

–En ambas ocasiones, Dios me pidió que fuera presidenta.

Se podría poner en duda la veracidad de tal experiencia si otras personas que dejaron su huella en la Historia no hubiesen vivido situaciones análogas.

En octubre de 1998, el entonces gobernador de Texas, George W. Bush, recibió a su guía espiritual, el predicador metodista James Robinson.

Sus palabras de bienvenida fueron:

–He oído el llamado…

–Lo sé. Soy testigo del crecimiento de tu fe.

–No me refiero a eso –aclaró Bush, sacudiendo un brazo como para así espantar una mosca imaginaria. 

Y entornando los ojos, prosiguió:

–He oído el llamado. Creo que Dios me quiere como presidente.

Ambos entonces se pusieron a rezar.

Ya se sabe el resto de la trama.

Quizás sea una violación a las leyes de la historia que un ex alcohólico con un coeficiente intelectual inferior a la media se convierta en el presidente del país más poderoso del planeta. O quizás tamaña fatalidad sea parte de ellas. De otra manera no podría explicarse el motivo por el cual, desde la noche de los tiempos, la civilización se vio atravesada por personajes como Nerón, Hitler o Idi Amín. En este punto, la pregunta es: ¿el mundo sería igual si aquellos seres no hubieran existido? Es posible que sí. Aunque tal respuesta no es más que una especulación contrafáctica.

Porque el tema cabalga sobre un enigma de otro signo: el siempre azaroso enlace de hechos y circunstancias que suelen llevar a determinadas personas hacia el liderazgo político. O sólo hacia la ilusión de su logro. En muchos casos, por cierto, ese fenómeno se basa en la religiosidad de sus protagonistas. Ya que es precisamente la vivencia mística lo que impulsa en ciertos sujetos la extraña creencia de que son los elegidos y que su misión no es otra que la de borrar el mal de la Tierra.

Claro que la idea de predestinación absoluta no es nueva, puesto que fue desarrollada a mediados del siglo XVI por Calvino, y supone la existencia de un grupo de hombres y mujeres que, aun antes de nacer, ya fueron elegidos en una suerte de casting celestial. En otras palabras, existiría un verdadero dream team, cuyos integrantes, los predestinados, no necesitan ser virtuosos, debido a que tienen asegurada la salvación eterna por el solo hecho de ser los elegidos. Así funciona el negocio del “destino manifiesto”.

No menor es el fenómeno de la auto-predestinación. Al respecto, el de Julio Cobos –¿se acuerdan de ese tipo?– es un ejemplo acabado. Más que por la voluntad divina, su llegada al centro de la escena fue fruto de una absurda constelación de hechos, una comedia de enredos marcada por equivocaciones ajenas y la pura casualidad.

Pero su propia interpretación del asunto tiene una melodía sublime: “Es la segunda oportunidad en que la vida me pone ante una situación impensada”, llegó a decir el 2 de abril de 2009 en el Salón Azul del Senado, a centímetros de donde yacía el ataúd de Raúl Alfonsín. Minutos antes, sin pudor ni testigos que avalaran sus dichos, dijo que, en su lecho de muerte, el líder radical le dio la misión de “reconstruir la unidad del partido”.

Había que ver a ese hombre durante el cortejo fúnebre hacia Recoleta, saludando con una mueca triunfal y los brazos en alto a la gente que había en los balcones. Fue como si Alfonsín hubiera fallecido para él.

Otro que un día despertó con la certeza de que debía ser presidente fue Francisco De Narváez. Y en un sentido literal.

Por entonces se decía en el entorno de este acaudalado empresario que aquella idea la forjó en una suite del Hotel Hyatt, cuando, a punto de volarse la tapa de los sesos con una Walther PPK, vio una luz al final del túnel. Y que en esa luz estaba nada menos que la Casa Rosada. Ese tipo, cuya cosmovisión danzaba entre las canciones de Alejandro Lerner y la astrología, comprendió súbitamente una máxima de la sabiduría china: “Crisis es oportunidad”. Y no sin premura, se tatuó dicho ideograma en el cuello.

Al poco tiempo, De Narváez se bajó de la política. Pero el tatuaje aún lo sigue luciendo.

En cambio, si bien el caso de Mauricio Macri también puede atribuirse a un capricho de la Divina Providencia, su resultado fue diametralmente opuesto a los hasta aquí relatados.

En su momento nadie pudo prever que aquel tarambana de personalidad insípida se convertiría en líder de un partido que lo proyectó, con dos mandatos consecutivos, como jefe de la metrópoli más importante del país. Y que desde dicho cargo supo despejar su camino hacia la presidencia de la Nación, y nada menos que bajo el estandarte de la denominada “nueva política”, una presunta rebelión contra la dirigencia tradicional.

Ahora están a la vista los resultados de este castigo celestial.  «