Jeanine Áñez, quien el 10 de noviembre de 2019 había usurpado el poder en Bolivia tras el cruento derrocamiento de Evo Morales, fue detenida durante la madrugada del 13 de marzo en su residencia de Trinidad, en el departamento del Beni. Ahora ocupa una celda de la Fuerza Anticrimen, en La Paz.

Horas antes, al ser sacada del aeropuerto de El Alto, de esa ciudad, por policías al mando del ministro de Gobierno, Carlos Eduardo del Castillo, fue rodeada por un tumulto de cámaras y micrófonos. Entonces, exagerando una expresión asombro, musitó: “¿Golpe de Estado? Pues aquí no hubo un golpe”.

En cierto modo su asombro era genuino, pero por otra razón: ella jamás había imaginado esta situación para sí.

En paralelo también eran arrestados algunos ministros de su gestión y los máximos mandos militares que la habían entronizado.

Pero en ese lote no se encontraba el ex ministro de Gobierno, Arturo Murillo, quien fuera la figura más temida de la dictadura que Áñez presidió. El tipo fue visto por última vez al cruzar a hurtadillas la frontera brasileña, a la altura de Corumbá, con peluca, gafas espejadas y pasaporte falso. Huía así el 11 de noviembre de su probable destino carcelario a raíz de sus crímenes.

Entre otros graves delitos, Áñez y sus camaradas de infortunio serán juzgados  por las masacres de Sacaba y Senkata, donde murieron cerca de 30 personas. Al respecto, un informe de la Defensoría del Pueblo concluye que el gobierno de Áñez perpetró delitos de lesa humanidad al incurrir en “asesinatos de un modo sistemático en contra de la población civil”.

Desde la provincia de Mendoza, Penélope Moro, hermana de Sebastián Moro, el único periodista argentino que fue muerto en el contexto del golpe de Estado, manifestó: “Pedimos que la causa de Sebastián se sume a las de Sacaba y Senkata. Y que no se la investigue de forma aislada, porque a él lo mataron en medio del golpe, cuando realizaba su trabajo periodístico”.

Prueba de ello es la edición de Página/12 del 10 de noviembre de 2019, donde una crónica enviada desde La Paz por Moro revela la coreografía previa al comienzo de la dictadura. Conviene refrescar un párrafo en particular: “Hubo actos vandálicos y agresiones a funcionarios, periodistas y militantes del MAS en varios puntos del país. Entre esos hechos el gobernador de Oruro sufrió el incendio de su vivienda, trabajadores del canal Bolivia TV y Radio Patria Nueva fueron secuestrados y privados de su derecho al trabajo por grupos de choque, y la sede de la Confederación Campesina (CSUTBC) fue invadida y atacada”.

Fueron las últimas palabras escritas por Sebastián. Ese día él ya agonizaba en una clínica paceña. Su agonía se prolongó por una semana.

El 22 de octubre de 2019 oí su voz en un audio de WhatsApp: “Aquí todo es confuso; las noticias falsas aumentan para instalar el pánico”. Apenas habían transcurrido 48 horas desde las elecciones. El complot ya estaba en marcha. 

Me crucé con pocas personas tan generosas como él. Fue nuestra común amiga Gloria Beretervide quien nos relacionó a comienzos del año, puesto que yo necesitaba –por razones que no vienen al caso– a alguien que me resolviera un problema personal: apostillar un documento en la Cancillería de Bolivia. Y él tuvo la gentileza de hacerlo. Dicho trámite derivó en una odisea burocrática con ribetes kafkianos cuyas alternativas nos hacían oscilar entre la perplejidad y la risa. Así nos hicimos amigos.

En medio de esta anécdota casi nimia comprendí que estaba frente a un periodista de raza. Frente a un tipo entregado al violento oficio de reflejar la realidad. Prueba de eso fue su colosal trabajo en Mendoza sobre los juicios por delitos de lesa humanidad, que volcó en Radio Nacional, entre otros medios orales y gráficos tanto locales como nacionales.

Los registros al respecto son ahora parte de su legado. Un material histórico y de memoria para las futuras generaciones. Su epopeya en el país andino no fue menor. Asimilado allí a la estructura noticiosa de la CSUTCB hizo de Prensa Rural –que tenía una muy modesta visibilidad a su llegada– un medio clave del proceso de cambio.

“Acá todo está cada vez peor”, soltó en una conversación telefónica que mantuvimos durante el anochecer del 6 de noviembre de 2019.

Fue la última vez que escuché su voz.

Ahora es necesario situarnos tres días después. Las hordas fascistas ya estaban de cacería, así como sostuvo Sebastián en su último artículo.

Todo indica que ese texto fue previo a una imagen que supo simbolizar semejante escenario: la del director de Prensa Rural, José Aramayo, atado a un árbol por una turba “cívica”. En aquel momento Sebastián había tratado de ingresar a la redacción del periódico, pero los desmanes se lo impidieron.

Ya a la noche –cerca de las 21– habló por teléfono con su familia. Desde ese momento nada se supo de él, hasta la mañana siguiente, cuando fue hallado inconsciente en su departamento, del barrio de Sopocachi.

Cuando Penélope llegó al día siguiente a La Paz, Sebastián ya estaba internado en la Clínica Rengel. El diagnóstico: “ACV isquémico”, una lectura de su estado que no contemplaba los moretones, escoriaciones y rasguños (debidamente fotografiados), frutos de una agresión.

Sebastián jamás recuperó la conciencia y murió el sábado 16.

Sebastián Moro merece ser recordado por su vida. También por haberla perdido en el ejercicio de su profesión.  «