Su primer aullido fue el de su nacimiento. Hace 100 años, el planeta recibía la respiración asmática y el llanto urgente de un judío errante que venía a reescribir las profecías del siglo XX americano. Allen Ginsberg llegó al mundo con el pulso acelerado y la mirada cargada con visiones dignas de William Blake. Un grito que, tarde o temprano, iba a astillar los espejos de la hipocresía occidental.

Primero hay que patear el altar y destruir la mitología de manual. Allen Ginsberg no es un santo de estampita contracultural. No es esa figura que muchas veces queda reducida al cliché del poeta barbudo, hippie, puto y drogón que integró la santísima trinidad beat junto a Jack Kerouac y William Burroughs. Comprar el marketing es conformarse con el peor fotograma de una película monumental. Ginsberg fue más bien un mutante peligroso, un junkie de la percepción, un provocador poliédrico y un cronista rabioso que desbordó los moldes de su tiempo para fundar una nueva sensibilidad a base de prosa espontánea y verdades poéticas incómodas.

A un siglo de su nacimiento en Newark, Nueva Jersey, la efeméride no es para ir a dejarle flores al cementerio, sino para sintonizar el chispazo fundacional de su grito: la noche mítica del 7 de octubre de 1955 en la Six Gallery de San Francisco. Imaginen la escena, porque apesta a humedad, jazz y paranoia. Ginsberg, de apenas 29 años, metido en unos anteojos gruesos con aire de oficinista demente, sale al ruedo a escupir los primeros versos de «Aullido». Exorcismo colectivo, lectura en trance, ritual místico regado con litros de vino barato de dos mangos donde Kerouac marcaba el pulso rítmico desde el piso gritando «¡GO! ¡GO!» como un desquiciado y el poeta y editor Lawrence Ferlinghetti, perdido entre los presentes, entendía que la literatura norteamericana estaba explotando por los aires.

Esa noche Ginsberg cambió la geografía salvaje de las letras con una advertencia que todavía nos sacude: “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, / arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo”. Para el poeta la escritura era un trance corporal, un yoga salvaje, un fluir sacramental de la conciencia que ponía el cuerpo entero en el infierno de la palabra.

El primer aullido: a cien años del nacimiento de Allen Ginsberg

La ruta de los beatniks

La vida es un bar y la vibración de ese primer alarido sigue flotando en la Bahía de San Francisco, un territorio por el que anduve a la deriva hace unos meses, persiguiendo los fantasmas de la banda beat. “Libros, no bombas”. El grito pacifista de Lawrence Ferlinghetti está tatuado en la fachada de su librería City Lights. La meca de la Generación Beat se erige en el cruce de la avenida Columbus y la cortada Jack Kerouac, barrio de North Beach, tierra santa de la contracultura nacida y criada en los pagos del Tío Sam.

San Francisco no tenía paz en la mañana ventosa del domingo. Estaba en pie de guerra contra las políticas antimigrantes del multimillonario presidente Donald Trump. En California se marchaba contra la intervención militar y las masivas redadas de la ICE, el ejército de la noche trumpista.

Se bebía fuerte en el Vesuvio Café, vecino de la City Lights. Desde las paredes del bar custodiaban las fotos de los próceres beats. También fragmentos de sus poemas y andanzas por las rutas. Gary Snyder, Gregory Corso, por supuesto Ginsberg y el resto del parnaso que cambió la literatura para siempre. Los turistas llegaban al boliche con la ilusión de dar con sus fantasmas. Cenizas quedan. Destellos del halo contracultural de San Francisco en estos tiempos de gentrificación, fascismo y reinado de la mano invisible del mercado. El Vesuvio es una de las últimas trincheras que resisten. En North Beach mantiene encendida la llama de los migrantes italianos antifascistas que habitaron la barriada en la década del ’40 del corto siglo XX. ¡Resistenza!

Después me perdí por Chinatown y llegué a Fillmore 3119 para escuchar los ecos del largo poema de Ginsberg, ese rayo que no cesa y que en sus versos finales le muerde la yugular al sistema: “¡Moloch! ¡Moloch! ¡Pesadilla de Moloch! ¡Moloch el desamorado! ¡Moloch mental! ¡Moloch el pesado juez de los hombres!”. La letanía resuena en el cemento y se funde con el asfalto de una ciudad que, pese al oscuro presente, resiste.

El primer aullido: a cien años del nacimiento de Allen Ginsberg

El oficio de la plegaria

Las últimas palabras son para el poeta. En la llamada “Entrevista sobre el oficio”, publicada en 1970 en el New York Quarterly, ante la pregunta sobre el sentido de la alegría y la libertad en su escritura y lecturas, Ginsberg improvisa una respuesta que ilumina este valle de lágrimas: “La escritura misma, el mismo acto sagrado de la escritura, cuando uno hace algo de esa naturaleza, es como una plegaria. Cuando el acto de la escritura se hace sacramentalmente, se sostiene durante unos minutos, se convierte en un ejercicio de meditación que provoca un recuerdo de una conciencia del detalle que es una aproximación a la alta conciencia. A una elevada mente epifánica. Por decirlo de otro modo, la escritura es un yoga que invoca a la mente del Señor. Si uno se entrega a una escritura que le ocupa el día completo va avanzando cada vez más y más hacia el interior de su propia conciencia central”. Y no hace falta decir ni una palabra más.

El primer aullido: a cien años del nacimiento de Allen Ginsberg