En una Argentina donde el ajuste parece ser la norma, y en la que los derechos y la inclusión se ven subsumidos al imperio de “la plata”, la marcha histórica del martes pareció marcar un freno, o al menos una advertencia popular a los ataques del gobierno nacional. Las primeras reacciones oficiales se centraron en hablar de “marcha política”, insistir con las auditorías (a pesar de que ya se hacen) y atacar la “eficiencia”. Pero si bien la educación pública superior tiene una enorme cantidad de puntos por mejorar (que solo se logra con más presupuesto), también exhibe aspectos positivos que demuestran la importancia del acceso universal a un sistema esencial para la formación de profesionales y el desarrollo del país.

El dato, en base a guarismos oficiales, lo aporta Daniel Schteingart, director de Planificación Productiva de Fundar: mientras en el 2000 se graduaban 63 mil personas al año de las universidades argentinas, en 2022 fue más del doble: 145 mil. Los graduados anuales pasaron del 0,17% de la población al 0,32. “La graduación universitaria viene subiendo –resalta–. A veces se habla como si el país tuviera retrocesos educativos en términos absolutos, y esa mirada deja de lado que tuviste avances en términos absolutos, como el de graduados, o la cantidad de población que accede a la educación media y hace 50 años no lo hacía. No todo es una catástrofe”.

En 1970 solo el 1,7% de la población era graduada universitaria (menos de 300 mil personas), hoy el 18% de la población adulta lo es: son más de 5 millones.

Foto: Matías Cervilla

Públicas

La Libertad Avanza tiene un espejo político en el menemismo. Idolatran los ’90. Pero en aquellos años, aún con todo el daño que le hicieron a la educación pública, se crearon nuevas universidades. Una fue la de General Sarmiento (UNGS), en 1993. Cuenta con ingenierías o novedosas licenciaturas como Ecología y Urbanismo. Entre 2020-2023 superó los mil egresados. Un 55% fueron mujeres. La Arturo Jauretche (UNAJ) es de las “modernas”. Creada en 2009, pasó de 35 graduados en 2013 a 1074 en 2023. La de Mar del Plata (UNMDP) pasó de 1013 graduados en 2014, a 1837 en 2023. La de Comahue tenía 766 egresados en 2003, 20 años después llegaron a 1049. De la de San Martín (UNSAM) ya se graduaron 26.503 estudiantes, más de 7600 lo hicieron en estos cinco años: en 2022 ya eran un 30% más que en 2019. El 60% (3800) de grado y pregrado son primera generación.

Igualmente, en comparación con Chile y Brasil la tasa de graduación es menor. Leandro Botinelli, investigador de la UNIPE, hace la salvedad: “tienen un sistema más restrictivo, acá tenemos una base muy amplia. La fortaleza de nuestro sistema es lo democrático y la calidad académica”. Mientras el país trasandino tiene mejores niveles de inclusión entre los 18 y los 24 años, la ecuación empieza a bajar a edades más avanzadas: “acá tenemos un rasgo, que es la condición de trabajo en simultáneo de varios estudiantes. Y tenemos estudiantes de edades mas avanzadas que cambian de carrera, se toman más tiempo en finalizar. En Chile si a los 25 o 26 no terminaste la carrera, al no ser gratuita, no te conviene seguir estudiando. Te conviene ir a laburar y punto”.

Foto: Edgardo Gomez

Algo que quienes comparan la “eficiencia” chilena respecto al sistema argentino no llegan a responder es: ¿por qué entonces nuestro país tiene más instituciones de educación superior valoradas en los estándares mundiales? Según el ranking mundial QS 2024, entre las mejores 150 carreras del planeta, hay 28 de universidades argentinas. 

La larga duración de carreras está en estudio. La UBA ya encaró un achicamiento de planes de estudio. El 25% del alumnado cambia de carrera en los primeros dos años. La docente e investigadora Leticia Mirás, remarca: “la cantidad de reinscriptos sigue creciendo. No solo entran más chicos y chicas a la universidad, sino que se quedan más. Estamos hablando de una universidad que hace muchas cosas para retener a esos pibes, que son un nuevo tipo de ingresante, ya no es el tradicional de hace 30 años atrás”.

Las primeras con título

Cada graduada es una historia. Cuando Magalí Vedoy Granja (foto) se recibió como licenciada en Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Mar del Plata, la acompañó su abuela Ana. Al ingresar a la sede, la nieta la notó extraña. Le preguntó si se sentía mal. La anciana contó el motivo: era la primera vez en su vida que pisaba una universidad. «Ella fue ama de casa por mucho tiempo y después se dedicó a la manicuría. Se benefició con la jubilación para amas de casa y ahora está viviendo de eso. Mi mamá también fue ama de casa, hasta que se separó por temas de violencia de género y ahora trabaja en un almacén. Terminó la secundaria hace poquito. Para nuestros abuelos y padres se ponen en juego muchas cosas y cuestiones de la movilidad social que uno en el momento no registra», dice la flamante politóloga, de 23 años, graduada cinco días antes de la marcha con una tesis sobre la gobernanza del litio en Argentina. Magalí trabajó durante toda su carrera. En una panadería, en una heladería y en un lugar de juegos infantiles. Hasta que logró una pasantía en el Banco Interamericano de Desarrollo y luego fue contratada por una consultora. La universidad pública, enfatiza, «es lo más importante que tenemos como nación».
Al mismo tiempo que se recibió de ingeniera civil, Ayelén Martínez se volvió viral. El video la muestra saliendo de la sede de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco en Trelew, en medio de gritos y aplausos masivos: egresó en plena marcha y la multitud celebró su título. Era todo un acontecimiento en su familia. Hija de un taxista y una ama de casa, hermana de una maestra jardinera, Ayelén es la primera universitaria del clan: «cuando decidí ir al colegio técnico, a un colectivo de distancia, mi mamá tuvo que rogar al Ministerio de Educación por los vaucher de transporte, porque no podían ni pagarme el pasaje. Mi familia no podría haber solventado ningún tipo de educación, hice todo público».