Con la muerte de Jürgen Habermas, ocurrida este 14 de marzo en su residencia de Starnberg, desaparece no solo el intelectual más influyente de la Alemania de posguerra, sino el último gran sistematizador de la modernidad. La editorial Suhrkamp confirmó el deceso del pensador que, a sus 96 años, mantenía una vigencia absoluta como faro moral frente al avance de los nacionalismos y la erosión de las democracias liberales. Habermas fue, por décadas, el encargado de reconstruir el andamiaje ético de una nación que debía nacer de nuevo tras las cenizas del nazismo.

Nacido en Düsseldorf en 1929, su biografía estuvo marcada por la marca indeleble de la historia: fue incorporado a las Juventudes Hitlerianas siendo casi un niño, una experiencia que definiría su desconfianza hacia los dogmas irracionales y su defensa a ultranza de la palabra como única herramienta legítima de poder. Heredero de la Escuela de Frankfurt, su obra trascendió el pesimismo de sus maestros Adorno y Horkheimer para proponer una salida luminosa: la Teoría de la Acción Comunicativa. En ella, Habermas sostuvo que la racionalidad no es una herramienta de dominio, sino el potencial de los seres humanos para llegar a acuerdos mediante el diálogo libre de coacciones.

Adiós a Jürgen Habermas, el último gran arquitecto de la razón y la democracia europea

Su autoridad moral lo llevó a intervenir en todos los grandes debates del siglo XX y principios del XXI. En los años sesenta fue la voz de la protesta estudiantil, aunque no tardó en marcar distancia al denunciar los riesgos de un «fascismo de izquierda» que, a su juicio, ponía en peligro el Estado de derecho. Del mismo modo, en 1989 se mostró crítico con una reunificación alemana que consideraba impulsada excesivamente por las leyes del mercado y el poder del marco alemán, descuidando el debate cultural y ciudadano.

En sus últimos años, Habermas se convirtió en el gran defensor del proyecto federal europeo. Su concepto de «patriotismo constitucional» —la idea de que la identidad de un pueblo no debe basarse en la sangre o el suelo, sino en la adhesión compartida a valores democráticos— fue su receta para evitar que el Viejo Continente retrocediera hacia las sombras del nacionalismo. Su partida deja un vacío inmenso en un mundo donde la conversación pública parece haber perdido la brújula de la razón que él tanto defendió.