La irrupción violenta del coronavirus generó varias polarizaciones en torno su interpretación: ¿fenómeno natural o socialmente producido; una gripe más o la pandemia más depredadora de todos los tiempos; la consolidación de una sociedad de individuos aislados y biopolíticamente digitados o el parto de una nueva forma de acción colectiva?

Sobre la primera querella, el intelectual y geógrafo británico, David Harvey, escribió en una de sus intervenciones que “el capital modifica las condiciones medioambientales de su propia reproducción (…) Desde este punto de vista, no hay nada que sea un desastre verdaderamente natural”. La intrusión anárquica sobre la naturaleza o la deforestación salvaje impulsada por el capital en un extremo, y los déficits en los sistemas de salud pública en el otro, impiden hablar de calamidades puramente naturales. La interdependencia entre la agroindustria y las causas de las epidemias recientes está extensamente documentada en estudios científicos y académicos.

Sobre la exageración (o no) de las consecuencias del coronavirus, el alerta temprana del filósofo italiano Giorgio Agamben -que habló de “la invención de una pandemia”- se vio parcialmente desmentida por la realidad. Para dar un dato: en España, el Covid-19 ya provocó cinco veces más muertes que la gripe de 2019. Sin embargo, esto no opaca otras verdades que planteó en su intervención: el uso y abuso del miedo individual y el pánico colectivo para el fortalecimiento de mecanismos estatales autoritarios -en el futuro utilizables para causas menos “nobles”- y el ocultamiento de muchas otras epidemias que se producen año a año y no merecen la misma atención por parte de los formadores de opinión pública. En2018 hubo 405.000 casos fatales de malaria en todo el globo, de los cuales 272.000 fueron niños menores de cinco años. Tres mil personas más murieron el mismo año en países pobres a causa del cólera, otra enfermedad directamente vinculada de la miseria y la falta de un insumo básico: el agua potable. Esto sin contar las muertes por la “epidemia” del hambre en un mudo donde 1300 millones de toneladas de alimentos –un tercio de lo que se produce anualmente- terminan arrojados a basurales porque no son económicamente rentables.

Si, como afirmó el filósofo francés Jaques Rancière, la política empieza allí dónde se impone contar a los incontados, quizá sea esa una diferencia obligada del coronavirus en relación a otras enfermedades o epidemias que matan masivamente, pero cuyas consecuencias no tienen la misma trascendencia porque no se cuenta a esa parte de los que no tienen parte. O, dicho de otra manera, que el Covid-19 sea aún relativamente “democrático” (porque no existe

vacuna) obligue sumar a contables e incontados y convierta a la pandemia de conjunto en un acontecimiento políticamente relevante.

Finalmente, en torno a qué sociedad emergerá del escenario económico-social de “posguerra” que encontraremos el día después, el panorama está abierto. Tratando de distanciarse un poco de la contingencia actual para pensar la crisis desde una perspectiva más amplia, el historiador italiano Enzo Traverso alertó que “se corre el riesgo de llegar a los límites extremos del liberalismo: la sociedad modelada y transformada por la pandemia hace de nosotros mónadas aislados. El modelo de sociedad que emerge de la misma no se basa en una vida en común, sino en la interacción entre individuos aislados con la idea de que el bien común no será sino el resultado final de esas interacciones; es decir, la culminación final de los egoísmos individuales”. Los extremistas neoliberales que bajaron el volumen de su intervención pública porque en todo el planeta se observan las consecuencias de las políticas diseñadas y aplicadas bajo sus principios (con la destrucción de los sistemas de salud como consecuencia más evidente), no miran con malos ojos la eternización de una sociedad de sujetos socialmente distanciados, políticamente aislados y económicamente vulnerables.

Sin embargo, en el otro polo emergen ejemplos de solidaridad y acción común que van desde las fábricas de metales de Lombardía a los altos hornos de Taranto, cuando una parte considerable de la clase obrera italiana fue a la huelga general el 25 de marzo pasado en defensa de su vida. O en nuestro país, el ejemplo de las empresas recuperadas (Madygraf en la zona norte del Gran Buenos Aires o la textil Traful Newen en Neuquén) que reconvirtieron sus estructuras para producir barbijos o alcohol para aportar a la lucha contra el virus.

Como toda gran catástrofe o crisis, la generada por el Covid-19 sienta las premisas para lo mejor o para lo peor. Con toda la gravedad que la constituye, la pandemia también es un campo de batalla.