Si en su libro anterior, 36 desintegraciones, Gustavo Toba se consagraba a armar un mosaico sonámbulo de escenas mínimas y tensiones, en su flamante obra redobla la apuesta de la fragmentación. Editado bajo el cuidado sello de Barnacle, Sobre el destiempo abandona en parte la prosa herida por ecos de Burroughs para arrojarse de lleno a la delgadez del verso, a esas líneas finas de la mirada de las que habla Ezequiel Alemian en la contratapa del volumen: “y entonces su poesía conquista un instante”.

Toba se desplaza ahora por una geografía porteña reconocible -los paraísos de la calle Alsina, la esquina fronteriza de Bulnes y Rivadavia, el frígido centro-, pero lo hace como un peatón que camina fuera de compás, desarmando los relicarios de una fe perdida a través de una rememoración difusa. Pero también va tierra adentro y se zambulle en las postales costeras de muelles donde el mediomundo atrapa desdichas.

Es en esa deriva donde Toba ensaya, a pesar de todo, algunas «nuevas maneras de ser feliz». El libro abraza fotos domésticas y rescates afectivos de lo que el tiempo descarta, como se lee en «Paseo triunfal», donde las vivencias se juntan para celebrar el paso del sujeto «sacudiendo las ramas de los paraísos de la calle Alsina» y agradeciendo el cobijo otorgado a esos objetos desgastados «metidos en una caja de cartón». A veces, entre tanto gris y tristeza de un poema de oficina, Toba encuentra una tregua luminosa: el living de una casa con la mesada cubierta de frutas, el salto de una merienda para ir hacia «la rambla que inventaste» y la mirada puesta en un ser querido que va «superpuesto con el punto hacia el que vamos, reflectado en el vidrio de una tienda de chucherías». La felicidad en Toba no es una categoría abstracta, sino un destello casual que se habita desde afuera, un sentido del que simplemente se goza antes de que la escena desaparezca completamente.

“Sobre el destiempo” de Gustavo Toba: cuando la verdadera vida está ausente

Sobre el destiempo muestra, como subraya Alemian, la fascinante tensión entre el pensamiento que escribe y el que lee. Toba desconfía del maquillaje de la metáfora pero se entrega al rito matinal de revolear yuyitos contra el cielo o de citar secretamente a Rimbaud y su temporada en el infierno para constatar que “la verdadera vida está ausente”. El punto más alto de este escepticismo luminoso se condensa en «Bulnes y Rivadavia», un ácido y majestuoso retrato de la práctica analítica, donde la parquedad y la pose mitificada del analista -que estira el silencio citando a Boileau frente a la neurosis burguesa- se revelan como un pasatiempo trabajoso, un arte de la ocurrencia donde nadie, sin dudas, se cura del todo.

Para la recta final, el libro Toba da rienda suelta a sus tesis conceptuales sobre el «destiempo»: esa dimensión errática que no recupera lo perdido ni funciona bajo la lógica de la prueba, sino como una marcha en paralelo invisible, una “amnesia” o un cuadro desfigurado que nos afirma como recorrido en la quietud de un mundo que se devora a sí mismo. Buen provecho.

«Sobre el destiempo» se presenta el viernes 19 de junio en el Centro Cultural de la Cooperación a las 19 horas.

Un botón de muestra del destiempo

Bulnes y Rivadavia

Quizás haya llegado con los años
a un secreto escepticismo
respecto de la eficacia
de su trabajo, y tal vez no fui el único
que se preguntó si su experiencia
lo habrá llevado a interrogarse
si su práctica era solo un pasatiempo.
Desde un principio lo habrá sabido:
quien ofrece un talento debe agregarle un carácter
y no hay mejor modo de llamar al estilo
que confiarse a la repetición y la persistencia.
Redujo su proceder a una economía tan férrea
que la volvió un axioma: guardar silencio
hasta el colmo de lo tolerable.
Lo trabajoso no sería la cura, que no estaba
en sus manos, sino mitificar su pose
y resistirse a la tentación de hablar.
La parquedad sería su sello,
y si por él hubiese sido
habría extremado el personaje
para no hacerse escuchar hasta dar
por terminada la sesión;
pero sin una frase de tanto en tanto
él mismo se hubiera evaporado.
Con el pasar de los años llegó tal vez
la apesadumbrada conclusión:
era imposible dictaminar si su práctica
incidía en los trastornos de sus pacientes.
Nadie, a decir verdad, se curaba…
La clínica le habrá traído entonces
la reminiscencia de algún panel televisivo:
la gente acudía para animarse a dejar una pareja
para decidirse a estudiar una carrera
o para conocerse a sí misma.
En esos casos quizá ayudara
pero la perspectiva de esa vida burguesa
seguramente lo aburriría. ¿Qué hacer?
No podía perfeccionarse más que en el arte
de la ocurrencia: no había otra cosa.
¿Habrá sentido alguna vez disgusto
al detectar una dolencia en la forma
de una broma o una ambivalencia
expresada en un olvido?
Se dedicó a pensar libremente
en las sesiones
como si fuese un llamado del destino.
Era imposible (para el otro) confirmar lo que él hacía.
Su distancia se hizo majestuosa:
una herramienta forjada a mano y aplicable a cada caso.
Además, quienes hablaban, no lo veían…
Una tarde citó a Boileau: «Lo mejor es lo posible»,
¿y qué era sino pensar lo que allí
básicamente se podía?
Por lo que ya estaba todo dicho…
Especuló cada vez con mayor arte.
¿De qué se lo podía acusar?
En definitiva, esa había sido su pasión
además de la enseñanza, la reflexión y cada tanto
la escritura sobre unos conceptos con nombre alemán
y flexión francesa que lo ocuparon
al punto que les dedicó su vida.